¿QUIÉN NO TE QUIERE? CARLOS VE­LA

lle­va­mos un par de ho­ras en el cam­po de en­tre­na­mien­to de ucla, en los án­ge­les, y él no lle­ga...y no le im­por­ta. de ver­dad, no le im­por­ta. hoy, tam­bién no­so­tros, odia­mos a carlos ve­la.

Life and Style (México) - - STYLE SPOT - TEX­TO MA­RIO VI­LLA­GRÁN FO­TOS BRETT ERICK­SON STY­LING SALVADOR CO­SÍO

Odia­do cuan­do ha­bla y ama­do cuan­do to­ma el ba­lón, nos pla­ti­ca so­bre su pa­pel de vi­llano.

Pa­ra Alp­hon­se Dau­det, crea­dor del ca­tas­tró­fi­co y obs­ti­na­do ca­za­dor lla­ma­do Ta­ran­tín de Ta­ras­cón, se tra­ta­ba de “la có­le­ra de los dé­bi­les”. A Graham Gree­ne, el pe­rio­dis­ta del es­pio­na­je y la sos­pe­cha, le pa­re­cía la ma­yor “ca­ren­cia de ima­gi­na­ción en el hom­bre”. El ro­mán­ti­co Lord By­ron, des­de el dic­cio­na­rio pa­sio­nal, lo en­ca­si­lla­ba co­mo “la de­men­cia del co­ra­zón”. Mien­tras que pa­ra Jo­sé Or­te­ga y Gas­set, el fi­ló­so­fo de la pers­pec­ti­va, to­do su sen­ti­do se re­du­cía a la “irri­ta­ción por la sim­ple exis­ten­cia de otro”.

El odio. To­dos ha­blan, en dis­tin­tas épo­cas y reali­da­des, so­bre el odio. To­dos lo de­fi­nen des­de su ex­pe­rien­cia. Y si uno re­vi­sa, des­de 2014, una no­ti­cia en la web con res­pe­to a Carlos Ve­la, se­gu­ro en­con­tra­rá un par de de­fi­ni­cio­nes más so­bre el te­ma. Siem­pre. Ca­si co­mo de­por­te. A Carlos Ve­la, en Mé­xi­co, se le odia por co­ti­dia­nei­dad. Sí, se le aplau­de en el dri­ble y se le fes­te­ja en el gol, pe­ro só­lo mien­tras trans­cu­rre el presente y la ac­ción. Des­pués, Ve­la es pa­sa­do y el ‘tro­leo’ ocu­pa de nue­vo su lu­gar en la web (por­que en los ae­ro­puer­tos y ho­te­les, en­tre au­tó­gra­fos y sel­fies, otra es la realidad).

En 2014, Carlos sen­ten­ció, en una en­tre­vis­ta a Ca­nal Plus de Es­pa­ña: “Te voy a ser sin­ce­ro, la ver­dad, a mí, el fut­bol nun­ca me ha apa­sio­na­do tan­to co­mo pa­ra de­cir ‘soy del Ma­drid o de equis equipo y voy a muer­te… Yo dis­fru­to ju­gan­do, pe­ro al mo­men­to que ter­mi­na el par­ti­do, aca­bó el fut­bol y me pue­des ha­blar de lo que sea me­nos de fut­bol, por­que no me sien­to có­mo­do y no es­toy a gus­to”.

Na­die es­tu­vo a gus­to con la de­cla­ra­ción. Na­die. Así es el fut­bol. El mun­do del fut­bol. Y el ver­da­de­ro odio na­ció. Cua­tro años atrás, en 2010, Ve­la ha­bía pa­sa­do por una sus­pen­sión de seis me­ses con la Se­lec­ción de Mé­xi­co tras ser acu­sa­do co­mo or­ga­ni­za­dor de una fies­ta con es­corts (des­pués del triun­fo de la Se­lec­ción me­xi­ca­na de fut­bol so­bre Co­lom­bia, el 7 de sep­tiem­bre de di­cho año) y, a par­tir de ahí, Carlos se ne­gó en va­rias oca­sio­nes a re­gre­sar a la Se­lec­ción. Pe­ro la gen­te no lo odió. Se le di­jo de­ser­tor, sí. En Fox y en ESPN. Se le lla- mó trai­dor en esas ter­tu­lias de­por­ti­vas de gri­tos y co­me­dia. Y al­gu­nos vo­ta­ron por­que Ve­la no fue­ra con­vo­ca­do nun­ca más al equipo me­xi­cano. Pe­ro odio, no.

