So­bre­vi­ví a un tiroteo

Cuan­do em­pe­za­ron los dis­pa­ros en un ae­ro­puer­to de Flo­ri­da, Ste­ven Frap­pier se tiró al pi­so.

Men's Health (México) - - SALUD -

El 6 de enero me sen­tía fe­liz de ir­me de Atlan­ta. Se pro­nos­ti­ca­ba nie­ve y yo te­nía que tras­la­dar­me a Flo­ri­da a una con­fe­ren­cia.

Mi vue­lo a Fort Lau­der­da­le fue cor­to. No te­nía pri­sa, así que ca­mi­né ha­cia la pun­ta más le­ja­na de la sa­la de reclamo de equi­pa­je, con­for­me con es­pe­rar.

Em­pe­zó a so­nar mú­si­ca caly­pso. Las ma­le­tas co­men­za­ron a sa­lir. Lo si­guien­te que es­cu­ché fue algo que so­nó co­mo un pe­tar­do. Pop pop. Un hom­bre gri­tó, “¡Todos al sue­lo! ¡Es­te hom­bre tie­ne una pis­to­la!”.

Obe­de­cí en el ac­to.

Ha­ce mu­cho tiem­po que prac­ti­co yo­ga1

y he ba­ja­do a po­se cha­tu­ran­ga, una po­si­ción pa­re­ci­da a la ta­bla, mu­chas ve­ces. Me pu­se en mo­do yo­ga. El ti­ra­dor, que es­ta­ba a unos cin­co me­tros de dis­tan­cia, dis­pa­ró con­tra un gru­po que se en­con­tra­ba cer­ca de la ban­da trans­por­ta­do­ra de equi­pa­je. Te­nía una pis­to­la pe­que­ña y una mi­ra­da fría y va­cía.

Es­pe­ré. Vi cuan­do le ti­ra­ron a un hom­bre en la ca­be­za y mu­rió a no más de tres me­tros de mí.

Una ba­la ro­zó algo cer­ca de mi cuer­po y lue­go mi mano cos­qui­lleó. Se me ha­bían en­te­rra­do as­ti­llas de me­tal en la mano. Lue­go sen­tí un gol­pe en la es­pal­da. Pen­sé que me ha­bía caí­do una ma­le­ta en­ci­ma.

Cuan­do al ti­ra­dor se le aca­ba­ron los dis­pa­ros, se acos­tó en el pi­so y aven­tó su ar­ma. Fi­nal­men­te, la po­li­cía lle­gó y lo cap­tu­ró. Cuan­do nos di­je­ron que to­do es­ta­ba bien, me le­van­té. Cer­ca de 12 per­so­nas no se pararon. Cin­co de ellas mu­rie­ron.

Fui al ba­ño a re­vi­sar­me

2 Sa­qué mi lap­top de mi mo­chi­la y no­té que te­nía un ho­yo. El gol­pe en la es­pal­da no ha­bía si­do una ma­le­ta ca­yen­do so­bre mí. Una ba­la ha­bía re­bo­ta­do en mi mo­chi­la y mi Mac­book la ha­bía ab­sor­bi­do.

Más tar­de, cuan­do los agen­tes del FBI re­vi­sa­ron mi ma­le­ta, en­con­tra­ron el pro­yec­til en la par­te la­te­ral. Mi mo­chi­la Tu­mi, he­cha con ny­lon ba­lís­ti­co, ha­bía si­do pro­ba­da con éxi­to.

Los agen­tes se lle­va­ron mi ma­le­ta y su con­te­ni­do co­mo evi­den­cia. Otros ofi­cia­les me en­tre­vis­ta­ron fren­te a bol­sas con cuer­pos. Unos mé­di­cos me sa­ca­ron las as­ti­llas con pin­zas.

Me di­je­ron que po­día ir­me del ae­ro­puer­to. Con­for­me em­pe­cé a an­dar, unos agen­tes me de­tu­vie­ron. Les di los nom­bres de los hom­bres que me ha­bían da­do el per­mi­so de re­ti­rar­me y me de­ja­ron se­guir.

De re­pen­te, vi que me apun­ta­ban con pis­to­las3

Era la po­li­cía lo­cal. De­jé caer mi mo­chi­la de lo­na –la úl­ti­ma per­te­nen­cia que me que­da­ba– y subí las ma­nos jun­to a mi ca­be­za, co­mo un oso grizz­li. Con­for­me avan­cé ha­cia ellos, gri­té re­pe­ti­da­men­te: “no me dis­pa­ren”, así co­mo di los nom­bres de los agen­tes del FBI que me ha­bían de­ja­do ir.

Su­ce­dió que co­rrie­ron ru­mo­res de un segundo ti­ra­dor, un su­je­to al­to, po­si­ble­men­te mo­reno, con una mo­chi­la de lo­na. Yo mi­do 1.82 me­tros, soy mitad tai­wa­nés, y lle­va­ba un ma­le­tín de lo­na. En otras pa­la­bras, coin­ci­día con la des­crip­ción del otro pis­to­le­ro inexis­ten­te que es­ta­ban bus­can­do. Y na­die ha­bía da­do al­gún avi­so en la ra­dio pa­ra ga­ran­ti­zar mi se­gu­ri­dad.

Afor­tu­na­da­men­te, la po­li­cía no me dis­pa­ró y me de­jó abor­dar el au­to­bús de eva­cua­ción. Más tar­de, un ami­go me re­co­gió en una ga­so­li­ne­ra.

Aho­ra pien­so mu­cho más en las per­so­nas que per­die­ron sus vi­das, que en lo que es­tu­vo a pun­to de pa­sar­me.4

Tam­bién in­ten­to con­se­guir re­cur­sos pa­ra en­tre­nar a es­tu­dian­tes a ser orien­ta­do­res en te­mas de sa­lud men­tal. De­be­mos ha­cer más pa­ra pre­ve­nir la vio­len­cia y ayu­dar a las per­so­nas a re­cu­pe­rar­se.5

Ste­ven Frap­pier tie­ne 37 años y vi­ve en Atlan­ta.

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