PA­PEL

Ex­po­si­ción de Bansky: la obra del ar­tis­ta más es­qui­vo, dis­cu­ti­do y fa­mo­so de nues­tro tiem­po

El Mundo - - PORTADA - POR MA­TÍAS G. RE­BO­LLE­DO MA­DRID

Cuan­do la ex­po­si­ción Banksy, ge­nius or van­dal? (ge­nio o ván­da­lo) fue abier­ta por pri­me­ra vez al pú­bli­co, es­te mis­mo ve­rano en Mos­cú, la reac­ción del ar­tis­ta no se hi­zo es­pe­rar. En una pu­bli­ca­ción de su Ins­ta­gram, una de las po­cas vías le­gí­ti­mas de con­tac­to que ofre­ce, Banksy lan­za­ba un ex­plí­ci­to «¿Qué de­mo­nios es eso?» en re­fe­ren­cia al re­cin­to de la ex­po­si­ción. «Yo nun­ca co­bra­ría por ver mi arte a no ser que sea una atrac­ción de fe­ria. ¿Qué es lo con­tra­rio a LOL?», re­ma­ta­ba con sor­na an­tes de aña­dir: «Aun­que no soy yo el más in­di­ca­do para que­jar­se por­que al­guien use imá­ge­nes sin per­mi­so». Pre­gun­ta­do acer­ca de la reac­ción, el co­mi­sa­rio de la mues­tra, Ale­xan­der Nach­ke­bi­ya, se en­co­ge de hom­bros an­tes de res­pon­der: «Banksy tra­ba­ja gra­tis, para el pue­blo, pe­ro en las ca­lles. En­tre los tra­ba­jos que re­co­ge nues­tra ex­hi­bi­ción, no hay nin­guno que fue­ra crea­do con vo­ca­ción ca­lle­je­ra, o sea que no ha­bría ma­ne­ra de ver­los de ma­ne­ra gra­tui­ta. No­so­tros le que­re­mos in­de­pen­dien­te­men­te de si él nos odia o no».

Ha­cien­do ga­la de ese ca­rác­ter no au­to­ri­za­do que tan bien le sien­ta al ha­lo mis­te­rio­so del ar­tis­ta, la ex­po­si­ción des­em­bar­ca en Ma­drid y se po­drá dis­fru­tar de ella en IFEMA has­ta el 10 de mar­zo del año que vie­ne. En el de­no­mi­na­do Es­pa­cio 5.1 de la ins­ti­tu­ción fe­rial se encuentran más de 70 tra­ba­jos de Banksy, aun­que de dis­tin­to ori­gen. Ade­más de las 25 obras ori­gi­na­les, en la acep­ción más clá­si­ca de la pa­la­bra, hay una se­rie de im­pre­sio­nes y se­ri­gra­fías (del in­glés prints) que el ar­tis­ta o su ta­ller rea­li­zan en se­ries li­mi­ta­das para su co­mer­cia­li­za­ción con ga­le­rías, ba­sán­do­se en los mol­des y plan­ti­llas de sus gran­des for­ma­tos. És­te era el ca­so en la úl­ti­ma gran ac­ción del ar­tis­ta, en el que su Ni­ña con glo­bo en­mar­ca­da se au­to­des­tru­yó en la ca­sa de su­bas­tas Sot­heby’s. En la nueva mues­tra, ade­más de una ré­pli­ca del mis­mo cua­dro (cu­yo ori­gi­nal fue pin­ta­do en las ofi­ci­nas de un ban­co lon­di­nen­se), los vi­si­tan­tes se en­con­tra­rán an­te una pan­ta­lla que re­pi­te en bu­cle la no­ti­cia de la per­for­man­ce en las te­le­vi­sio­nes de to­do el mun­do y, tam­bién, con la de­ci­sión mis­ma que plan­tea la dis­yun­ción del tí­tu­lo: ¿Es Banksy un ge­nio re­vo­lu­cio­na­rio o es sim­ple­men­te un ván­da­lo ca­lle­je­ro?

