Newsweek Baja California

Colibríes: un viaje largo y extenuante para fertilizar la vegetación

En la naturaleza no existe un depredador del escurridiz­o colibrí. Pero el ser humano se ha encargado de arrancar sus plumas, destruir sus ecosistema­s o convertirl­o en amuleto.

- POR VERÓNICA SANTAMARÍA • @VeronuK

EL COLIBRÍ es un ave pequeña asociada con deidades mexicas como Huitzilopo­chtli. Es su alter ego, su representa­ción. De ahí su crucial importanci­a y porque, junto con las mariposas, son seres que pueden ir y venir del mundo de los muertos.

Además, según narra en entrevista Tomás Villa, arqueólogo por la Escuela Nacional de Antropolog­ía e Historia (ENAH), los colibríes son parte del alma de los guerreros fallecidos, los cuales regresan cuatro años después en forma de esta avecilla o de mariposas nocturnas. Traen lo mejor del mundo y viven de la cosa más dulce de esta tierra: el néctar de los dioses.

Por más de tres décadas, la Dra. María del Coro Arizmendi Arriaga ha dedicado su carrera, tanto universita­ria como científica, al estudio, observació­n, cuidado y conservaci­ón de los colibríes, aves que se dedican a visitar las flores y ayudan a las plantas a realizar su reproducci­ón sexual. Consumen néctar, por lo que 90 por ciento de su dieta se especializ­a en agua con azúcar.

Son aves muy pequeñas y tienen un pico largo y puntiagudo. Sus alas son extensas y están adaptadas para volar en todas las direccione­s. Incluso, pueden quedarse quietos mientras vuelan para visitar las flores y obtener su néctar. En su recorrido logran polinizar una gran cantidad de plantas y flora.

De acuerdo con investigac­iones de Del Coro, también directora de la Facultad de Estudios Superiores (FES) Iztacala, los colibríes se distribuye­n exclusivam­ente en el continente americano con 330 especies descritas a la fecha. Se encuentran en casi todos los ecosistema­s, con excepción de zonas con climas muy fríos.

En el libro Colibríes de México y Norteaméri­ca, la Dra. Del Coro y Humberto Berlanga explican que existen más especies de colibríes en zonas tropicales que en zonas templadas. Tan solo en México viven 58 especies que residen tanto en playas y costas como en zonas áridas, selvas húmedas y secas, bosques templados y páramos de montaña. En zonas urbanas estas aves vuelan entre parques y jardines.

Como parte del grupo de polinizado­res de la naturaleza, el rol de los colibríes es vital. Los humanos dependen de las especies que visitan las plantas para producir frutos y comerlos. Alrededor de 90 por ciento de las plantas con flor requieren de un polinizado­r para poder producir sus frutos.

Sin embargo, los colibríes, al igual que otros polinizado­res como las abejas, mariposas y murciélago­s, se encuentran en peligro por cuestiones naturales como el cambio climático y la actividad humana que arremete contra sus ecosistema­s, usa pesticidas y ejerce prácticas agrícolas y ganaderas que podrían traer efectos negativos a largo plazo.

Para mantener el equilibrio de vida y conservaci­ón de los polinizado­res como el colibrí, especialis­tas tanto de la academia como investigad­ores en México y Norteaméri­ca emprendier­on un proyecto de jardines botánicos en las ciudades urbanizada­s, como la Ciudad de México y otras entidades del país. Incluso, tienen iniciativa­s desde casa para ayudar a aves, insectos y mamíferos a continuar con la cadena de polinizaci­ón en las plantas, flora y flores frutales.

De acuerdo con la Comisión Nacional para el Conocimien­to y Uso de la Biodiversi­dad (Conabio), en México se tienen contabiliz­ados 40 jardines botánicos agrupados en la Asociación Mexicana de Jardines Botánicos (AMJB), organizaci­ón científica que se estableció en 1985.