Has­ta la de­cla­ra­ción. Has­ta po­ner en la ta­bla el fut­bol y la pa­sión.

CON­FE­SIÓN EN LOS ÁN­GE­LES

En el úl­ti­mo pá­rra­fo de la pri­me­ra pá­gi­na de Open (2009), las me­mo­rias ofi­cia­les del te­nis­ta An­dre Agas­si (pu­bli­ca­das cin­co años an­tes de la de­cla­ra­ción de Carlos Ve­la), el atle­ta rebelde del de­por­te más ‘clá­si­co’ men­cio­na ca­te­gó­ri­ca­men­te: “Jue­go al te­nis pa­ra ga­nar­me la vi­da, aun­que odio el te­nis, lo de­tes­to con una os­cu­ra y se­cre­ta pa­sión, y siem­pre lo he de­tes­ta­do”.

Que­dó re­gis­tra­do en un li­bro (tre­men­do li­bro, por lo de­más). Y na­die pren­dió la alar­ma. En realidad, el re­la­to so­bre un de­por­tis­ta que odia­ba su de­por­te, na­rra­do por el pe­rio­dis­ta de­por­ti­vo J.R. Moeh­rin­ger, le­van­tó aplausos. Pe­ro el te­nis no es el fut­bol. No lo es. Carlos no co­no­ce la ci­ta ni ha leí­do el li­bro, pe­ro tras pro­bar­se las primeras cha­ma­rras pa­ra la se­sión, de­ba­jo de las gra­das del cam­po de en­tre­na­mien­to de la UCLA, mien­tras es­cu­cha la re­fle­xión de An­dre, y la pre­gun­ta so­bre el ‘odio’ que le tie­ne el me­xi­cano, son­ríe.

“Yo no ten­go pro­ble­mas. No le doy im­por­tan­cia. Es­to es fut­bol y ya. Me sien­to me­xi­cano. Co­mo tú. O co­mo tú (se­ña­la al es­ti­lis­ta). O co­mo cual­quie­ra que pon­ga un co­men­ta­rio. La gen­te te ve co­mo un fut­bo­lis­ta y pun­to. Se les ol­vi­da que somos per­so­nas y que que­re­mos dis­fru­tar de la vi­da. Me han pre­gun­ta­do tan­to por al­go que de­cla­ré que aun­que res­pon­das “sí, es lo que di­je”, si­guen in­tere­sa­dos en por qué no me gus­ta el fut­bol co­mo ellos creen que de­be­ría gus­tar­me. Nun­ca es so­bre pro­fe­sio­na­lis­mo, sino so­bre lo que ellos quie­ren. Yo no ten­go idea de si ha­ce una dé­ca­da me­tí tal gol o si ha­ce dos años fa­llé otro. En el fut­bol, la gen­te es del mo­men­to y na­die se acuer­da del pa­sa­do. Si no es hoy, te cri­ti­can y te ma­tan”, sen­ten­cia Carlos.

