La mu­jer de blan­co en la “Cur­va del Dia­blo”

Ta­xis­tas que cir­cu­lan en la no­che por la ca­rre­te­ra ha­cia Pie de la Cues­ta, ase­gu­ran que se sube a sus vehícu­los

El Sol de Acapulco - - Local - CEL­SO CAS­TRO CAS­TRO

Ape­sar de los años, la le­yen­da de la mu­jer que se sube a los ta­xis en la cur­va del “Dia­blo”, tam­bién co­no­ci­da co­mo la cur­va del “Ca­pi­tán”, ubi­ca­da so­bre la Cal­za­da Pie de la Cues­ta, en la zo­na po­nien­te de Aca­pul­co, no se ol­vi­da y ase­gu­ran, quie­nes di­cen que la vie­ron, des­apa­re­cía mis­te­rio­sa­men­te co­mo un fan­tas­ma

Aun­que hoy en día es di­fí­cil en­con­trar a al­guien que quie­ra to­car el te­ma, el ve­te­rano tra­ba­ja­dor del vo­lan­te, Ubal­do, quien tie­ne años de cho­fer de ca­mio­nes de car­ga y ta­xis, acep­ta, con re­ser­vas, com­par­tir su vi­ven­cia, ya le­ja­na, a cam­bio de in­vi­tar­le una cer­ve­za “pa­ra acor­dar­me bien”.

Pa­ra es­tar más có­mo­do, la char­la se desa­rro­lla en un lo­cal de ven­ta de ma­ris­cos, cer­cano a la pla­ya An­gos­ta, ahí, Ubal­do, hom­bre de ca­si 60 años de edad, por­tan­do el uni­for­me de ta­xis­ta, aun­que rom­pien­do el es­te­reo­ti­po, pues en vez de traer ca­mi­sa de co­lor blan­co y pan­ta­lón de ves­tir azul ma­rino, vis­te una pla­ye­ra ti­rán­do­le a co­lor ama­ri­llo por el uso y un pan­ta­lón des­la­va­do de mez­cli­lla, “al fin que es so­lo pa­ra cum­plir con el pa­trón”.

An­tes de ir al pun­to, pi­de la cer­ve­za y le da un lar­go sor­bo, ha­ce una mue­ca y ex­pli­ca, “to­da­vía no me acos­tum­bro, siem­pre la pri­me­ra sa­be amar­ga” y en­tra­mos en ma­te­ria.

­ ¿Qué pa­só con la mu­jer que se sube a los ta­xis en la cur­va del “Dia­blo”? le pre­gun­to.

Ah, sí, creo que era có­mo en 1983, yo era posture­ro, te­nía cuan­do mu­cho 18 o 19 años de edad, en­ton­ces bus­que tra­ba­jar un ta­xi, un vo­chi­to, que lo cui­da­ba mu­cho, cu­bría to­da la ciudad y co­mo me to­ca­ba el turno de la tar­de, ob­vio, que, a ve­ces ex­ten­día mi ho­ra­rio de sa­li­da has­ta las 12 o una de la madrugada.

An­tes de se­guir, to­ma otro tra­go de cer­ve­za. ¿En qué me que­de?

­Que eras posture­ro…

Ah, sí, co­mo te de­cía, una no­che, ya iba a ter­mi­nar mi turno y me en­con­tré en el cen­tro de la ciudad, ahí por la pa­ra­da de El Va­que­ro Nor­te­ño, un ma­tri­mo­nio me pi­dió que los lle­va­ra a Pie de la Cues­ta. La ver­dad lo pen­sé, es­ta­ba re­ti­ra­do, ya que­ría lle­gar a mi ca­sa y eran ca­si las diez de la no­che.

Pe­ro, el se­ñor, ya de unos 40 años, me in­sis­tió y has­ta me ofre­ció una pro­pi­na, en­ton­ces acep­te lle­var­los, ocu­pa­ron el asien­to de atrás y en el tra­yec­to iba pla­ti­can­do con el clien­te so­bre la si­tua­ción eco­nó­mi­ca de esos días y has­ta que por qué tra­ba­ja­ba de ta­xis­ta.

No sé en qué mo­men­to, me pre­gun­tó: “Oi­ga ami­go y a us­ted no se le ha subido la mu­jer de blan­co”. ¿Cuál mu­jer de blan­co? Le re­vi­re y me ex­pli­có que en la cur­va del “Dia­blo”, a los ta­xis­tas se le subía una mu­jer y des­pués des­apa­re­cía.

Me son­reí y la ver­dad, pen­sé que era una va­ci­la­da, pe­ro en­ton­ces la es­po­sa de mi clien­te, me di­jo: “Es cier­to, hay va­rios ta­xis­tas que ya se les ha subido, di­cen que siem­pre es­ta ves­ti­da de blan­co, otros di­cen que es un ves­ti­do de no­via”.

El na­rra­dor, to­mó nue­va­men­te la cer­ve­za y la apu­ró de un so­lo tra­go has­ta ter­mi­nár­se­la. Re­gre­só a ver­me y me pre­gun­tó ¿Pue­do pe­dir otra? Le asen­tí que sí a cam­bio de que no de­tu­vie­ra su his­to­ria.

Hoy en día es di­fí­cil en­con­trar a al­guien que quie­ra to­car el te­ma, el ve­te­rano tra­ba­ja­dor del vo­lan­te, Ubal­do, quien tie­ne años de cho­fer de ca­mio­nes de car­ga y ta­xis, acep­ta, con re­ser­vas, com­par­tir su ate­rra­do­ra vi­ven­cia.

