SA­QUE AS

Ba­si­lea, Sui­za, 1981, te­nis­ta.

Life and Style (México) - - CONTENIDO - TEX­TO MA­RIO VI­LLA­GRÁN

En en­tre­vis­ta, el te­nis­ta sui­zo Ro­ger Federer ha­ce el re­cuen­to de los 20 años de una tra­yec­to­ria que lo ha con­ver­ti­do en ‘su ma­jes­tad’.

HA­CE 20 AÑOS, EN LAS FAL­DAS DE LOS ALPES, ‘SU MA­JES­TAD’ JU­GÓ SU PRI­MER PAR­TI­DO CO­MO PRO­FE­SIO­NAL. HOY, LOS TÍ­TU­LOS Y APLAU­SOS LE PER­TE­NE­CEN... Y EL PO­DER TAM­BIÉN. EN EN­TRE­VIS­TA, RO­GER FEDERER HA­BLA SO­BRE LOS ME­JO­RES MO­MEN­TOS DE SU CARRERA, LA PRO­XI­MI­DAD DEL SA­QUE FI­NAL Y SU AMOR POR MOËT & CHAN­DON.

Era un do­min­go por la tar­de cuan­do re­ci­bió una car­ta en el ho­tel don­de se hos­pe­da­ba en Lon­dres. To­do era fe­li­ci­dad en la ha­bi­ta­ción de aquel jo­ven sui­zo de 16 años. Ape­nas unas ho­ras an­tes, ha­bía ga­na­do el tí­tu­lo de Wim­ble­don, en la ca­te­go­ría Ju­nior, tras ven­cer al geor­giano Ira­kli La­bad­ze. Él, de nom­bre Ro­ger, con la son­ri­sa bien ta­tua­da en el ros­tro, só­lo que­ría cam­biar­se de ro­pa e ir a la ce­na pa­ra ce­le­brar su triun­fo. Pe­ro esa car­ta cam­bia­ría sus pla­nes aquel 5 de ju­lio de 1998. Es­ta­ba fir­ma­da por Ko­bi Her­men­jat, di­rec­tor del Abier­to de Sui­za, y era una in­vi­ta­ción pa­ra que ese chi­co, al que Ko­bi se­guía des­de ha­cía tiem­po, par­ti­ci­pa­ra por pri­me­ra vez en un tor­neo de la ATP. El pro­ble­ma era que la com­pe­ten­cia co­men­za­ba al día si­guien­te, en los Alpes de Ber­na, y la fa­mi­lia Federer de­bía lle­gar cuan­to an­tes pa­ra en­ca­mi­nar a Ro­ger, dos días des­pués. Con pri­sa, pe­ro a tiem­po, el clan arri­bó a la vi­lla de Gs­taad pa­ra ver có­mo, el mar­tes 7 de ju­lio de 1998, Ro­ger Federer se es­tre­na­ba co­mo te­nis­ta pro­fe­sio­nal, con una de­rro­ta fren­te al ju­ga­dor ar­gen­tino Lu­cas Ar­nold Ker.

Ochen­ta mi­nu­tos de tra­ba­jo en la ar­ci­lla mar­ca­ron el de­but del sui­zo, un día en que dio ini­cio la le­yen­da de ‘Su Ma­jes­tad’. Dos dé­ca­das han pa­sa­do ya y las es­ta­dís­ti­cas son cla­ras: 1,161 vic­to­rias, ocho tí­tu­los pro­fe­sio­na­les de Wim­ble­don, seis del Abier­to de Aus­tra­lia, cin­co del Abier­to de Es­ta­dos Uni­dos y uno de Ro­land Ga­rros. Vein­te tro­feos de Grand Slam y 27 del ATP World Tour Mas­ters 1000. Una me­da­lla de oro en los Olím­pi­cos de Bei­jing 2008. Más de 120 mi­llo­nes de dó­la­res de ga­nan­cia. Y cin­co tem­po­ra­das co­mo el nú­me­ro 1 del mun­do. En re­su­men, el me­jor te­nis­ta de la his­to­ria. No hay más. Ro­ger Federer ha­bló con Life & Sty­le so­bre su tra­yec­to­ria de dos dé­ca­das y el po­der del de­por­te.

Vein­te años des­pués de ha­ber em­pe­za­do co­mo pro­fe­sio­nal, ¿qué sien­tes al mi­rar atrás?

Lo pri­me­ro es agra­de­cer to­da es­ta di­ver­sión, to­do el pla­cer de es­tas dos dé­ca­das. Ha si­do tan rá­pi­do que no sé có­mo aco­mo­dar tan­tos re­cuer­dos sin pen­sar que su­ce­die­ron ayer. Pe­ro que ha­ya si­do tan ve­loz me de­ja la cer­te­za de que ha si­do muy gra­to vi­vir es­tas ex­pe­rien­cias y, por eso, no quie­ro aban­do­nar el cir­cui­to, por­que aquí es­tá mi vi­da. Era im­po­si­ble so­ñar con que to­do es­to me pa­sa­ría. No creo que na­die pue­da ima­gi­nar que al­go así le su­ce­de­rá. Me lle­vó 20 años en­ten­der­lo: el tiem­po vue­la.