El par de ho­ras de re­tra­so, de acuer­do con Ve­la, tie­nen una jus­ti­fi­ca­ción de ese ti­po. Del hu­mano. Y él da la ex­pli­ca­ción. Pri­me­ro, aca­bó el en­tre­na­mien­to con Los An­ge­les FC y co­rrió a cam­biar­se

pa­ra ha­cer unas cáp­su­las de vi­deo con el equipo. Es el ju­ga­dor fran­qui­cia y quie­ren que la ciu­dad ven­ga al es­ta­dio pa­ra ver­lo a él. Así que no po­día fal­tar y to­do se alar­gó. Lue­go, me­dios de co­mu­ni­ca­ción. To­do Estados Unidos es­tá aquí y quie­ren una de­cla­ra­ción. No es­ta­ba pla­nea­do, pe­ro da va­rios mi­nu­tos. Des­pués, una lla­ma­da. Al­gu­nas ne­ce­si­da­des de Romeo, su hi­jo de ape­nas unos me­ses de na­ci­do. Y, así, un re­tra­so de un par de ho­ras. Sí, to­do es hu­mano. Y sí, no lo odio.

“Es­ta­ba en un mo­men­to don­de só­lo era res­pon­sa­ble de lo que me pa­sa­ra a mí y na­die más. Só­lo yo de­pen­día de mí. Pe­ro lle­gó mi hi­jo y fue un cam­bio drás­ti­co. Te pien­sas me­jor ca­da ac­ción. Sa­bes que afec­tas a más gen­te en ca­da de­ci­sión y así en­tien­des qué es una fa­mi­lia. Apa­re­ció un freno pa­ra pen­sar me­jor las co­sas y trans­for­mó mi vi­da. Romeo trans­for­mó mi vi­da. Ya no soy el egoís­ta que pri­me­ro mi­ra­ba a sí mis­mo. Nun­ca ha­bía pa­sa­do tan­to tiem­po con al­guien”, ex­pli­ca Ve­la cuan­do ha­bla so­bre una de las cau­sas del re­tra­so y so­bre la si­guien­te pre­gun­ta: cam­biar el País Vas­co, don­de era fi­gu­ra con co­mo­di­dad, por un equipo nue­vo en Los Án­ge­les.

DE­JAR EL PINT­XO

Cuan­do Carlos lle­gó a San Se­bas­tián, Luis Gar­cía ya ha­bía estado ahí. La gen­te te­nía bue­nas re­fe­ren­cias de los fut­bo­lis­tas me­xi­ca­nos, pe­ro no sa­bían mu­cho so­bre el ju­ga­dor oriun­do de Can­cún, quien ve­nía de ju­gar con el Ar­se­nal, en la Pre­mier Lea­gue de In­gla­te­rra. Era una apues­ta, pe­ro el he­cho de que un equipo de ca­te­go­ría pu­sie­ra su mi­ra­da en el jo­ven Ve­la des­de que fue cam­peón del mun­do con Mé­xi­co (en el Mun­dial Sub-17 de 2005, rea­li­za­do en Pe­rú ), era ya una ga­ran­tía pa­ra los vas­cos (ca­si co­mo es ga­ran­tía su co­mi­da). Y el me­xi­cano fun­cio­nó. Can­sa­do de ‘pe­re­gri­nar’, co­mo na­rran los co­men­ta­ris­tas de­por­ti­vos, due­ños ce­lo­sos del len­gua­je en torno al fut­bol, en­tre Sa­la­man­ca y Osa­su­na (Es­pa­ña), y West Brom­wich y Lon­dres (In­gla­te­rra), Carlos en­con­tró ca­sa en la re­gión del pint­xo y el vino txa­ko­li.

“El ca­ri­ño es en dos vías. Yo es­toy li­ga­do al País Vas­co de por vi­da. La co­ne­xión no ten­go que ha­blar­la en tér­mi­nos de fut­bol. Ahí, só­lo ten­go que de­cir que re­vi­ses el úl­ti­mo par­ti­do pa­ra que veas có­mo que­da­mos la afi­ción y yo. Ese úl­ti­mo gol, pu­do ser po­co es­té­ti­co, pe­ro, pa­ra mí, re­su­me seis años de es­tar en el lu­gar que cam­bió mi vi­da. Pe­ro de­je­mos el fut­bol. Mi es­po­sa es de esa tie­rra. La mi­tad de mi hi­jo, tam­bién. Mi ca­ri­ño es­tá ahí”,di­ce al em­pe­zar a ha­blar so­bre los pri­me­ros días en Los Án­ge­les.