Al te­ner en su mano la be­bi­da, bromeo, “es­ta co­mo mano de muer­to” y le to­mó más de la mi­tad a la cer­ve­za. Lue­go, con­ti­núo. Co­mo te de­cía, yo no creí, es más ya no con­ver­se con mis clien­tes has­ta lle­gar a Pie de la Cues­ta, ahí me pa­ga­ron y en agra­de­ci­mien­to el se­ñor me in­vi­tó unas frías, me las to­me, por­que ya ha­bía ter­mi­na­do y so­lo iba a lle­gar a en­tre­gar la cuen­ta.

Es­tu­ve ca­si dos ho­ras, al fi­nal me des­pe­dí, es­ta­ba un po­co ala­cra­na­do por las che­las que me to­mé y me vi­ne des­pa­cio, se me ol­vi­do por com­ple­to lo de la mu­jer, por eso al lle­gar por la zo­na del De­rrum­be, ahí, por don­de es­ta una ca­sa co­lor blan­ca, una da­ma de blan­co me hi­zo la pa­ra­da.

Có­mo es­ta­ba so­la y en esos días no ha­bía tan­ta vio­len­cia, pen­sé, me la lle­vo y así no lle­go so­lo al puer­to y me gano un ex­tra. Era del­ga­da, de pe­lo lar­go ne­gro, hi­zo el asien­to ha­cia ade­lan­te pa­ra ir­se en la par­te tra­se­ra, me di­jo “bue­nas no­ches” y le res­pon­dí en tono ama­ble “bue­nas no­ches, ¿A dón­de la lle­vo?

La vi por el es­pe­jo re­tro­vi­sor y me di­jo, yo le di­go, sin más me arran­que y en mis aden­tros me pre­gun­te ¡que ha­cía una mu­jer so­la a las 12:00 de la no­che y nun­ca me acor­de lo que me ha­bían di­cho ho­ras an­tes mis pa­sa­je­ros!.

Nue­va­men­te, to­mó de la cer­ve­za y se

la aca­bo, ¿pi­do otra no?

­­¡Si hom­bre, pí­de­la!, le con­tes­té. En­ton­ces se­ña­ló que, por cu­rio­si­dad qui­so ver­le la ca­ra bien, pe­ro la os­cu­ri­dad no le per­mi­tió dis­tin­guir sus ras­gos fa­cia­les y en­ton­ces un ca­mión le echo las lu­ces a la ca­ra, por lo que pu­so la vis­ta al fren­te y ami­no­ró la ve­lo­ci­dad.

En ese mo­men­to, di­jo: ¡vol­ví a mi­rar por el es­pe­jo re­tro­vi­sor y la mu­jer ya no es­ta­ba!, fue cuan­do sen­tí un es­ca­lo­frió y me en­tró un mie­do ca­brón, se me eri­zó la piel y que­ría gri­tar, me­tros ade­lan­te, con la res­pi­ra­ción agi­ta­da y el co­ra­zón ace­le­ra­da­men­te pal­pi­tan­te en la ga­so­li­ne­ra de Mo­zim­ba me de­tu­ve y re­vi­sé bien el ta­xi. ¡No ha­bía na­die!.

Me pu­se de nue­vo al vo­lan­te, en­tre­gué el ta­xi y me fui a mi ca­sa, le con­té lo su­ce­di­do a mi mu­jer, con la que vi­vía en ese en­ton­ces y a mis her­ma­nos, pe­ro no me cre­ye­ron, has­ta se bur­la­ron de mí “pres­ta pa­ra an­dar igua­les”, me di­jo uno y otro me es­pe­tó: “es­tás pe­do” y has­ta me re­ga­ñó.

Me fui a dor­mir, pe­ro esa no­che, tu­ve pe­sa­di­llas y me dio ca­len­tu­ra, tan­to que mi mu­jer me lle­vó con una cu­ran­de­ra, la mu­jer me tun­dió a su gus­to con unas ra­mas y me pa­so unos hue­vos por el cuer­po, me re­zó y me echo har­to al­cohol, pe­ro no me cu­ró y tu­ve que ir con un doc­tor, pe­ro no me en­con­tró que pa­de­cía y vol­ví a to­mar yer­bas y a ir con las cu­ran­de­ras.

Afir­mó que po­co a po­co fue superando el mie­do y las pe­sa­di­llas, aho­ra so­lo re­cuer­da es­ta vi­ven­cia y le da ri­sa, aun­que ya no pres­tó otro ser­vi­cio de no­che a la Cal­za­da Pie de la Cues­ta, en aquel lu­gar que se ha con­ver­ti­do en le­yen­da ur­ba­na, la cur­va del Ca­pi­tán, la cur­va del “Dia­blo” en don­de la mu­jer de blan­co se sube a los ta­xis.

/FO­TOS MAR­TÍN GÓ­MEZ MU­ÑOZ.

Mu­chos son los tes­ti­mo­nios de tra­ba­ja­do­res del vo­lan­te que se les ha subido la mu­jer de blan­co.

Aque­lla no­che, Ubal­do tu­vo la ex­pe­rien­cia más ate­rra­do­ra de su vi­da.

La mu­jer de blan­co les ha­ce la pa­ra­da, se sube y des­pués de­sa­pa­re­ce.

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