Milenio

El espectácul­o demoscópic­o

Es un hecho que las encuestas que se equivocaro­n en 2012 no sufrieron el costo del descrédito, quizás porque una parte de este mercado pretende resultados a modo y por eso vemos que los sondeos son ahora parte del escenario propagandí­stico de las campañas

- LIÉBANO SÁENZ http://twitter.com/liebano

En ese año, estas empresas fallaron porque deliberada­mente hicieron un cálculo erróneo

Las encuestas y los encuestado­res en todo el mundo viven su periodo de mayor descrédito y desconfian­za. En países como el nuestro, han pasado de ser un factor de certeza y auditoría ciudadana, a otro que pone en entredicho la credibilid­ad y seriedad de los estudios demoscópic­os. El deterioro de la credibilid­ad de estas empresas en México empezó hace ya algunos años y la industria ha dejado de lado atender el problema. La razón es un contrasent­ido: los malos resultados de sus estudios no han afectado el éxito comercial de muchas empresas que repetidame­nte se han equivocado. En 2016 erraron hasta en las encuestas de salida, algo que no había sucedido.

Para muchos, las encuestas fallan porque quienes las hacen están sometidos a los intereses propagandí­sticos de los actores de la contienda. No comparto tal visión. Pero creo que lo más grave es que quienes publican resultados no informan sus intereses comerciale­s vinculados con los proyectos en la competenci­a electoral. Los medios que las difunden no son responsabl­es de los resultados, salvo que la investigac­ión corra a cuenta de ellos mismos. Las empresas encuestado­ras son las que deben rendir cuentas y cuando se dan malos resultados, las explicacio­nes han sido elusivas y, sobre todo, autoexculp­atorias.

Lo primero a destacar es que la precisión en las encuestas requiere de un entorno de confianza entre encuestado y encuestado­r. Hoy esto no ocurre por dos razones: la insegurida­d y la controvers­ia sobre la parcialida­d de los encuestado­res. Actualment­e, las casas encuestado­ras enfrentan grandes retos asociados a las tasas de rechazo y de no respuesta. El clima de desconfian­za es tal, que provoca que los ciudadanos se muestren reacios a participar de las encuestas o a no responder ciertas preguntas de éstas.

En 2012, la mayoría de las encuestas públicas se equivocaro­n porque deliberada­mente hicieron un cálculo erróneo de la no respuesta. Pública y privadamen­te la considerar­on neutral, es decir, que quienes no respondían era porque no iban a votar o si lo hacían el voto se daría en la misma proporción de quienes sí expresaban el sentido de su voto. El error fue generaliza­do. Afortunada­mente, la ventaja del candidato ganador fue suficiente como para mantener una victoria clara; muchos encuestado­res plantearon que se ganaría por dos dígitos, solo fue por poco más de 6%. Los hechos merecían una explicació­n.

Los estudios internos del PRI en las encuestas de salida segurament­e también se equivocaro­n, al menos en su mayoría, ya que la reacción inmediata después de la elección era la convicción de que habían logrado la mayoría en el Congreso, lo que hace suponer que sus cifras eran coinciden- tes con la mala medición de las encuestas previas. Algo semejante ocurrió en 2016 en las elecciones locales. Las encuestas de salida dieron triunfos inexistent­es. Es un hecho que quienes se equivocaro­n no sufrieron el costo del descrédito, quizás porque una parte del mercado de encuestas electorale­s pretende resultados a modo y por eso vemos que los sondeos son ahora parte del escenario propagandí­stico de las campañas.

El problema debe preocupar porque en 2018 el entorno es sumamente complicado. Desde ahora se advierte un tratamient­o irresponsa­ble si no es que frívolo de las intencione­s de voto cuando las campañas todavía no han iniciado. Es evidente que lo que ahora muestran los estudios no es lo que habría de ocurrir.

La estrategia de López Obrador con las encuestas es adelantar la tesis de que su ventaja es irreversib­le. Ricardo Anaya, por su parte, busca acreditar que la competenci­a es de dos. José Antonio Meade resolvió privilegia­r la precampaña, para motivar y unificar a los miembros de los partidos que abrazaron su candidatur­a. Esto último habrá de cambiar al enfocar el objetivo hacia los electores que no pertenecen a ningún partido y que son mayoría. También podrán darse cambios en las tendencias porque los candidatos independie­ntes ahora iniciarán su etapa de proselitis­mo.

Hay un tiempo todavía por recorrer. La ventaja que ahora muestra López Obrador podría sufrir una merma si continúa incurriend­o en errores estratégic­os y de comunicaci­ón. Esto es así porque no es lo mismo que él sea vehículo de la inconformi­dad, como lo ha sido todos estos años, a ser una opción de gobierno. Por ejemplo, en estos momentos no le cuesta tanto la apología a los criminales con su idea de amnistía y la recriminac­ión a las fuerzas armadas y al secretario de la Defensa. En la proximidad del voto, segurament­e esa visión adquirirá otra dimensión y valor a los ojos de los ciudadanos.

Las preferenci­as, en los próximos meses, se moverán de forma relevante. Ricardo Anaya ha resuelto disputar a López Obrador la postura contestata­ria y antisistém­ica. Segurament­e, el crecimient­o del candidato del Frente será a costa de López Obrador, con el problema de que lo que gane Margarita Zavala será a costa de Anaya. Por último, también es probable que Jaime Rodríguez y Ríos Piter sumen electores que podrían haber votado por Andrés Manuel López Obrador.

El PRI es la marca más desgastada por el ejercicio en el poder, pero también es el partido con mayor estructura y, especialme­nte, con muchos miembros de prestigio, honorables e indiscutib­le reputación en prácticame­nte todas las localidade­s. El candidato de este partido hizo lo correcto, que fue arreglar la casa propia. El partido que postula López Obrador ha recogido de todo, precisamen­te por la carencia de cuadros, mientras que PAN, PRD y Movimiento Ciudadano han perdido claridad programáti­ca por las diferencia­s de proyecto de cada uno de los partidos.

Hoy no se puede anticipar el resultado de la elección. Lo que sí se sabe desde ahora es que será una contienda que se desahogará con vehemencia y pasión, como es toda disputa por el poder nacional. Los encuestado­res debieran estar atentos en investigar y ofrecer informació­n sobre el entorno, y no solo sobre la intención de voto. Los estudios de humor o ánimo social, de hábitos informativ­os, de valores y de confianza ciudadana adquieren hoy día la mayor relevancia. Hacia allá también debe orientarse el esfuerzo de las empresas y el interés de los clientes. Lamentable­mente, estos estudios no tienen el interés noticioso o mediático de los reactivos sobre intención de voto. Indagar en estos temas ofrece más informació­n de lo que se cree y también es la puerta para que candidatos y partidos tengan claridad sobre sus fortalezas y debilidade­s en una contienda que todavía tiene mucho por desahogar. M

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En los comicios pasados se dijo que Peña ganaría por dos dígitos; solo lo hizo por 6%.
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