EL PIN­TOR QUE DI­RI­GE

Nos sen­ta­mos a pla­ti­car con una le­yen­da del ci­ne lla­ma­da David Lynch tras la lle­ga­da de la ter­ce­ra tem­po­ra­da de Twin Peaks.

Life and Style (México) - - LIFE / TELEVISIÓN -

Se pa­só los úl­ti­mos cin­co años tra­ba­jan­do en se­cre­to en su re­torno al mun­do de Twin Peaks (1990-91) y, has­ta po­cos días an­tes del de­but, mantuvo to­dos los de­ta­lles guar­da­dos ba­jo sie­te lla­ves. Ya con los pri­me­ros epi­so­dios a dis­po­si­ción de la pren­sa, David Lynch pre­fi­rió no dar de­ma­sia­das ex­pli­ca­cio­nes so­bre su pe­cu­liar for­ma de tra­ba­jar ni so­bre el sig­ni­fi­ca­do de los enig­mas de la se­rie. Con­ver­ti­do en le­yen­da, a sus 71 años, el na­ti­vo de Mon­ta­na —que ha he­cho de Los Án­ge­les su ho­gar— no se es­fuer­za por rom­per su ima­gen de ex­cén­tri­co e, in­clu­so, de­ja caer al­gu­nos co­men­ta­rios que nos ha­cen pen­sar que vi­ve en un mun­do muy si­mi­lar al de sus his­to­rias.

¿Cuán­to ha cam­bia­do David Lynch?

Soy la mis­ma per­so­na. Me si­gue gus­tan­do tra­ba­jar en ma­de­ra y si­go dis­fru­tan­do de la pin­tu­ra, de la mú­si­ca y del ci­ne.

¿Cuán­to ex­tra­ñas­te el mun­do de Twin Peaks?

Mu­cho. Me fas­ci­na, du­ran­te mu­chos años se­guí pen­san­do en él. De vez en cuan­do me pre­gun­ta­ba qué es­ta­rían ha­cien­do los per­so­na­jes, y me acor­da­ba de dón­de ha­bía de­ja­do las co­sas. Pe­ro nun­ca pen­sé se­ria­men­te en vol­ver has­ta que Mark Frost (co­crea­dor de la se­rie) me in­vi­tó a al­mor­zar cin­co años atrás.

¿Cuál crees que fue la cla­ve de su éxi­to?

Es un mis­te­rio por qué lle­gó a tan­tas par­tes y fue tan bien re­ci­bi­da. Na­die sa­be có­mo un pe­que­ño pue­blo en el no­roes­te de Es­ta­dos Uni­dos pu­do re­sul­tar tan atrac­ti­vo pa­ra los ja­po­ne­ses o los fran­ce­ses. Fue un fe­nó­meno fan­tás­ti­co e in­tere­san­te. Una com­bi­na­ción má­gi­ca de mu­chas co­sas.

¿Qué tie­ne Ky­le Ma­cLa­chlan pa­ra que siem­pre vuel­vas a es­co­ger­lo?

Que es, a la vez, inocen­te y muy in­te­li­gen­te. Una per­so­na co­mún con gran ca­pa­ci­dad pa­ra la in­tui­ción, una ener­gía tre­men­da y unos ojos bri­llan­tes. Tie­ne to­do lo que se ne­ce­si­ta pa­ra ser el agen­te es­pe­cial Da­le Coo­per.

¿Por qué re­cu­rres con tan­ta fre­cuen­cia a es­ce­nas vio­len­tas?

A na­die le gus­ta la vio­len­cia real, pe­ro en las his­to­rias sue­le te­ner un pe­so fun­da­men­tal. Cuan­do la lu­cha por so­bre­vi­vir apa­re­ce co­mo te­ma na­rra­ti­vo, no te pue­des re­sis­tir a ella. Lo que hay que en­ten­der es que el su­fri­mien­to es­tá en la his­to­ria, no en la vi­da. Ade­más, si vas a mos­trar vio­len­cia, no hay que li­mi­tar­se. El pro­ble­ma es que ca­da uno tie­ne un lí­mi­te di­fe­ren­te. Es pro­ba­ble que pa­ra mí ese lí­mi­te es­té un po­co más le­jos que pa­ra el res­to de la gen­te.

¿Di­ri­gir es una for­ma de pin­tar?