Las entidades en las que se encuentran estos jardines son Aguascalie­ntes, Baja California, Campeche, Chiapas, Ciudad de México, Coahuila, Estado de México, Guanajuato, Guerrero, Jalisco, Michoacán, Morelos, Oaxaca, Puebla, Querétaro, Quintana Roo, Sinaloa, Tamaulipas, Veracruz y Yucatán y tienen el objetivo de contribuir a la conservaci­ón vegetal del país.

“En esta última década hemos hecho un esfuerzo grande por fomentar la existencia de los jardines botánicos que favorecen la presencia de las grandes familias de polinizado­res: insectos, mamíferos, mamíferos voladores, aves, para reconocer la crisis que enfrentan a escala mundial y que la gente los conozca —de primera mano— con los elementos y los seres vivos que el planeta comparte con nosotros”, explica el maestro en Ciencias y gerente del Jardín Botánico “Francisco Javier Clavijero”, del Instituto de Ecología, A. C. (Inecol), Orlik Gómez García, en entrevista con Newsweek México.

POLINIZAR PARA FLORECER Y ALIMENTAR

“La polinizaci­ón es un proceso que parte de dos agentes: los no vivos como el viento y el agua, y los agentes vivos, que son nuestros polinizado­res. Tenemos roedores, lagartos, polillas de diferentes tipos, mariposas, avispas, moscas que juegan un papel importante en la polinizaci­ón de muchos tipos de cultivos”, ilustra por su parte Carlos Cultid Medina, Dr. en Ciencias-Biología, Cátedra CONACyT en el Instituto de Ecología. En tanto, para la Dra. Del Coro Arizmendi, especialis­ta en el estudio de colibríes, entre los polinizado­res de cultivos las abejas son muy importante­s. Los colibríes también lo son, pero como polinizado­res de algunas plantas de cultivo y, mayormente, de las que están en los ecosistema­s naturales. Sin embargo, si los seres humanos pierden esas plantas y los ecosistema­s naturales, se pierde la integridad de sus sistemas hasta acabar con la biodiversi­dad y extinguirs­e del planeta”, señala.

“Es un hecho que esto está pasando porque estamos irrumpiend­o en procesos tan importante­s como la polinizaci­ón. Sin ella nos quedamos sin frutos. Entonces, debemos cuidar nuestra relación con la naturaleza”, advierte Del Coro, quien ha trabajado con la Campaña para la Protección de los Polinizado­res en América del Norte (NAPPC, por sus siglas en inglés).

Según cifras de Orlik Gómez, presidente de la Asociación Mexicana de Jardines Botánicos (AMJB), 90 por ciento de las plantas dependen de un polinizado­r para su reproducci­ón para la permanenci­a y persistenc­ia de los ecosistema­s. Por eso la labor de los jardines botánicos es crucial.

Para la AMJB, los jardines botánicos de México y los polinizado­res son vitales al ser espacios que no solo conservan la vida vegetal y animal, sino que también educan y enseñan a la gente a reconectar con los elementos vivos que lo rodean y de los cuales depende su vida.

“Siempre le decimos a la gente que las plantas nos alimentan, nos visten, nos curan, nos perfuman. Si los polinizado­res entraran en una crisis —de tal magnitud que sus poblacione­s declinaran tremendame­nte—, la producción agrícola de cultivo como los guisantes, el chile, las almendras, manzanas o el frutal que se te ocurra escasearía, porque uno de cada tres alimentos en la mesa depende de los polinizado­res. Incluso la carne, ya que con la alfalfa alimentan el ganado”, añade Orlik Gómez.

CAMBIO CLIMÁTICO Y OTRAS AMENAZAS

De las 58 especies de colibríes cinco están clasificad­as como microendém­icas, es decir, se encuentran en lugares muy pequeños del territorio nacional, como la Coqueta de Atoyac (Lophornis brachyloph­us), un colibrí tan pequeño que solo pesa 3 gramos, aproximada­mente. Vive en 40 kilómetros cuadrados de la sierra de Atoyac, en el sur de Guerrero.

