LOS GE­NES DEL CÁN­CER IM­PUL­SAN SUS ASTAS

LOS VE­NA­DOS APRO­VE­CHAN LA DI­VI­SIÓN DE LAS CÉ­LU­LAS CANCEROSAS SIN QUE ES­TAS LOS DA­ÑEN.

National Geographic (México) - - Explora /Hallazgos Salvarrana­s - —DOU­GLAS MAIN

LAS ASTAS DEL CIERVO CO­MÚN pue­den cre­cer más de 20 cen­tí­me­tros en una quin­ce­na. Las cé­lu­las que dan lu­gar a es­tos apén­di­ces se en­cuen­tran en­tre las de más rá­pi­do cre­ci­mien­to en el reino ani­mal y, se­gún un es­tu­dio re­cién pu­bli­ca­do en la re­vis­ta Scien­ce, in­vo­lu­cran una va­rie­dad de ge­nes que se en­cuen­tran en otro ti­po de cé­lu­las de di­vi­sión rá­pi­da: las cancerosas. De he­cho, los ge­nes que es­tas cor­na­men­tas ex­pre­san o uti­li­zan son más si­mi­la­res a los usa­dos por las cé­lu­las de os­teo­sar­co­ma (un cán­cer de hue­so) que a los de un te­ji­do óseo sa­lu­da­ble. Sin em­bar­go, los ve­na­dos pre­sen­tan una quin­ta par­te de la ta­sa de cán­cer de otros ma­mí­fe­ros, qui­zá por­que las cé­lu­las de sus astas tam­bién ex­pre­san con fir­me­za va­rios ge­nes su­pre­so­res del cán­cer. Com­pren­der có­mo los cier­vos le dan un buen uso a la ge­né­ti­ca del cán­cer po­dría ayu­dar a des­cu­brir tra­ta­mien­tos on­co­ló­gi­cos en otras es­pe­cies, in­clui­dos los hu­ma­nos.

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