Es­pe­jo

Milenio - Laberinto - - ANTESALA - SYL­VIA PLATH Tra­duc­ción de Víc­tor Ma­nuel Men­dio­la

Soy pla­tea­do y pre­ci­so. No ten­go pre­con­cep­cio­nes.

To­do lo que veo lo tra­go de in­me­dia­to

Tal co­mo es, sin ve­la­du­ras por amor o dis­gus­to.

No soy cruel, so­lo ve­raz

—el ojo de un pe­que­ño dios cua­dran­gu­lar.

Ca­si to­do el tiem­po me­di­to en el mu­ro opues­to.

Es ro­sa, con man­chas. Lo he mi­ra­do lar­ga­men­te

Y pien­so que es par­te de mi co­ra­zón. Pe­ro par­pa­dea.

Ros­tros y oscuridad nos separan una y otra vez.

Aho­ra soy un lago. Una mu­jer se aso­ma a mí,

Bus­ca en mi ex­ten­sión lo que ella es en reali­dad.

En­ton­ces vol­tea ha­cia esas men­ti­ro­sas, las ve­las o la lu­na.

Veo su es­pal­da y la re­fle­jo exac­ta.

Ella me pre­mia con lá­gri­mas y una agi­ta­ción en sus ma­nos.

Soy im­por­tan­te pa­ra ella, que va y vie­ne.

Ca­da ma­ña­na es su rostro quien re­em­pla­za la oscuridad.

En mí, ella ha aho­ga­do a una jo­ven; y en mí, una mu­jer vie­ja va ha­cia ella días tras día, co­mo un pez te­rri­ble.

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