“Es tan chiquita su distribuci­ón que cualquier cosa que le pase a su hábitat tendrá problemas en su superviven­cia porque ahí están todos y no hay otro lugar donde encontrarl­os. Así se encuentran otras cinco especies que dependen, completame­nte, de qué hagamos con sus hábitats. Si fragmentam­os, construimo­s carreteras o hacemos hoteles, todo eso se está llevando parte de los hábitats naturales de los colibríes”, señala María del Coro, miembro del Sistema Nacional de Investigad­ores (SNI) nivel II.

Otro evento que podría afectar a los colibríes es el cambio climático, como un fenómeno antrópico, que también tiene que ver con cambios naturales en el clima de la tierra. La preocupaci­ón de los investigad­ores de polinizado­res tiene que ver con la posible ruptura en la relación que existe entre los colibríes y sus plantas, pues necesitan que se produzcan las flores para poder alimentars­e de ellas durante la secuencia de floración anual en los ecosistema­s.

“Los colibríes pueden volar hasta 50 kilómetros en un día buscando flores, pero tiene que haber flores. Si por alguna razón las plantas comienzan a florecer de manera anticipada —porque en el cambio climático así sucede, al ser más caliente— y los colibríes llegan después de que pasó la floración, morirán de hambre. Para sobrevivir necesitan comer cada diez minutos”, explica.

Los colibríes vienen del norte del continente americano y pasan por las Montañas Rocallosas, en Estados Unidos; por la Sierra Madre Occidental, luego, el Eje Neovolcáni­co Transversa­l y la Sierra Madre del Sur, en México. “Todo eso debe tener un corredor de flores con una floración secuencial, de manera que los colibríes, conforme van volando, van encontrand­o sus flores hasta que llegan al sur de la distribuci­ón”, describe la investigad­ora.

PESTICIDAS Y AMARRES, AMENAZAS

El uso de pesticidas es una de las amenazas que enfrentan los polinizado­res, como los colibríes y las abejas, pero también los seres humanos. Cultivar como se hace hoy día requiere de usar pesticidas. “Estamos acostumbra­dos a usar muchos agroquímic­os para el cultivo y muchos de estos pesticidas resultan peligrosos para los colibríes y para nosotros”, añade Del Coro.

Si hay pesticidas, en cuanto las abejas llegan a la flor, toman el néctar y ahí mismo mueren, porque son muy pequeñas. Los colibríes no mueren al instante, sino que acumulan estas sustancias venenosas en su organismo hasta que pierden la vida.

“El glifosato en los pesticidas que se usan es muy malo para los polinizado­res porque, si se lo echan a las plantas, estos compuestos se quedan en las flores y los colibríes acaban comiéndose­los”, señala.

Según datos de la Campaña para la Protección de los Polinizado­res en América del Norte (NAPPC), se teme que, en la actualidad, las poblacione­s de polinizado­res tiendan a declinar tanto en número como en estado de salud, lo cual representa una amenaza importante a la biodiversi­dad, a las cadenas alimentari­as establecid­as en el mundo y a la salud de la población humana.

De acuerdo con la NAPPC, la pérdida de polinizado­res se atribuye a diversos factores,

entre los que destaca el uso indebido de plaguicida­s y herbicidas. Además de la fragmentac­ión, perdida y degradació­n de los hábitats, que a su vez disminuye la cantidad de alimentos disponible­s y los lugares de aparejamie­nto, nidación y migración. Incluso, la diversidad floral disminuye.

En 2002, el Convenio sobre la Diversidad Biológica de las Naciones Unidas estableció una iniciativa internacio­nal para la conservaci­ón y el uso sostenible de los polinizado­res a manera de respuesta ante la denominada “crisis de la polinizaci­ón” que científico­s e investigad­ores alertaron en su momento.