¿Qué mo­men­tos do­mi­nan tu me­mo­ria?

La pri­me­ra vez que en­tré al Top 100 y la pri­me­ra vez que me en­te­ré de que es­ta­ba en el Top 10. Cuan­do ga­né mi pri­mer tí­tu­lo de Wim­ble­don (en 2003) y el día que de­rro­té a mi hé­roe Pe­te Sam­pras (en 2001). Ga­nar en Ba­si­lea, en 2009, por­que yo fui re­co­ge­pe­lo­tas ahí du­ran­te va­rios años y eso lo con­vir­tió en al­go muy emo­ti­vo. Son mu­chos mo­men­tos, pe­ro és­tos siem­pre están y es­ta­rán ahí.

Tras es­ta re­fle­xión so­bre tus dos dé­ca­das de carrera, ¿qué si­gue pa­ra ti?

Es­pe­ro te­ner un par de años más co­mo pro­fe­sio­nal, pe­ro he pen­sa­do mu­cho so­bre qué si­gue des­pués del re­ti­ro. Pri­me­ro, qui­sie­ra dis­fru­tar a mis hi­jos y mi fa­mi­lia. Lue­go, me gus­ta­ría de­di­car­me a mi fun­da­ción y re­plan­tear nues­tros ob­je­ti­vos y al­can­ces. Tam­bién me gus­ta­ría man­te­ner­me en con­tac­to con los jó­ve­nes ta­len­tos de Sui­za y ayu­dar­los en su pro­gre­so al crear puen­tes con mar­cas con las que tra­ba­jo, co­mo Moët & Chan­don, pa­ra im­pul­sar el de­por­te en mi país.

¿Quié­nes han si­do tus mo­de­los a se­guir pa­ra lle­gar has­ta aquí?

En el te­nis, sin du­da, Pe­te Sam­pras, Ste­fan Ed­berg y Bo­ris Bec­ker. Aun­que Ed­berg ha si­do el más im­por­tan­te por­que al ver­lo ju­gar en­ten­dí quién que­ría ser y le apren­dí to­do lo que pu­de mien­tras fue mi en­tre­na­dor. Fue­ra del te­nis y en el de­por­te en ge­ne­ral, de­bo de­cir que siem­pre me apa­sio­nó la carrera de Mi­chael Jor­dan. Creo que él cam­bió la his­to­ria del de­por­te. Ellos fue­ron y si­guen sien­do mi ins­pi­ra­ción cuan­do sal­go a la can­cha.

¿Cuál ha si­do el me­jor re­ga­lo que te han ob­se­quia­do pa­ra ce­le­brar es­tas dos dé­ca­das?

Me han da­do cosas ma­ra­vi­llo­sas, pe­ro de­bo de­cir que la edi­ción es­pe­cial que creó Moët & Chan­don me de­jó con la bo­ca abier­ta. Me en­can­tó el di­se­ño y la co­ne­xión que ha­ce con mi carrera. Ade­más, la cham­pa­ña en sí es im­pac­tan­te: Grand Vin­ta­ge Co­llec­tion 1998. Pe­ro, más allá de eso, es­tá el ges­to de la mar­ca, que de­ci­dió do­nar a mi fun­da­ción las ga­nan­cias por la ven­ta de es­ta edi­ción es­pe­cial. Su ge­ne­ro­si­dad me abru­ma y nos ayu­da a se­guir ade­lan­te con nues­tras me­tas pa­ra lle­var la edu­ca­ción a to­dos.

“He si­do par­te de mu­chos pun­tos, es­pec­ta­cu­la­res e inol­vi­da­bles, en es­tos 20 años. Pe­ro no ten­go du­da de que el ti­ro que hi­ce en­tre mis pier­nas en 2009, con­tra No­vak Djo­ko­vic en el US Open, ha si­do el me­jor de mi carrera”.

Con ese gus­to que tie­nes por la cham­pa­ña, ¿a quién le in­vi­ta­rías una co­pa?

Sin du­da, ele­gi­ría a Muham­mad Ali, Nel­son Man­de­la y Björn Borg.

La gen­te sue­le pen­sar en Ro­ger Federer co­mo un si­nó­ni­mo de ‘elegancia’, ¿con­cuer­das?

