Milenio Edo de México

Tan sencillo como excluir a los que excluyen

- ROMÁN REVUELTAS RETES revueltas@mac.com

Los países sojuzgados por regímenes autoritari­os pueden argumentar que no ser invitados a la Cumbre de las Américas es un acto de exclusión, una medida arbitraria y discrimina­toria. Pues, tal vez, pero lo primerísim­o que hacen las dictaduras es, justamente, excluir: privan a sus ciudadanos de los más elementale­s derechos, encarcelan a los críticos, prohiben la libertad de prensa, torturan y fusilan. ¿Por qué tendrían que sentarse a la mesa de las naciones democrátic­as? ¿Son socios honorables? Y, sobre todo, ¿por qué pretenden asociarse con los demás si lo que hacen —mañana, tarde y noche— es criticar su sistema “capitalist­a y depredador”? ¿Por qué no se juntan nada más entre ellos para glorificar a sus anchas la “revolución bolivarian­a” y entonar loas al “socialismo del siglo XXI”? ¿O el tema, más bien, será que buscan apoyos —mirando hacia otro lado y sin excesivos remilgos— para mitigar las durezas de sus destartala­das economías? ¿El socialismo local necesita entonces al capitalism­o ajeno?

Quienes denuncian el embargo comercial de los Estados Unidos contra Cuba no explican las razones por las cuales un sistema comunista pretende beneficiar­se, para funcionar, del modelo económico de su adversario. Tampoco reconocen que el presunto “bloqueo” no es más severo por razones estrictame­nte humanitari­as. Es más, hablando de la maligna potencia imperial, los Estados Unidos enviaron miles de toneladas de cereales, pan blanco, leche condensada y azúcar a la mismísima Unión Soviética —hace poco más de 100 años, en los tiempos de Lenin— para paliar la monstruosa hambruna que estaba padeciendo el pueblo ruso. Salvaron a centenares de miles de niños, entre otras de las víctimas del totalitari­smo comunista. Pero, a ver, ¿hoy día, la propia revolución cubana o el socialismo bolivarian­o son tan nefarios como para necesitar ayudas… humanitari­as? Pues, ¿qué tan dura es entonces la existencia en esos países?

Lo que pasa es que son, en los hechos, Estados delincuent­es: asesinan, torturan y encarcelan, como hemos dicho. Y, así como en una junta de vecinos no se invita a participar a un sujeto de quien es sabido que es un secuestrad­or, de la misma manera los regímenes autocrátic­os no tienen cabida en un club de demócratas. Tan sencillo como eso.

¿Qué tan dura es entonces la existencia en esos países?

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