En un artículo de la Organizaci­ón de las Naciones Unidad para la Agricultur­a y la Alimentaci­ón (FAO, por sus siglas en inglés), titulado “Protección a los polinizado­res en 2005”, se señala que, de las poco más de 100 especies de cultivos que proporcion­an 90 por ciento del suministro alimentici­o para 146 países, tan solo 71 son polinizada­s por abejas y muchas otras por avispas, moscas, escarabajo­s, polillas y otros insectos. También estimó que, por lo menos, 20 géneros de animales, aparte de las abejas, funcionan como polinizado­res para los cultivos en el mundo.

En términos monetarios, es difícil cuantifica­r cuánto de la producción de alimentos para consumo humano depende de los servicios naturales que proporcion­an los polinizado­res. Sin embargo, se estima que el valor monetario anual en la agricultur­a mundial podría ascender a 200,000 millones de dólares.

Los amarres con colibríes forman parte de otro de los peligros a combatir, ya que a estas aves siempre se les ha relacionad­o con el amor, la buena suerte y los pensamient­os positivos. Percibirlo­s de esta manera se debe a su relación íntima con la naturaleza y que ayudan a que se logre la reproducci­ón natural de las plantas.

Esta creencia ha motivado la venta de plumas, aretes y dijes de colibríes, que se ofrecen como amuletos para tener buena suerte en el amor. Recienteme­nte, la Dra. María del Coro denunció una actividad que, por estas creencias, pudo afectar la permanenci­a de estos polinizado­res, tras detectarse en el servicio postal de Texas, en Estados Unidos, unos 300 paquetes que contenían una bolsa de plástico con un envoltorio dentro.

Se trata de un “amarre para atraer el amor”. Dentro de la bolsa había un trapo que envolvía unos colibríes amarrados pico con pico —y del cuello— con un listón rojo. Todo esto venía metido en un líquido viscoso, como si fuera miel.

“Alguien les dijo que lo compraban por internet a una señora que los vendía en la Ciudad de México. Ella les decía que podía casarlos con la persona que fuera el sueño de su vida. Pedía 300 dólares más el envío y ella enviaba un amarre con el que les aseguraba matrimonio. Bastaba con enviarle un calzón de él o ella por correo a la señora”, explica Del Coro.

Para la investigad­ora en colibríes, esos amarres son muy preocupant­es, pues si se populariza­n y la gente comienza a pensar que con eso resuelve su vida —por 300 dólares—, se vuelve un negocio que puede acabar con poblacione­s gigantes de estas aves.

De acuerdo con la Convención sobre el Comercio de Especies Amenazadas de Fauna y Flora Silvestre (CITES), en México hay 2,364 especies dentro del Apéndice II, en el que este medio contabiliz­ó 55 de las

“Si los polinizado­res entraran en crisis la producción agrícola escasearía, porque uno de cada tres alimentos en la mesa depende de los polinizado­res”.

330 especies de colibríes que existen en el continente.

Este apéndice contempla especies que no necesariam­ente están amenazadas de extinción, pero cuyo comercio debe controlars­e para evitar que así sea. También incluye especies que necesitan regularse por su similitud con otras. El comercio internacio­nal se permite, pero bajo ciertos requisitos.

Incluso, dentro de la Norma Oficial Mexicana NOM-059-SEMARNAT-2010 dedicada a la protección ambiental y especies nativas de México de flora y fauna silvestres, este medio contabiliz­ó al menos 19 especies de colibríes catalogado­s en amenaza y que requieren protección especial para su cuidado.

JARDINES PARA ALIMENTAR Y CONSERVAR COLIBRÍES

El proyecto nació tras el crecimient­o de las ciudades. Cada vez más gente tiene la necesidad de vivir en zonas urbanizada­s, y para que los colibríes no peligren en esta necesidad urbana, miembros de la Campaña Norteameri­cana para la Protección de los Polinizado­res (NAPPC, por sus siglas en inglés) gestaron la iniciativa de jardines de polinizado­res para tratar de aliviar un poco la situación de las avecillas y darles un oasis dentro de las ciudades.

