«Nun­ca hay de­ma­sia­do di­se­ño; hay mal di­se­ño»

El Mundo - - DEPORTES - LUIS ALEMANY

Pre­gun­ta.– ¿En qué ti­po de ba­rrio vi­ve? Res­pues­ta.– Vi­vo en el cen­tro de São Pau­lo, en el pri­mer edi­fi­cio que cons­truí. Una to­rre de 14 pi­sos que se ca­rac­te­ri­za por­que no tie­ne ab­so­lu­ta­men­te na­da de es­pe­cial.

P.– Si fue­se ri­co, me in­tere­sa­ría es­ta ca­sa. Pe­ro creo que si fue­se ri­quí­si­mo que­rría vi­vir en en la Via Giulia de Ro­ma, o en al­gún si­tio así,

muy cén­tri­co.

R.– A mí me pa­sa igual. Los su­bur­bios es­táb bien pa­ra criar a los críos. Ca­mi­nar por el cen­tro de São Pau­lo con un ca­rri­to de be­bé es una mi­sión im­po­si­ble. La ciu­dad es caó­ti­ca, in­se­gu­ra, rui­do­sa... Pe­ro yo no po­dría vi­vir sin los pla­ce­res que só­lo da la ciu­dad.

P.– En­ton­ces, es­ta co­sa de las afue­ras...

R.– Es sim­pá­ti­co, es agra­da­ble. Es­cu­che, se oyen los pa­ja­ri­tos. Pe­ro yo soy ur­bano, pre­fie­ro te­ner un res­tau­ran­te, una far­ma­cia y un ci­ne a la vuel­ta de la es­qui­na que es­cu­char a los pa­ja­ri­tos. Ca­da uno eli­ge sus prio­ri­da­des en ca­da mo­men­to de su vi­da.

P.– Se su­po­ne que São Pau­lo es una ciu­dad que se ama o se odia.

R.– Só­lo se pue­de amar a par­tir de la se­gun­da se­ma­na. Has­ta ese mo­men­to, se odia.

P.– Se­gu­ro que ha­ce 15 años, la gen­te que com­pra­ba es­tas ca­sas hu­bie­ra bus­ca­do una es­té­ti­ca más Ca­pe Cod.

R.– Sí. El pri­mer cam­bio con­sis­tió en no po­ner hall de en­tra­da. Lo hi­ce en mi pri­mer pro­yec­to en Es­pa­ña, en las ca­sas que hi­ce en So­mo­sa­guas y nos de­cían que no íba­mos a ven­der ni una. Aho­ra, eso pa­re­ce lo más nor­mal, las ca­sas nue­vas que veo tie­nen otra es­té­ti­ca, es­tán he­chas con buen gus­to. Y los ve­ci­nos de So­mo­sa­guas me dan abra­zos cuan­do me ven. Es una sorpresa por­que lo nor­mal es que el clien­te te ri­ña y te odie.

P.– An­tes usó las pa­la­bras «buen gus­to».

R.– Es di­fí­cil ex­pli­car qué sig­ni­fi­ca «buen gus­to». Creo que tie­ne que ver con bus­car so­lu­cio­nes sen­ci­llas.

P.– ¿Y la pa­la­bra be­lle­za?

R.– Sien­to fas­ci­na­ción por la be­lle­za. Me iden­ti­fi­co con Vi­ni­cius de Mo­raes, que se pa­só la vi­da can­tan­do a la be­lle­za. Él can­ta­ba a la be­lle­za de la mu­jer, yo po­dría can­tar a la be­lle­za de una mu­jer, de un hom­bre de un edi­fi­cio, de un poe­ma... de to­do.

P.– ¿Pe­ro la be­lle­za es­tá en el ob­je­to o en no­so­tros que la ad­mi­ra­mos?

R.– La be­lle­za siem­pre tie­ne al­go de mis­te­rio. Pien­se en Bra­sil, en los años 50, era un país ais­la­do y po­bre. Y, sin em­bar­go, dio la ar­qui­tec­tu­ra más be­lla del mun­do y la mú­si­ca más be­lla del mun­do.

P.– Y el fút­bol más be­llo del mun­do.

R.– Y el fút­bol, sí. ¿Por qué? Po­de­mos ha­cer teo­rías po­lí­ti­cas y so­cia­les pe­ro, en el fon­do, es in­com­pren­si­ble. Hay al­go má­gi­co en la be­lle­za que no se ex­pli­ca.

P.– ¿Y no se ha aba­ra­ta­do la be­lle­za aho­ra que to­das las imá­ge­nes del mun­do es­tán dis­po­ni­bles en Ins­ta­gram?

R.– Eso pa­sa con to­do en es­ta vi­da, hay una ten­den­cia a ba­na­li­zar to­do lo va­lio­so. Cuan­do ve­mos mu­chas ve­ces una co­sa be­lla de­ja de pa­re­cer­nos be­lla.

P.– Ha­bía un ar­qui­tec­to es­pa­ñol, Saenz de Oi­za, que de­cía que las ca­sas no hay que de­co­rar­las; que las ca­sas hay que vi­vir­las y de­jar que la vi­da de­ja­ra sus mar­cas en ellas.

AN­TO­NIO HEREDIA

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