Aquí vi­ve Gio­va­ni Dos San­tos. Y Jo­nat­han Dos San­tos. Y mi­llo­nes de me­xi­ca­nos más. La di­fe­ren­cia es que el len­te de los pa­pa­raz­zi es­tá en otro lu­gar. Aquí, Carlos sa­le al su­per­mer­ca­do por fór­mu­la de be­bé sin una cá­ma­ra de­trás. Y, ade­más, pue­de ir al bas­quet­bol, su de­por­te fa­vo­ri­to. LeBron Ja­mes, su ído­lo (Jor­dan tam­bién). Lo co­no­ció ha­ce po­cos días en el All Star Ga­me, que se ce­le­bró en la ciu­dad, y al que no fal­tó.

“Pue­des ha­cer lo que quie­ras en Los Án­ge­les. Te sien­tes cer­ca de ca­sa por la can­ti­dad de im­pac­to que tie­ne la co­mu­ni­dad me­xi­ca­na en la ciu­dad. En la co­mi­da de la ciu­dad. Pe­ro la de­ci­sión no fue por la ciu­dad, sino por el pro­yec­to. La ba­lan­za se in­cli­nó por lo que bus­ca­ban de mí y lo que yo bus­ca­ba con mi fa­mi­lia”, co­men­ta.

Le gus­tan las se­sio­nes de fo­tos. Y los re­lo­jes (“de oro ro­sa”). Pe­ro tam­bién le gus­ta de­jar las co­sas cla­ras. Sin im­por­tar si de ca­da una de sus de­cla­ra­cio­nes sa­le una nue­va po­lé­mi­ca de­por­ti­va. Y Mé­xi­co no era una op­ción. “Con Chi­vas siem­pre he te­ni­do el ca­ri­ño de quien ha­ce una re­fle­xión y sa­be quién le abrió las puer­tas. Me ayu­da­ron mu­cho y, en su mo­men­to, me die­ron una gran opor­tu­ni­dad. Pe­ro nun­ca hay

que ce­rrar­se las puer­tas en nin­gún la­do”, di­ce Carlos. Lo freno, con al­ma chi­va, y pre­gun­to: “¿Has­ta el Amé­ri­ca?”. “El fut­bol es de mo­men­tos y opor­tu­ni­da­des, y no hay que de­cir de es­ta agua no be­be­ré. No sé si me re­ti­ra­ré en Mé­xi­co. Quie­ro dis­fru­tar la MLS y, de­pen­dien­do de có­mo va­ya el pro­yec­to y la de­ci­sión que to­mé, de­ci­dir el si­guien­te pa­so”, co­men­ta. Y, en dos se­gun­dos, ya tie­ne la si­guien­te pre­gun­ta: “Pe­ro, ¿la pa­la­bra ‘re­ti­ro’ ya apa­re­ció en tu men­te?”.

ÓDIAME MÁS

“Más que cuán­to quie­ro, se tra­ta de có­mo es­tá mi cuer­po. He apren­di­do a es­cu­char­lo. Hoy es­toy en un gran mo­men­to. Que no que­de du­da. Soy ex­pe­ri­men­ta­do y sé có­mo pue­do lle­var el pro­yec­to que ele­gí y el que si­gue en mi ca­rre­ra. He ma­du­ra­do mu­cho en el as­pec­to psi­co­ló­gi­co. En có­mo pen­sar mi cuer­po. En cuán­to de­bes to­mar de la pren­sa. Y en que de­bes eva­luar­te cons­tan­te­men­te pa­ra sa­ber có­mo es­tás. Así es co­mo pien­so en el re­ti­ro”, responde Ve­la. Sí, pa­re­ce que lo tie­ne cla­ro y sa­be qué si­gue. Y sí, si­gue Ru­sia.