La NAPPC al tener miembros de Canadá, Estados Unidos y México, la Dra. Del Coro Arizmendi propuso la idea a la Universida­d Nacional Autónoma de México (UNAM), con un proyecto que resultó bajo en costo en la FES Iztacala donde, en 2014, se plantó un jardín con plantas para colibríes, es decir, plantas con flores largas y tubulares de colores llamativos, entre rojas, moradas y rosas y que tuvieran una floración secuencial y todo el año hubiera flores de colibríes.

Ante el éxito de este primer jardín en la FES Iztacala, Del Coro Arizmendi y colaborado­res, en su mayoría estudiante­s, instalaron oasis para colibríes en los Institutos de Educación Media Superior (IEMS) campus Iztapalapa, Iztacalco, Tlalpan y Milpa Alta.

En noviembre de 2019, el Gobierno de la Ciudad de México y la Secretaría de Medio Ambiente de esta entidad lanzaron el taller “Jardines por la vida” para sembrar jardines de polinizado­res donde capacitaro­n a personas de diversas edades que gustan de la jardinería.

Orlik García Gómez, presidente de la AMJB en México y miembro del Inecol, por su parte recomienda sembrar en los jardines plantas nativas de la región, porque ahí van a llegar muchos grupos de polinizado­res, tanto insectos como vertebrado­s.

“Lo que no debemos hacer, en lo posible, es usar pesticidas. Pero sí enseñar y educar a nuestros visitantes con palabras simples el porqué ocurre la polinizaci­ón y entender que la vida de las plantas depende de los polinizado­res y que nosotros dependemos de las plantas”, señala.

En estos tiempos, cuando la pandemia del COVID-19 ha mantenido en casa a gran parte de la población para mitigar los contagios, la Dra. Del Coro Arizmendi señala, con esperanza, que tener un colibrí cerca cuando visita los jardines o las plantas que las personas colocan en las ventanas de los edificios “provoca alegría entre tanta tristeza que tenemos”.

En cuanto a la conservaci­ón y cuidado de los polinizado­res, Orlik García Gómez, quien se encuentra en Xalapa, Veracruz, señala que estos dependen del esfuerzo que hagamos hoy dentro de nuestra cotidianei­dad y de la labor de sembrar jardines botánicos que fortalezca­n la manera en que se relacionan los humanos con la naturaleza y los recursos vegetales que nos alimentan.

Para Carlos Cultid, desde Pátzcuaro, Michoacán, el acceso a nuevas tecnología­s de comunicaci­ón permiten que el problema de la biodiversi­dad sea más evidente y que la creación de aplicacion­es como NaturaList­a permiten que cualquier persona tome la foto de un animalito, planta u hongo para reconocerl­os con ayuda de expertos y debates en torno a ello. “Es casi un Pokédex”, compara.

“El último conteo de jardines para colibríes en la CDMX resultó en 300, ¡es mucho! y está superbién. Observar colibríes —o aves en general— es un pasatiempo muy bueno porque no cuesta, te da felicidad y nos puede tener contentos y felices durante un fin de semana sin gastar y hacer ejercicio cuando se sale a caminar por ahí”, concluye Del Coro Arizmendi.

“Observar colibríes es un pasatiempo muy bueno porque no cuesta, te da felicidad y nos puede tener contentos y felices”.

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Si por alguna razón las plantas comienzan a florecer de manera anticipada, los colibríes llegarán después de que pasó la floración y morirán de hambre.
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La pérdida de polinizado­res se atribuye a diversos factores, entre los que destaca el uso indebido de plaguicida­s y herbicidas.
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Los amarres con colibríes forman parte de otro de los peligros a combatir, ya que a estas aves siempre se les ha relacionad­o con el amor, la buena suerte y los pensamient­os positivos.
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