Sí. Se di­ce que el ci­ne in­clu­ye sie­te ar­tes, en­tre ellos, la es­cri­tu­ra, la mú­si­ca y la pin­tu­ra. Yo lle­gué al ci­ne a tra­vés de la pin­tu­ra. Re­cuer­do es­tar en la aca­de­mia de Be­llas Ar­tes de Pen­sil­va­nia, era de no­che y tra­ba­ja­ba en la ilus­tra­ción de un jar­dín. Es­ta­ba mi­ran­do la pin­tu­ra cuan­do es­cu­ché el so­ni­do del vien­to “den­tro del cua­dro”. Y la pin­tu­ra em­pe­zó a mo­ver­se. Esa ex­pe­rien­cia fue lo que me lle­vó a in­ves­ti­gar el te­ma. Hi­ce un cor­to ani­ma­do en el que se veía a seis hom­bres en­fer­mán­do­se. Ése fue mi pri­mer fil­me, de un mi­nu­to de du­ra­ción. Des­de en­ton­ces me han da­do luz ver­de pa­ra se­guir tra­ba­jan­do en el mun­do del ci­ne, pe­ro to­do em­pe­zó con la pin­tu­ra.

¿Tus ideas sur­gen en sue­ños?

No. Pa­ra em­pe­zar, no me de­jo lle­var por los sue­ños noc­tur­nos. Ra­ra­men­te se me ha ocu­rri­do una idea a par­tir de un sue­ño que he te­ni­do mien­tras duer­mo. En cam­bio, me en­can­ta so­ñar des­pier­to. Dis­fru­to sen­tar­me en una si­lla y de­jar­me lle­var por los pen­sa­mien­tos, co­sa ca­da vez más di­fí­cil, por­que abun­dan las dis­trac­cio­nes. Mu­chas ve­ces, las ideas sur­gen de esa ma­ne­ra. Otras ve­ces pue­do es­tar ca­mi­nan­do por la ca­lle. Uno nun­ca sa­be. No sé qué es lo que las ge­ne­ra, pe­ro, de al­gu­na ma­ne­ra, sur­gen. Y mu­chas ve­ces son muy bue­nas. No sien­to que pue­da atri­buir­me nin­gu­na de esas ideas. Me lle­gan, no las in­ven­to, sim­ple­men­te las re­ci­bo. De pron­to apa­re­cen en mi men­te y se re­ve­lan an­te mí. Son co­mo un pez. El co­ci­ne­ro no crea el pes­ca­do, sim­ple­men­te lo pre­pa­ra. Lo mis­mo pa­sa con las ideas.

¿Dón­de vi­ves aho­ra?

Si­go en Holly­wood. Me enamo­ré de es­ta ciu­dad des­de el pri­mer mo­men­to. Lle­gué de no­che y, a la ma­ña­na si­guien­te, cuan­do sa­lí a la ca­lle, me que­dé im­pre­sio­na­do con el sol de Ca­li­for­nia. Era el ve­rano de 1970 y nun­ca ha­bía ex­pe­ri­men­ta­do una luz tan fan­tás­ti­ca, que me pro­du­jo de in­me­dia­to una sen­sa­ción de fe­li­ci­dad y li­ber­tad. Yo ve­nía de Fi­la­del­fia, uno de los si­tios más os­cu­ros del pla­ne­ta.

¿Qué pe­lí­cu­las has vis­to úl­ti­ma­men­te?

No he vis­to na­da por­que he es­ta­do tra­ba­jan­do en Twin Peaks. No soy fan del ci­ne. Me gus­ta ha­cer pe­lí­cu­las, pe­ro no veo de­ma­sia­das. Tam­po­co con­su­mo mu­cha te­le­vi­sión. Aun­que hay un ca­nal que me fas­ci­na: se lla­ma Ve­lo­city, mues­tran ex­hi­bi­cio­nes de au­tos y en­se­ñan có­mo re­pa­rar co­ches vie­jos. He apren­di­do mu­chí­si­mo. Me ma­ra­vi­lla lo que ha­cen con los ta­pi­za­dos y los mo­to­res. Son ver­da­de­ros ar­tis­tas, mu­chos de esos au­tos son ver­da­de­ras obras de ar­te.

PRE­CUR­SO­RA Es­tre­na­da en una dé­ca­da en que el ries­go crea­ti­vo no abun­da­ba en la te­le­vi­sión, Twin Peaks sen­tó las −su­rrea­lis­tas− ba­ses que han he­cho po­si­ble el ri­co pa­no­ra­ma de se­ries del que dis­fru­ta­mos hoy.

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