Mi­guel Á. Ar­güe­lles

El Sol del Centro - - Portada - Mi­guel Án­gel Ar­güe­lles

Con­ti­nuan­do con el te­ma (un po­co es­ca­bro­so), es­tas per­so­nas no se preo­cu­pan en tra­ba­jar con ahín­co pa­ra ha­cer­se de un pa­tri­mo­nio que les per­mi­ta, en fu­tu­ro, vi­vir me­jor y más có­mo­da­men­te.

No tie­nen esa vi­sión (tem­po­ral­men­te, mien­tras son jó­ve­nes), vi­ven al “ahí se va”, de su ra­cio­na­lis­mo. Ya ni que de­cir, creo que an­dan bus­can­do en for­ma in­cons­cien­te un fa­ro que los guíe a buen puer­to. An­dan, por lo pron­to, sin un por­ve­nir de­fi­ni­do. ¿Se­rá por el ra­di­cal cam­bio en las cos­tum­bres? Aun­que te­ne­mos las nues­tras, bien fun­da­das y bien arrai­ga­das, son las de nues­tro pue­blo na­ti­vo, las de nues­tros pa­dres y las de los pa­dres de ellos. Ellos, en cam­bio, quie­ren otras aje­nas, to­tal­men­te aje­nas a su crianza. Y eso que no es­tán fue­ra de su Pa­tria que, aun­que no de­fien­dan, les es in­di­fe­ren­te. Has­ta pien­so que no tie­nen ni sem­bra­do ni arrai­ga­do el sen­ti­mien­to de ella, mu­cho me­nos la pa­sión, aun­que ella, no de­je de atraer­los y de lle­var­los en su seno, la cual ni si­quie­ra dis­fru­tan. No son co­mo ella, amo­ro­sos; si la po­drán llo­rar cuan­do lo lle­guen a que­rer, una vez que ha­yan pa­sa­do por so­bre su ju­ven­tud, cuan­do es­tén con­ven­ci­dos de su error. Les gus­ta vi­vir rápido: la ra­pi­dez de la vi­da les ex­ci­ta; la ve­lo­ci­dad les atrae en to­das sus ma­ni­fes­ta­cio­nes, ya que pa­re­cen elec­tri­za­dos por el mo­men­to. Es­tán in­quie­tos (na­tu­ral en la ju­ven­tud), pe­ro que no sea en ex­ce­so. Es­tán pron­tos a res­pon­der. Les gus­ta la mul­ti­tud y las aglo­me­ra­cio­nes, los rui­dos y las lu­ces in­ten­sas, pe­ro vi­ven al con­tra­rio, re­traí­dos en su ais­la­mien­to, que no es na­da pro­duc­ti­vo. Es­tán en una so­le­dad y en un ocio que, inexo­ra­ble­men­te, los con­du­ce a más vi­cios de los que son fá­ci­les pre­sas y, ya en ellos, has­ta no to­car fon­do. A ve­ces, con­du­ci­dos a la muer­te por lo ener­va­dos que vi­ven, siem­pre bus­can­do una cau­sa que no en­cuen­tran. Es­to le sor­pren­de a uno, mas no es pa­ra ad­mi­rar­lo. Pu­dien­do es­tar me­jor en una bi­blio­te­ca, en una es­cue­la, en la paz de un ho­gar (allí no tie­nen paz, por el eterno de­sen­ten­di­mien­to con los pa­dres), -que son com­ple­ta­men­te dis­fun­cio­na­les-. Es­ta frac­ción de la po­bla­ción ¿na­ció ya con esos ele­men­tos vi­ta­les de con­duc­ta y así se desa­rro­llan en el seno de su fa­mi­lia? En múl­ti­ples ejem­plos ya no fun­cio­na­ban nor­mal­men­te esas cé­lu­las fa­mi­lia­res co­mo ta­les, se mul­ti­pli­ca­ron y no cre­cie­ron ni co­mo in­di­vi­duos ni co­mo so­cie­dad nor­mal, aun­que ella, tam­bién ya es­ta­ba en­fer­ma so­cial y an­tro­po­ló­gi­ca­men­te. Mu­chos in­te­gran­tes de ella ya ha­bían co­no­ci­do tam­bién el in­fierno, por lo tris­te, por lo in­adap­ta­do, por lo bár­ba­ro y lo in­sa­lu­bre de su frac­ción so­cial. Ha­bían per­di­do la fi­so­no­mía de las fa­mi­lias de an­ta­ño, de las fa­mi­lias ne­ta­men­te me­xi­ca­nas, sin im­por­tar su po­si­ción so­cial. Hay otros au­to­res que no de­jan muy bien pa­ra­dos a los jó­ve­nes ni al me­xi­cano ma­du­ro, aun­que lo ha­cen en for­ma más to­le­ra­ble y me­nos agre­si­va, más sua­vi­za­da su ex­pre­sión, aun­que el as­pec­to en ge­ne­ral es po­co gra­to. Al­gu­nos nos di­cen que en otros paí­ses has­ta las pa­re­des ha­blan, y eso por lo que en ellas se es­cri­be, aquí tam­bién es­ta­mos lle­nos de gra­fi­te­ros, las pa­re­des es­tán lle­nas de anun­cios, de men­sa­jes y de otras ton­te­rías. No se sa­be dón­de apren­die­ron a que­bran­tar esas le­yes y don­de per­die­ron el res­pe­to y esas re­glas. Nun­ca se su­bor­di­na­ron, nun­ca fue­ron obe­dien­tes. Y has­ta creen, apar­te de to­do, que ya fue­ron sus­ti­tui­dos por una má­qui­na. Y así fue. (Con­ti­nua­rá).

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