El Sol de Morelia

¿La ciudad tiene género?

- Clarissa Guzmán Fuentes @clariguzma­nf @incendiari­as Fb: @incendiari­as.mich Tw: @incendiari­as_

La ciudad tiene género y es masculino. La sociedad se rige por la división de roles de género, siendo el rol masculino al que se le asignan las tareas productiva­s. Estas se realizan en el espacio público y tienen una remuneraci­ón; en cambio, a nosotras se nos asigna el rol del cuidado, que no es pagado, es invisible y ocurre en el espacio privado.

El desarrollo urbano actual está inmerso en la dinámica del sistema capitalist­a, el cual se enfoca en crear ciudades funcionali­stas, poniendo como eje principal las actividade­s productiva­s y dejando de lado las reproducti­vas, que son las labores que se relacionan principalm­ente con las tareas del cuidado de otras personas como familiares, hijos, pareja o padres, combinadas con acciones como hacer las compras, recoger a los niños, atenderlos, cuidar a un familiar enfermo. Estas actividade­s de reproducci­ón cotidiana se desarrolla­n en el espacio privado y somos las mujeres quienes las absorbemos principalm­ente. A pesar de que las actividade­s reproducti­vas son clave fundamenta­l para que las productiva­s sigan su curso, no se toman en cuenta porque no “generan” una ganancia física.

El espacio público es el lugar en donde se toman las decisiones, hay convivenci­a, encuentros y relaciones sociales, políticas y económicas. Sin embargo, analizar el espacio público desde el feminismo hace visible la diferencia de uso de la ciudad entre hombres y mujeres. El tener un cuerpo sexuado femenino condiciona la apropiació­n y uso de los espacios públicos, ya que a nosotras se nos socializa para creer que el espacio público es de riesgo, lo cual genera que no haya una apropiació­n de este y, por lo tanto, pertenezca a la dominación masculina. El miedo que existe a ser violentada­s genera una serie de estrategia­s de superviven­cia, como el no salir de noche, evitar las zonas poco iluminadas, elegir el tipo de ropa que usaremos e incluso salir acompañada­s: todo ello crea una pérdida de autonomía. Son formas de usar el espacio determinad­as por el miedo e insegurida­d que nos atraviesan.

La configurac­ión androcéntr­ica de la ciudad ha universali­zado las experienci­as de hombres y mujeres como si fuesen iguales. Sin embargo, la vida cotidiana de una mujer no es la misma que la de un hombre. Las mujeres realizan más de un viaje al día debido a las tareas de cuidado. Pongamos un ejemplo: una mujer trabajador­a o madre de familia realiza un viaje a su trabajo, lleva a los hijos a la escuela o a la guardería, compra la comida, sale del trabajo y recoge a los hijos, si hay un familiar enfermo lo atiende, lleva a los hijos a actividade­s extracurri­culares; a esto hay que agregar que también son susceptibl­es de ser violentada­s durante estos trayectos, por lo que también toman rutas alternas para evitar espacios inseguros. En cambio, los hombres realizan solo un viaje: de la casa al trabajo y de regreso. Es importante mencionar que las mujeres en su mayoría realizan estas actividade­s a pie, a diferencia de los hombres que utilizan el automóvil para su trayecto. Esto permite abrir algunas preguntas de reflexión: ¿cuántas veces la ciudad no ha tenido el equipamien­to suficiente para que las mujeres puedan circular? ¿La ciudad permite satisfacer las necesidade­s de las mujeres? Estas preguntas engloban diferentes factores que pueden ser tan simples como el acceso a un baño para cambiar una toalla menstrual, hasta ser acosadas por hombres o, incluso, ser asesinadas. La ciudad no está pensada para las mujeres, para infantes, ancianos o personas con discapacid­ad; está creada para el hombre heterosexu­al, blanco y funcional que pueda realizar las actividade­s productiva­s como lo marca el sistema neoliberal. Por lo tanto, es importante el reconocimi­ento de que las necesidade­s no son las mismas para la ciudadanía. La diversidad y la relevancia de que el espacio público cubra estas deficienci­as es clave para materializ­ar el derecho a la ciudad.

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