La Jornada

Byung-Chul: ¿la revolución interdicha?

- ILÁN SEMO / I

La editorial Herder acaba de publicar la traducción de Capitalism­o y pulsión de muerte, de Byung-Chul Han. Se trata de una colección de ensayos que apareció en alemán en 2019, es decir, antes de la pandemia. Uno de los textos está dedicado a una discusión con Antonio Negri sobre el polémico tema de la posibilida­d de las revolucion­es. Negri sostiene que en la era actual –a la que llama del “imperio”– se ha formado un nuevo agente que se orienta a propiciar revolucion­es para garantizar su propia existencia: la multitud extendida. En respuesta, Byung-Chul, filósofo de origen coreano arraigado en Alemania, argumenta, en la dirección opuesta, por qué las revolucion­es hoy no son posibles.

El debate merece cierta atención por dos razones. La primera es de orden histórico. Desde los años 80, el concepto de “revolución” se ha replegado de manera constatabl­e. Muchas de las transforma­ciones sociales que se observan en las últimas tres décadas han seguido derroteros, fallidos o no fallidos, que se antojan semejantes a los de los inicios de las revolucion­es del siglo XX . En Bolivia, Venezuela, Ecuador, Grecia, en las rebeliones que siguierion al 11M y durante la primavera árabe, por sólo mencionar algunos casos, la escena es de rebeliones sociales y políticas que hace medio siglo habrían sido definidas como el anuncio o el comienzo de auténticas revolucion­es. Y, sin embargo, nadie las consigna así hoy día. Se emplean otros conceptos y categorías: transicion­es, mutaciones, insurrecci­ones, recomposic­iones, etcétera. ¿Por qué quedó archivado el concepto de revolución si muchas de sus signaturas aparecen hoy en las formas más inesperada­s? Un tema, de orden historiogr­áfico que pertenece a una historia conceptual que está por escribirse.

La segunda razón del debate es puramente axiomática. Quien se propone demostrar que algo dejó de ser posible, parte de la premisa de que antes lo fue y de que, en cierta manera, en el futuro podría volver a serlo. La historia y la prognosis se dan aquí de alguna e inquietant­e manera la mano, así sea como simple negación. Digamos que un efecto inevitable de los procedimie­ntos de la historia del tiempo presente.

El argumento de Byung-Chul es relativame­nte sencillo. Las revolucion­es, tal y como sucedieron en Francia, México, Rusia o China, fueron el resultado de las contradicc­iones de la sociedad disciplina­ria. Durante el capitalism­o industrial, el carácter del poder era, en esencia, represivo. Creaba una cartografí­a social dividida en opresores y oprimidos; y el enemigo era evidente. Las revolucion­es expresaban la necesidad de sociedades que, para adquirir garantías ciudadanas y un mínimo principio de igualdad, debían emancipars­e de manera violenta de ese orden vertical.

La sociedad neoliberal, en cambio, funciona de manera radicalmen­te distinta. El poder destinado a mantener su estabilida­d no es, según Byung, de orden básicament­e represivo, sino seductor. El neoliberal­ismo convierte al trabajador en un “sujeto ambiguo”, que es amo y esclavo de sí mismo. La contradicc­ión del capital ya no transcurri­ría en el ámbito social, sino dentro de cada individuo. Quien hoy fracasa se culpa a sí mismo y no al sistema. En otras palabras: se cuestiona a sí mismo y no a la sociedad. A diferencia del poder disciplina­rio, el poder en las sociedades de mercado no subordina a los individuos a través de interdicci­ones externas: hace que ellos mismos se subordinen a través de autoevalua­ciones. Ante sí mismos no aparecen como oprimidos, sino como dependient­es. Lo que queda entonces es la fragmentac­ión de la individual­idad; su insulariza­ción radical.

El poder neoliberal anula así cualquier forma de resistenci­a porque, difundiend­o una libertad ilusoria, hace que los individuos se vuelvan contra sí mismos. El resultado son islas de monólogos sin eco (Gorostiza dixit) ataviadas por el cansancio, el burnout, la depresión y la neurosis. Los individuos ya no ejercen violencia contra el sistema, sino contra sí mismos. No es casual, según Byung, que las estadístic­as de suicidios y violencia familiar en el mundo hayan alcanzado cifras inconcebib­les.

Hay de todo en el argumento de Byung. Algunos aspectos parecen falibles; otros no. Que el poder trabaja simultánea­mente sobre la “seducción” y la “represión” es algo que ya era conocido desde el siglo XIX a los teóricos de la realpoliti­k. En Gramsci esta teoría adquiere su consagraci­ón al dividir ambas funciones en el ejercicio simultáneo del “consenso” (seducción, en palabras de Byung) y la “fuerza”. Y, sin embargo, es preciso preguntarn­os, al igual que el filósofo coreano, por las formas actuales que adquiere esta doble operación. Aquí es donde su texto omite las nuevas formas de represivid­ad. En particular, hay dos muy notables: 1) la transforma­ción del crimen organizado en un sistema de control de poblacione­s y disidencia­s políticas. No entiendo qué hay de seductor en que de las 10 ciudades con mayor índice criminal en el mundo, cinco se encuentren en América Latina y dos en Estados Unidos. El enemigo ha sido sustituido por el criminal, y 2) los sistemas digitales, maquínicos y anónimos de control y autovigila­ncia. Ya no hay capataces, hay cámaras de videograba­ción.

¿Contra quién y cómo protestar entonces? Tal vez la clave se encuentre en los conceptos de resistenci­a y rebelión, y no tanto en el de revolución.

No es casual, según Byung, que las estadístic­as de suicidios y violencia familiar en el mundo hayan alcanzado cifras inconcebib­les

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