Y en Ru­sia, pri­me­ro, Ale­ma­nia. Aquí, Ve­la sí sue­na co­mo to­dos los fut­bo­lis­tas. Cu­brí un par de años la zo­na mix­ta de va­rios equi­pos eu­ro­peos (y oca­sio­nal­men­te, de un me­xi­cano) y el len­gua­je me es fa­mi­liar. Co­mo lo es tam­bién pa­ra to­dos los que com­pran el pe­rió­di­co, ven el re­su­men y el aná­li­sis del par­ti­do: “Es­ta­mos pre­pa­ra­dos. Al 100 por cien­to. Es­te gru­po tie­ne ta­len­to. Y tam­bién, men­ta­li­dad. Con­fia­mos el uno en el otro y cree­mos que po­de­mos ha­cer al­go gran­de, res­pe­tan­do al ri­val”, co­men­ta Carlos, cuan­do po­dría ser La­yún, Dos San­tos, Ochoa, Hernández o He­rre­ra al ha­bla. Cual­quie­ra.

Ve­la no va más en torno al mun­dial. No hay re­ve­la­cio­nes. Ni po­si­bi­li­dad de caos en el ves­ti­dor, co­mo Fran­cia boi­co­tean­do a su en­tre­na­dor en Su­dá­fri­ca 2010, ni tam­po­co una pul­sión real de la cre­di­bi­li­dad en el en­tre­na­mien­to de ha­ce seis días. “Ale­ma­nia es com­pli­ca­do, pe­ro te­ne­mos que ga­nar­le a to­dos. Es así. Y si que­re­mos, de­be­mos ga­nar­le a Ale­ma­nia”, co­men­ta. Y ahí, sí es un fut­bo­lis­ta más.

ROMEO AL TE­LÉ­FONO

La se­sión ha ter­mi­na­do en Los Án­ge­les y en la Ciu­dad de Mé­xi­co aca­ba de tem­blar. Tras el 19-S, la per­cep­ción ge­ne­ral es de aler­ta y to­dos reac­cio­na­mos en el cam­po, ca­si co­mo an­gus­tia­dos por un pe­nal mal mar­ca­do, bus­can­do el te­lé­fono. Carlos no. En realidad, él atien­de el te­lé­fono por­que su mujer quiere sa­ber la ho­ra en que vuel­ve a su ca­sa pa­ra que lle­ve un par de co­sas pa­ra su hi­jo Romeo. Carlos vi­ve en Los Án­ge­les. Su fa­mi­lia, tam­bién. Su preo­cu­pa­ción es­tá ahí. Y su realidad, tam­bién.

“Mé­xi­co es mi raíz. Y lo será siem­pre. Mi co­ra­zón es­tá ahí. No tie­ne que ver con si me gus­ta o no el fut­bol, sino con ha­cer lo que sé pa­ra te­ner una gran ale­gría pa­ra to­dos”, co­men­ta al ce­rrar la se­sión, con la in­for­ma­ción del tem­blor más cla­ra.

Carlos es un gran fut­bo­lis­ta. Uno gran­de. Ha ju­ga­do en gran­des li­gas y ha si­do cam­peón en dis­tin­tas ca­te­go­rías. Ha si­do per­so­na­je pú­bli­co del fut­bol por va­rios años. Fi­gu­ras co­mo Griez­mann lo han ala­ba­do (“Es mi gran quí­mi­ca en el fut­bol.N os en­ten­día­mos con una mi­ra­da. Des­de el día 1”.) Y, se­gu­ro, al­go ha­rá en Ru­sia. Li­te­ral, lo po­dría apos­tar. Pe­ro Romeo mar­có y se tie­ne que ir. Han si­do un par de ho­ras ba­jo el sol y, con­clui­do to­do, es de una de­men­cia y de una gra­ve fal­ta de ima­gi­na­ción es­tar irri­ta­dos y sen­tir có­le­ra con Carlos. Aun­que no le gus­te el fut­bol. Aun­que tú… no le cai­gas bien.

EL NUE­VO CARLOS. Tras de­bu­tar co­mo pa­pá, la vi­da de Ve­la ha cam­bia­do ra­di­cal­men­te. Vis­te su­da­de­ra BOSS y jeans All Saints.

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