King Kong

El Mundo - - OPINIÓN - ARCADI ES­PA­DA

Es­te li­bro de Hans Ros­ling, Fact­ful­ness (Deus­to), cu­yo tí­tu­lo ne­ce­si­ta­ba tra­du­cir­se con al­go de vue­lo, por ejem­plo: ¡Aten­ción, los he­chos!, y que es el ma­nual in­di­ca­do pa­ra el hom­bre mo­derno que as­pi­ra a una edu­ca­ción, tie­ne unas lí­neas so­bre la di­fi­cul­tad de sa­car a re­lu­cir la ver­dad en ma­los mo­men­tos. «Cuan­do la cá­ma­ra en­fo­ca los ca­dá­ve­res de ni­ños des­en­te­rra­dos de en­tre las rui­nas, mi ca­pa­ci­dad in­te­lec­tual se blo­quea a cau­sa del mie­do y la pe­na». He pen­sa­do mu­chas ve­ces en esa di­fi­cul­tad cuan­do toca ha­blar o es­cri­bir en me­dio de la muer­te. E in­clu­so he pen­sa­do en la ne­ce­si­dad de ven­cer­la. Es una de­ci­sión com­pli­ca­da. En cual­quier ca­so han pa­sa­do ya días des­de el ase­si­na­to de la cuen­ca mi­ne­ra. Y aho­ra en es­te si­len­cio del due­lo es más fá­cil alu­dir a un re­tuit de la des­gra­cia­da mu­cha­cha: «Te en­se­ñan a no ir so­la por si­tios os­cu­ros en vez de en­se­ñar a los mons­truos a no ser­lo. ESE es el pro­ble­ma». El tex­to re­fle­ja una opi­nión fe­mi­nis­ta ge­ne­ra­li­za­da. La teo­ría King Kong.

La teo­ría del mons­truo re­for­ma­ble con­vi­ve en las fan­ta­sías fe­mi­nis­tas con la de que to­da agre­sión de un hom­bre a una mu­jer es vio­len­cia ma­chis­ta. Y con su co­ro­la­rio: que cual­quier mu­jer agre­di­da lo es por su con­di­ción de mu­jer, fic­ción ma­lig­na que el Su­pre­mo aca­ba de le­ga­li­zar. Aún no hay per­so­na

Pe­se a la fic­ción que aca­ba de le­ga­li­zar el Su­pre­mo, aún no hay per­so­na que ha­ya sa­bi­do de­cir lo que es la vio­len­cia ma­chis­ta

en es­te mun­do que ha­ya sa­bi­do de­cir lo que es la vio­len­cia ma­chis­ta. Por lo tan­to, la úni­ca po­si­bi­li­dad del Su­pre­mo es de­cir que to­da agre­sión de un hom­bre a una mu­jer es vio­len­cia ma­chis­ta, en­ten­dien­do por vio­len­cia ma­chis­ta to­da agre­sión de un hom­bre a una mu­jer: así es co­mo la tau­to­lo­gía reem­pla­za a la ver­dad y a la de­cen­cia in­te­lec­tual. Al­gu­nas mu­je­res mue­ren a ma­nos de sus aman­tes, y no a ma­nos de los hom­bres, co­mo algunos hi­jos mue­ren a ma­nos de sus ma­dres y no de las mu­je­res. Del mis­mo mo­do que la úni­ca y su­pre­ma di­fi­cul­tad pa­ra ca­li­fi­car de vio­len­cia ma­chis­ta la agre­sión de un hom­bre por un hom­bre es que la víc­ti­ma ¡es un hom­bre!

Los hom­bres no son mons­truos –o no más que las mu­je­res–, pe­ro en­tre ellos hay mons­truos. Los mons­truos, cuan­do lo son ver­da­de­ra­men­te, co­mo el de la cuen­ca mi­ne­ra, no tie­nen, por el mo­men­to, po­si­bi­li­dad al­gu­na de apren­der a ser be­llos, no­bles y sa­gra­dos. Hay que pro­te­ger­se de ellos, con­tro­lar­los siem­pre y tra­tar­los con la cu­rio­si­dad que des­pier­tan los mis­te­rios más ce­rra­dos de la con­duc­ta. El fe­mi­nis­mo des­bo­ca­do sos­tie­ne que hay un dis­cur­so po­lí­ti­co de­trás de su mons­truo­si­dad. Lo sos­tie­ne sin prue­ba al­gu­na. Por el con­tra­rio yo sí ten­go prue­bas de que el es­tó­li­do dis­cur­so fe­mi­nis­ta que, mien­tras vo­cea ¡li­ber­tad, li­ber­tad!, em­pu­ja a las mu­je­res a ca­mi­nar so­las de ma­dru­ga­da por ca­lle­jo­nes si­nies­tros in­cu­rre en una gra­ve res­pon­sa­bi­li­dad que no lla­ma­ré cri­mi­nal so­lo por­que pa­ra ello ya es­tá el Su­pre­mo.

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