Lo agra­dez­co mu­cho. Creo que la elegancia es al­go que va apa­re­cien­do de ma­ne­ra or­gá­ni­ca. Mu­cha gen­te lo di­ce al re­fe­rir­se a mi téc­ni­ca de jue­go. Qui­zá me ven co­mo el puen­te en­tre la ma­ne­ra en la que ju­ga­ban ge­ne­ra­cio­nes pa­sa­das y en la que jue­gan las nue­vas. Pe­ro la elegancia no es al­go que yo bus­que cuan­do es­toy en la can­cha. Creo que sur­ge de las re­la­cio­nes que construyo con otros ju­ga­do­res, la pren­sa y los afi­cio­na­dos. Es el re­sul­ta­do de es­ta co­mu­nión lo que ellos lla­man elegancia.

¿Qué pien­sas cuan­do la gen­te te des­cri­be co­mo al­guien ge­ne­ro­so?

Pa­ra mí, es uno de los va­lo­res más im­por­tan­tes. Se tra­ta de de­vol­ver y com­par­tir lo que has lo­gra­do gra­cias a otros. Uno no va so­lo por la vi­da. Hay mu­cha gen­te que te im­pul­sa y te apo­ya y no de­bes ol­vi­dar­lo. Des­de el ri­val de en­fren­te que te ayu­da a me­jo­rar co­mo de­por­tis­ta y ser hu­mano, has­ta la pren­sa que bus­ca en tu vi­da una his­to­ria que ins­pi­re al res­to de la gen­te. Me ima­gino ju­gan­do so­lo, sin na­die al­re­de­dor, y en­tien­do per­fec­ta­men­te con quién de­bo es­tar agra­de­ci­do.

¿Tu de­fi­ni­ción de éxi­to?

Tie­ne que ver con el equi­li­brio que con­si­gues en­tre tu vi­da y tus ob­je­ti­vos. Me im­por­ta mu­cho el éxi­to co­mo pa­dre y es­po­so. Tam­bién, co­mo ami­go y em­ba­ja­dor de mi país. Y, ob­via­men­te, co­mo de­por­tis­ta. Son mu­chas ca­pas en las que tie­nes que man­te­ner un equi­li­brio pa­ra real­men­te po­der con­si­de­rar­te exi­to­so.

¿Tie­nes cla­ro cuál ha si­do la cla­ve del éxi­to de tu carrera?

Sí, son dos cla­ves. La pri­me­ra es el tra­ba­jo du­ro. Y la se­gun­da, te­ner a mi al­re­de­dor a un gru­po de per­so­nas que me brin­dan es­ta­bi­li­dad pa­ra po­der pen­sar en mi jue­go y que tam­bién me dan mu­cho amor, lo que me per­mi­te avan­zar y lu­char cada día por man­te­ner­me en la ci­ma.

¿Cuál ha si­do tu vic­to­ria más im­por­tan­te de es­tos 20 años?

Creo que la de 2009, en la fi­nal de Ro­land Ga­rros con­tra Ro­bin Sö­der­ling. Me ayu­dó a com­ple­tar el cir­cui­to de vic­to­rias de Grand Slam, des­pués de ha­ber triun­fa­do en los otros tres tor­neos. Era la úni­ca pie­za que fal­ta­ba en el rom­pe­ca­be­zas y to­da­vía re­cuer­do ese día a la per­fec­ción, ten­go muy cla­ro cada de­ta­lle.

¿Có­mo de­fi­nes tu pa­sión por la Fun­da­ción Ro­ger Federer y tu de­seo de de­di­car­te a ella en el fu­tu­ro?

Em­pe­cé con la fun­da­ción en 2003 con la idea de ayu­dar a los ni­ños de Áfri­ca, ya que mi ma­dre es sud­afri­ca­na y que­ría de­vol­ver­le al­go a su tie­rra. Ella y mi pa­dre me en­se­ña­ron a ser agra­de­ci­do y no co­mo obli­ga­ción, sino co­mo par­te de un es­ti­lo de vi­da. Mu­chos de los chi­cos que ayu­do no sa­ben quién soy y eso nos per­mi­te en­ten­der cuá­les son las prio­ri­da­des y en qué de­be­mos ayu­dar. No se tra­ta de te­nis o de­por­te, sino de es­tar com­pro­me­ti­dos con su cre­ci­mien­to.

Es tiem­po de ce­le­brar, ¿có­mo se­ría la ma­ne­ra ideal de ha­cer­lo?

Con una co­pa de Moët & Chan­don. Com­par­tir con mis fa­ná­ti­cos cada lo­gro. Por ejem­plo, agra­de­cer­le a esos se­gui­do­res que siem­pre apa­re­cen en Wim­ble­don pa­ra apo­yar­me y que han he­cho tan­to por mí. Aho­ra es tiem­po de brin­dar con mi fa­mi­lia y to­das las per­so­nas cer­ca­nas que me han ayu­da­do a lle­gar has­ta aquí. Vein­te años des­pués, es mo­men­to de com­par­tir to­do el amor que me ha da­do el te­nis.

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