DE EDU­CAR

Publimetro Ciudad de Mexico - - ENTRETENER / RECRE0 -

El apre­cio o amor es una de las for­mas de ex­pre­sión o ener­gías más com­ple­jas y al mis­mo tiem­po más evi­den­te­men­te sen­ci­llas de ex­pe­ri­men­tar. Pe­ro una de las ma­ne­ras más rá­pi­das y fie­les de ha­cer­lo se en­cuen­tra en la me­di­da en la que quien nos apre­cia nos ha­ce ver nues­tros erro­res. Aun­que pa­rez­ca lo con­tra­rio, aque­llas ve­ces en las que nues­tras ma­dres o pa­dres nos en­se­ña­ron mo­da­les de res­pe­to, cortesía y agra­de­ci­mien­to, nos es­ta­ban dan­do lo me­jor de su amor. Si us­ted quie­re crear y con­tri­buir a una so­cie­dad más cons­cien­te, pro­po­si­ti­va, ge­ne­ro­sa, res­pe­tuo­sa, aten­ta y cí­vi­ca, con­duz­ca a sus alum­nos y alum­nas, hi­jos o hi­jas, sobrinos, nie­tos, se­res hu­ma­nos en cier­nes con va­lo­res y prin­ci­pios que les ayu­den a ser ama­bles, res­pe­ta­dos, ad­mi­ra­dos, hon­ra­dos y hon­ro­sos. Al fi­nal to­do es­to se­rá su ver­da­de­ro acer­vo pa­ra más y me­jo­res po­si­bi­li­da­des. La ins­truc­ción y los co­no­ci­mien­tos se re­ci­ben en la es­cue­la, pe­ro la edu­ca­ción se trans­mi­te en la ca­sa, prin­ci­pal­men­te por me­dio del ejem­plo. La eti­mo­lo­gía de ‘edu­car’ vie­ne de ‘edu­ca­re’, o sa­car lo me­jor de sí, por ello no hay ma­yor sím­bo­lo y em­ble­ma del ca­ri­ño y del apre­cio ver­da­de­ros que la co­rrec­ción sin­ce­ra, fir­me pe­ro amo­ro­sa, y a tiem­po de aque­llo que al­guien es­tá ha­cien­do mal. Una so­cie­dad sin edu­ca­ción es al­ber­gue de personas cí­ni­cas e in­sen­si­bles al do­lor ajeno. Cuan­do no exis­te la re­ubi­ca­ción, la in­di­ca­ción de los erro­res, y el re­pa­so de la lec­ción, no exis­te el ver­da­de­ro apre­cio o, al me­nos, es­tá inac­ti­vo. Has­ta ha­ce dos o tres dé­ca­das fui­mos hi­jos/as de ge­ne­ra­cio­nes en el ex­tre­mo de un la­do de la mo­ne­da: ex­ce­si­va re­pri­men­da o fal­ta de co­mu­ni­ca­ción y de ex­pre­sión de emo­cio­nes, cas­ti­gar por cas­ti­gar, y me­di­das au­to­ri­ta­rias que tu­vie­ron sus tre­men­das con­se­cuen­cias. Sin em­bar­go, es­to cau­só que co­rrié­ra­mos di­rec­ta­men­te al otro ex­tre­mo, ha­cien­do un mo­vi­mien­to pen­du­lar que nos ale­ja del cen­tro. De na­da sir­ve tam­po­co te­ner com­ple­ta hol­gu­ra, na­da de me­di­das dis­ci­pli­na­rias, ni prác­ti­cas de cortesía y res­pe­to al de­re­cho ajeno. A ve­ces lo úni­co que con es­to se oca­sio­na es la crian­za de personas in­so­por­ta­bles que no sa­ben ga­nar­se el apre­cio, y a las que les es di­fí­cil es­cu­char, aten­der, po­ner aten­ción, ser cor­te­ses, et­cé­te­ra, con sus tam­bién te­rri­bles con­se­cuen­cias. A tra­vés de la his­to­ria y de to­dos los tiem­pos los va­lo­res hu­ma­nos han si­do los mis­mos. Las creen­cias cam­bian y se van trans­for­man­do.

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