Se apa­gan las es­tre­llas

El Mundo - - DEPORTES - RAÚL DEL PO­ZO

En aque­llos mo­men­tos del ve­neno y la da­ga, de­cían los con­se­je­ros del prín­ci­pe que hay que ca­llar de­fi­ni­ti­va­men­te al enemi­go para que no vuel­va a ser ac­ti­vo, co­mo el fue­go o la ví­bo­ra: hay que ani­qui­lar­lo para no te­mer su ven­gan­za.

Aho­ra no ha­ce fal­ta ani­qui­lar­los, se los de­rri­ba en las elec­cio­nes. He ahí Su­sa­na Díaz. In­ten­tan devorar a la rei­na del sur y del Ibex, la del­fi­na de la so­cial­de­mo­cra­cia, aun­que ha ga­na­do las elec­cio­nes a cua­tro par­ti­dos que in­ten­ta­rán for­mar un Go­bierno en lo que fue su for­tín.

Cha­pu Apao­la­za se­ña­la las tres pa­ra­do­jas de su aca­ba­mien­to: «Sien­do la ga­na­do­ra de las elec­cio­nes, las ha per­di­do; su lí­der es su peor enemi­go; el que la quie­re ce­sar por su derrota es el cul­pa­ble de su derrota». Se re­pi­te el ca­so So­ra­ya, víc­ti­ma de una vil cons­pi­ra­ción de mi­nis­tros y ba­ro­nes: tam­bién per­dió des­pués de ha­ber ga­na­do, un gallego la hi­zo y un gallego la des­hi­zo al apo­yar a Ca­sa­do.

Ob­ser­ven us­te­des có­mo la ines­ta­bi­li­dad y la cri­sis de­vo­ran a los po­lí­ti­cos. Han pa­sa­do de sa­lir en los te­le­dia­rios a ha­cer co­la en el su­per­mer­ca­do, que no en el pa­ro, por­que si­guen co­bran­do del Es­ta­do una lar­ga tem­po­ra­da. Ade­más de afron­tar los ce­ses, los ce­san­tes tie­nen que so­me­ter­se a los es­cra­ches de las re­des. El po­der se ha di­fu­mi­na­do en el mo­men­to en el que in­ter­net es una asam­blea in­fi­ni­ta y la opi­nión no es­tá ya en los sa­cer­do­tes de la im­por­tan­cia, sino en la gen­te. Esa gran asam­blea ha­ce jui­cios su­ma­rí­si­mos a los po­lí­ti­cos y los cal­ci­na.

No hay na­da que gus­te tan­to co­mo un ministro sin car­te­ra. Ya lo di­jo Alain, el fi­ló­so­fo fran­cés: «Un po­lí­ti­co de­rri­ba­do es el es­pec­tácu­lo más bo­ni­to para mi gus­to. Se di­ce que las nue­vas ge­ne­ra­cio­nes se­rán di­fí­ci­les de gobernar. Así lo es­pe­ro». Así ha si­do. La gen­te no se de­ja gobernar. La de­mo­cra­cia ple­bis­ci­ta­ria y elec­tró­ni­ca des­pre­cia a quie­nes ejer­cen el po­der y cal­ci­nan en unas ho­ras a po­lí­ti­cos de pos­tín.

El pro­cés ha si­do una tri­tu­ra­do­ra. La mo­ción de cen­su­ra ani­qui­ló en unas ho­ras a una re­me­sa y a va­rias quin­tas de po­lí­ti­cos de la de­re­cha. Las elec­cio­nes an­da­lu­zas han apa­ga­do la es­tre­lla Su­sa­na Díaz. Son al­mas en pe­na es­tos po­lí­ti­cos que ha­ce unos me­ses bri­lla­ban. Nun­ca co­mo aho­ra la po­lí­ti­ca ha de­vo­ra­do a sus hi­jos.

Las nue­vas for­mas de co­mu­ni­ca­ción ac­túan co­mo si­glas im­pro­vi­sa­das. Los re­sul­ta­dos elec­to­ra­les ines­pe­ra­dos y ca­tas­tró­fi­cos no­quean a los par­ti­dos. Los go­bier­nos pe­re­cían por in­com­pe­ten­cia y co­rrup­ción, pe­ro nun­ca tan pron­to co­mo aho­ra. El po­pu­lis­mo, en to­da Eu­ro­pa, ha lle­ga­do a la con­clu­sión de que el po­der y los par­ti­dos son el mal. No es la pri­me­ra vez que ocu­rre.

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