«No me va bien mo­rir­me aho­ra por­que me voy a ha­cer surf»

El Mundo - - DEPORTES - IÑAKO DÍAZ-GUE­RRA

Pre­gun­ta.– Dis­co, li­bro, gi­ra y se re­ti­ra. ¿To­do pa­ra el fi­nal co­mo los ma­los es­tu­dian­tes? Res­pues­ta.– La cues­tión es que es­te año yo ya no que­ría tra­ba­jar. El plan era lle­gar a los 50 y pun­to fi­nal. Pe­ro me he pa­sa­do de fre­na­da y es­toy ya en los 52. Así que pen­sé: se aca­bó. Pe­ro ha­bía que des­pe­dir­se con al­go mo­lón y, co­mo don­de me­jor me lo he pa­sa­do en la vi­da ha si­do to­can­do en ba­res, de­ci­dí ha­cer­lo

con una gi­ra por sa­las de con­cier­tos. Me quie­ro ir con ese re­gus­to a bar y sudor.

P.– Se le ve bien fí­si­ca­men­te, ¿por qué pa­ra?

R.– Por sa­lud, no. Es­toy bien. De he­cho, aho­ra me he afi­cio­na­do al surf, que es muy exi­gen­te fí­si­ca­men­te. No lo de­jo por el cán­cer, pe­ro la en­fer­me­dad me man­dó a ca­sa, a la vi­da co­ti­dia­na en un pue­blo pe­que­ño, a co­sas que ha­bía ol­vi­da­do. Lle­var a mi hi­ja al co­le, char­lar con la pa­na­de­ra, ayu­dar al pas­tor con las ove­jas, pa­sear por el bos­que en oto­ño… Es­ta­ba en­can­ta­do. Con un tran­ca­zo de co­jo­nes por la qui­mio, pe­ro a gus­to. Me di cuen­ta de que que­ría esa vi­da. Me abrió los ojos.

P.– Pa­re­ce, ca­si, que le es­tu­vie­ra agra­de­ci­do…

R.– No. El cán­cer ni me ha cam­bia­do la vi­da ni he apren­di­do na­da de él. Sen­ci­lla­men­te, me pu­so en otra si­tua­ción. Pe­ro no me en­se­ñó na­da, no le ten­go que dar gra­cias.

P.– ¿Qué opi­na de la cos­tum­bre de ven­der co­mo un hé­roe a quien su­pera un cán­cer, co­mo si el que su­cum­be fue­ra me­nos va­lien­te? R.– Eso es muy ame­ri­cano. Lo plan­tean así por­que es un buen ne­go­cio: la pe­lea y los su­per­hé­roes se ven­den muy bien. Pe­ro no es me­jor quien su­pera un cán­cer que quien no. Es un tó­pi­co pe­li­gro­so. ¿Quién se des­pier­ta ca­da día pen­san­do en ir a una ba­ta­lla? No, jo­der. Ya no me voy a po­ner cie­go a cu­ba­tas, pe­ro se tra­ta de vi­vir nor­mal. Ir a ce­nar con ami­gos, ba­jar un pi­co con la ta­bla de snow­board y, si pue­do, echar un pol­vi­to con mi no­via.

P.– ¿Lo­gra ol­vi­dar­lo en su día a día?

R.– El cán­cer es una en­fer­me­dad cró­ni­ca con la que no hay que lu­char, hay que con­vi­vir. Co­mo un dia­bé­ti­co con su in­su­li­na. Hay que des­mi­ti­fi­car­lo, por­que si lo ha­ces se que­da en muy po­qui­ta co­sa. Tu­ve un tu­mor en el co­lón, des­pués me­tás­ta­sis en hí­ga­do y pe­ri­to­neo, pe­ro no sen­tía que me es­tu­vie­ra pa­san­do al­go es­pe­cial. El cán­cer no es un pro­ta­go­nis­ta de mi vi­da. Con­vi­vo con él y al­gún día, se­gu­ra­men­te, me ma­ta­rá. Pe­ro voy a mo­rir has­ta arri­ba de mor­fi­na, vien­do có­mo nie­va en la mon­ta­ña. No me van a pe­gar un ti­ro ni a tor­tu­rar­me. Y es­pe­ro que sea den­tro de mu­cho, por­que aho­ra no me vie­ne bien mo­rir­me, que me voy a sur­fear y a em­pe­zar a vi­vir.

P.– ¿Y qué pla­nes tie­ne pa­ra la pre­ju­bi­la­ción?

R.– Me pi­ro a vi­vir al ex­tran­je­ro con mi hi­ja, a un si­tio don­de ha­ga buen tiem­po, po­da­mos ha­cer surf y ella, es­tu­diar. Va a cum­plir 15 años, me per­dí su in­fan­cia y quie­ro vi­vir a to­pe su ado­les­cen­cia. No voy a ha­cer na­da más que es­tar con y pa­ra ella. Es­toy muy ilu­sio­na­do. Es la sen­sa­ción de que empiezan mis va­ca­cio­nes des­pués de 20 años.

P.– Al cum­plir 50 es­cri­bió una bio­gra­fía que era pu­ro se­xo, dro­gas y rock and roll. ¿Li­mi­ta sus op­cio­nes co­mo pa­dre es­tric­to?

R.– Se lo di pa­ra que lo le­ye­ra y lo de­jó por­que le aver­gon­za­ba la par­te de se­xo. Lo que no pue­do es en­ga­ñar­la po­nién­do­me pu­ri­tano. Aho­ra, por edad, nos to­ca el se­xo y siem­pre le di­go lo mis­mo: que dis­fru­te y de­ci­da lo que ella quie­re ha­cer o no, que no ha­ga na­da por com­pla­cer a los de­más, ni a un tío, ni a mí, ni a su ma­dre. No soy su ami­go, pe­ro no quie­ro cas­trar­la co­mo nos cas­tra­ron a no­so­tros en una edu­ca­ción so­me­ti­da a la re­li­gión ca­tó­li­ca.

OL­MO CAL­VO

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