Ni­ño pa­ra siem­pre

Muy Interesante Junior (México) - - La historia en comic - Por Eduar­do Li­món

Si les men­ciono el nom­bre Ja­mes Matt­hew Ba­rrie pue­do ase­gu­rar­les que nin­guno de us­te­des –o ca­si– sa­brá bien a bien quién es (o fue) ese hom­bre. Si les men­ciono el nom­bre Pe­ter Pan, pue­do ase­gu­rar­les que to­dos –o ca­si– sa­brán quién es ese ni­ño, ¿o no?

Na­ci­do en Es­co­cia el 9 de ma­yo de 1860, Ja­mes Matt­hew Ba­rrie que­dó mar­ca­do pa­ra to­da su vi­da por los pri­me­ros años de su in­fan­cia que, se­gún de­cla­ró mu­cho tiem­po des­pués, fue­ron los más fe­li­ces de su exis­ten­cia, por­que des­pués las co­sas se pon­drían muy tris­tes en su ho­gar. Cuan­do el pe­que­ño Ja­mes tenía seis años, su her­mano ma­yor Da­vid, de 14, mu­rió de­bi­do a un gra­ve ac­ci­den­te mien­tras pa­ti­na­ba. La ma­dre de Ja­mes, Mar­ga­ret, ja­más pu­do re­cu­pe­rar­se de la pér­di­da ya que Da­vid era, di­ga­mos, su hi­jo fa­vo­ri­to (co­sa tre­men­da, ¿no?). Y por más que ha­cía por lla­mar su atención, Ja­mes ja­más con­si­guió que su ma­dre le hi­cie­ra el mis­mo ca­so que a su her­mano fa­lle­ci­do. La si­tua­ción ter­mi­nó por con­ver­tir­se en una cu­rio­si­dad muy ex­tra­ña que ca­rac­te­ri­zó a Ja­mes Matt­hew Ba­rrie pa­ra to­da la vi­da, y es que con el pa­so de los años nun­ca con­si­guió cre­cer co­mo un ado­les­cen­te y adul­to co­mún: se que­dó en el 1.47 me­tros de es­ta­tu­ra que pro­ba­ble­men­te ten­gas tú o al­gu­nos de tus ami­gos. Exac­to, tal co­mo un ni­ño.

Años más tar­de, ra­di­ca­do en Lon­dres y ya con­ver­ti­do en un es­cri­tor que po­co a po­co iba vol­vién­do­se más im­por­tan­te, en es­pe­cial por las obras de tea­tro que crea­ba, Ba­rrie co­no­ció a los hi­jos de un ma­tri­mo­nio ape­lli­da­do Lle­welyn, quie­nes le fas­ci­na­ron y a los que vi­si­ta­ba a dia­rio pa­ra lle­var­les re­ga­los y, so­bre to­do, con­tar­les his­to­rias acer­ca de un lu­gar lla­ma­do Nun­ca Ja­más que se­gu­ra­men­te tú co­no­ces (o del que ya has oí­do ha­blar). Los pe­que­ños, de los que el es­cri­tor se hi­zo ami­go y con el tiem­po has­ta tu­tor, fue­ron los pri­me­ros ni­ños en el mun­do que oye­ron las his­to­rias de Pe­ter Pan, quien pen­sa­ba, co­mo di­ce en la obra de tea­tro, que ser un ni­ño pa­ra siem­pre es lo me­jor que le pue­de pa­sar a cual­quie­ra.

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