Para to­do, fies­ta

El Sol de Cuautla - - Cultura -

Se­bas­tián aho­ra es­tá me­ti­do en

el bre­te de dar­le gus­to a su mu­jer. Los gas­tos para una fies­ta de esas son al­tos y más si se atra­vie­san con los pa­gos de la re­ins­crip­ción y com­pra de úti­les para la úni­ca hi­ja de ellos que irá al prees­co­lar por­que en­ton­ces se agu­di­za. Por eso Se­bas­tián aho­ra mis­mo se en­cuen­tra en esa dis­yun­ti­va: fies­ta de tres años o pa­gos com­ple­tos de es­cue­la.

Lo ha exi­gi­do Re­na­ta, su mu­jer: el atuen­do para la ne­na es un ves­ti­do blan­co lar­go para acu­dir a una ce­re­mo­nia re­li­gio­sa que pre­via­men­te se tie­ne que so­li­ci­tar, ade­más a la ni­ña se le con­si­gue a una per­so­na que sea su ma­dri­na que es quien la pre­sen­ta y por su­pues­to, se­gún Re­na­ta, hay que ha­cer una bue­na co­mi­da para fes­te­jar co­mo de­be de ser. Des­de lue­go que a la ma­dri­na po­dría so­li­ci­tár­se­le al­gu­na par­ti­ci­pa­ción en es­pe­cie por­que no es cual­quier co­si­ta la fies­ta, se tie­ne que in­vi­tar a to­da la fa­mi­lia mí­ni­mo.

Sí que te­nía en qué en­tre­te­ner­se y pen­sar Se­bas­tián, el pro­fe­sor que tie­ne al­gu­nas ho­ras co­mo ca­te­drá­ti­co de con­ta­bi­li­dad en edu­ca­ción su­pe­rior y que com­ple­ta el gas­to ven­dien­do te­lé­fo­nos ce­lu­la­res.

To­do eso atra­ve­sa­ba por la ca­be­za de Se­bas­tián mien­tras ca­li­fi­ca­ba exá­me­nes de sus alum­nos en lo cual no se po­día con­cen­trar y me­nos con Re­na­ta en­fren­te, mi­rán­do­lo, pre­sio­nán­do­lo, ¿Trai­go más ca­fé?-, le pre­gun­ta­ba esa no­che. -Sí dé­ja­me en la es­tu­fa más ca­fé, yo me sir­vo, ve a des­can­sar-, pro­cu­ra­ba que su es­po­sa no le to­ca­ra el pun­to de la fies­ta pe­ro in­du­da­ble­men­te que es­te era el mo­men­to para ella: -En se­rio di­me…-, ella ju­gue­teó con la ta­za del ca­fé. –Que­ri­da, ten­go que re­vi­sar nues­tro pre­su­pues­to y la po­si­bi­li­dad de ha­cer eso que tú quie­res, no ten­go pri­sa, no me ex­pli­co para qué una fies­ta, tan gran­de, al­go sen­ci­llo…-, pe­ro ella a fuer­zas quie­re el re­ven­tón. Tra­tó de con­ser­var la cal­ma, se en­de­re­zó, se qui­tó los len­tes y se ta­lló los ojos, se le veía ya can­sa­do era más de las on­ce de la no­che y ya te­nía por lo me­nos tres ho­ras des­de que em­pe­zó a ca­li­fi­car exá­me­nes. -Es­toy can­sa­do -, fue lo que le di­jo.

-¿Qué has he­cho?-, le pre­gun­tó él. -Ha­blé con mi her­ma­na, ella es­tá dis­pues­ta a ser la ma­dri­na de la ne­na. Tam­bién quie­ro ha­blar con tu her­ma­na, si quie­re y pue­de, al­guno de los dos.

- Yo no, de ver­dad no veo de dónde -. La mi­ró: -y de ver­dad, no sé para qué fies­ta de tres años, para to­do fies­ta aquí-. Se que­dó ella ca­lla­da mi­ran­do só­lo la me­sa. -Si me pi­des que lo re­suel­va aho­ra, yo con mu­cho gus­to te di­go que po­de­mos ver para que com­pres un pas­te­li­to con sus ve­las y

al­gu­nos re­fres­cos y que ven­gan al­gu­nos de sus ami­gui­tos y pun­to.

-Acuér­da­te cuán­to pa­ga­mos por los úti­les y nos fal­ta la re­ins­crip­ción y la men­sua­li­dad del co­le­gio que tú ele­gis­te… ah! y el pa­go adi­cio­nal que las maes­tras te pi­dan para ma­te­rial.

To­do jun­to ago­bia­ba a Se­bas­tián. -Pe­ro ya te­nía tiem­po que ha­bla­mos de es­to y tú di­jis­te que le hi­cié­ra­mos bien su fies­ta-, ella le se­guía in­sis­tien­do -Eso fue ha­ce tiem­po, hoy no hay más y esa es la reali­dad – los dos se que­da­ron ca­lla­dos. Se­bas­tián co­men­za­ba a pre­dis­po­ner­se y a te­ner mal hu­mor. -Me ha­bría gus­ta­do fes­te­jar­le co­mo lo ha­cen en el pue­blo-. Re­na­ta se le­van­tó de la me­sa, de­jó ca­len­tan­do a fue­go len­to una ja­rra con ca­fé y se des­pi­dió. Só­lo que­da­ba to­mar las co­sas con cal­ma.

Se vol­vió a en­re­dar en la ca­li­fi­ca­da de sus exá­me­nes que son de los chi­cos que cur­san la pre­pa con una ca­rre­ra téc­ni­ca, es el plan­tel edu­ca­ti­vo de lo más avan­za­do que hay en el pue­blo. Ya muy en­tra­da la ma­dru­ga­da, Se­bas­tián se le­van­tó y ca­mi­nó ha­cia su re­cá­ma­ra. Te­nía ya los ojos muy car­ga­dos de sue­ño se en­de­re­za­ba mo­vien­do la es­pal­da para re­la­jar­se un po­co en lo que ca­mi­na­ba y abría la puer­ta de la re­cá­ma­ra. Le que­da­ban po­cas ho­ras para des­can­sar.

Pe­ro es­ta no­che no. Ce­rró la puer­ta de su re­cá­ma­ra y pre­fi­rió ti­rar­se en el sofá de la sa­la. No ha­bría plei­to y más plá­ti­ca por la fies­ta. No per­mi­ti­ría que ese asun­to in­quie­ta­ra las po­cas ho­ras que que­da­ban por des­can­sar. Re­na­ta se que­da­rá es­pe­ran­do, se­ría la pri­me­ra vez que dor­mi­ría so­la. Para él es­ta­ba arre­gla­do el asun­to. Para ella se­gu­ro ape­nas em­pe­za­ba. No hay más re­me­dio tra­gar sa­pos los si­guien­tes días y man­te­ner ca­be­za fría. Bueno, des­pués de to­do Re­na­ta, co­mo siem­pre, se­gu­ro se sal­drá con la su­ya. Ni du­da ca­be.

To­do jun­to ago­bia­ba a Se­bas­tián. -Pe­ro ya te­nía tiem­po que ha­bla­mos de es­to y tú di­jis­te que le hi­cié­ra­mos bien su fies­ta-, ella le se­guía in­sis­tien­do -Eso fue ha­ce tiem­po, hoy no hay más

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