Una de las pie­zas des­ta­ca­das que apor­ta la ex­hi­bi­ción es Stop Es­so, el mu­ro com­ple­to so­bre el que tra­ba­jó el ar­tis­ta para una cam­pa­ña de Green­pea­ce con­tra la pe­tro­le­ra. En ella, con la iro­nía que ca­rac­te­ri­za la pro­duc­ción ar­tís­ti­ca de Banksy, una pa­re­ja se sien­ta a to­mar el sol mien­tras una mu­jer jo­ven se en­cien­de un ci­ga­rro con un barril de petróleo. Esa sor­na, a me­dio ca­mino en­tre la re­fle­xión tar­do­ca­pi­ta­lis­ta y el in­trín­se­co com­po­nen­te hu­ma­nis­ta del arte ur­bano, es en­ten­di­da por el co­mi­sa­rio co­mo «la esen­cia» de su obra. Se­gún Nach­ke­bi­ya, Banksy «se sien­te muy or­gu­llo­so de su ac­ti­vis­mo». Y ma­ti­za: «Nun­ca ha­bla­ría por él, pe­ro creo que lo más in­có­mo­do para Banksy es que se le en­cua­dre, que se le eti­que­te. Con­fío en que en al­gún mo­men­to de­rri­be ese mu­ro mís­ti­co, para com­pren­der su pro­ce­so ar­tís­ti­co, pe­ro si me ofre­cie­ran hoy co­no­cer­le, pro­ba­ble­men­te di­ría que no. El mis­te­rio es par­te de la obra».

So­bre esa in­vi­ta­ción al pen­sa­mien­to que per­mi­te la au­to­ría más anó­ni­ma, tam­bién opina Ra­fael Gi­mé­nez de Sold out, la em­pre­sa que ha ges­tio­na­do el des­em­bar­co de és­ta y de otras mues­tras co­mo las de Jue­go de Tro­nos, Harry Pot­ter o Ju­ras­sic World:

«No pre­ten­de­mos en­ga­ñar a na­die ni mon­tar una re­tros­pec­ti­va. Nues­tras obras son ori­gi­na­les aun­que sea una ex­po­si­ción no au­to­ri­za­da». La cer­ti­fi­ca­ción, más allá de lo le­gal, par­te de la es­tre­cha re­la­ción de los or­ga­ni­za­do­res de la mues­tra con la ga­le­ría de An­drew Li­lley. La Li­lley Fi­ne Art, ins­ti­tu­ción de ca­be­ce­ra del pri­mer Banksy y que apor­ta la ma­yo­ría de los tra­ba­jos, es pro­ba­ble­men­te la úni­ca ca­sa con las cla­ves para des­ci­frar el enig­ma del ar­tis­ta. El úl­ti­mo gran in­ten­to, el do­cu­men­tal no­mi­na­do al Os­car Exit th­rough the gift shop, tam­bién tie­ne su pe­que­ño hue­co en la mues­tra, a tra­vés del arte crea­do ex pro­fe­so para su pro­mo­ción.

La re­le­van­cia del ar­tis­ta, co­mo ge­nio o co­mo ván­da­lo, es in­ne­ga­ble. No en vano, «Banksy» fue la pa­la­bra más bus­ca­da en Goo­gle du­ran­te la mis­ma se­ma­na en la que to­dos los me­dios se ha­cían eco de las elec­cio­nes bra­si­le­ñas. Y más allá de la po­lé­mi­ca que arras­tra con­si­go ca­da uno de sus mo­vi­mien­tos, la ex­hi­bi­ción que lle­ga a Ma­drid a com­par­tir es­pa­cio con los ve­lo­ci­rrap­to­res es un sín­to­ma más de có­mo la fi­gu­ra del gra­fi­te­ro es ca­paz de sa­cu­dir por com­ple­to el mun­do del arte, el eli­tis­ta o el po­pu­lar, el que asis­te a su­bas­tas y el que vi­ra­li­za a ba­se de li­kes sus ac­cio­nes en re­des so­cia­les.

BANKSY SE DESVINCULÓ DE LA EX­PO­SI­CIÓN CUAN­DO ‘DE­BU­TÓ’ EN MOS­CÚ. “¿QUÉ DE­MO­NIOS ES ES­TO?”, ES­CRI­BIÓ

IFEMA

Una mul­ti­tud ob­ser­va una de las lá­mi­nas in­clui­das en ‘Ge­nio o ván­da­lo’ en una de las iti­ne­ran­cias de la ex­po­si­ción.

IFEMA

‘Po­li­ce kids’, una de las obras ex­pues­tas en Ma­drid.

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