Ar­man­do Fuen­tes agui­rre

Reforma - - OPINIÓN -

Cier­to fi­ló­so­fo iba por el cam­po cuan­do acer­tó a ver a un cuer­vo que en la ra­ma de un ár­bol sos­te­nía en el pi­co un que­so blan­co y gran­de.

En eso se acer­có una zo­rra. El fi­ló­so­fo re­cor­dó la fá­bu­la moral:

–Se­gu­ra­men­te la zo­rra le va a de­cir al cuer­vo que su canto es muy her­mo­so. El cuer­vo, ha­la­ga­do, can­ta­rá, y al abrir el pi­co de­ja­rá caer el que­so, la as­tu­ta zo­rra lo to­ma­rá en sus fau­ces y es­ca­pa­rá, de­jan­do bur­la­do al va­ni­do­so pá­ja­ro.

En efec­to, la zo­rra le di­jo al cuer­vo:

–¡Cuán her­mo­so es tu canto! ¡Dé­ja­me es­cu­char­lo!

El cuer­vo can­tó, y ca­yó el que­so. En­ton­ces su­ce­dió al­go ex­tra­or­di­na­rio: la zo­rra lo le­van­tó, lo lim­pió, se lo devolvió al cuer­vo y le dio las gra­cias por ha­ber can­ta­do pa­ra ella.

Me que­dé asom­bra­do. Fe­li­ci­té a la zo­rra por su ges­to y le ha­blé de la otra zo­rra, la de la fá­bu­la moral. Me res­pon­dió:

–Una zo­rra pue­de ser muy dis­tin­ta a otra zo­rra. Pe­ro to­dos los mo­ra­lis­tas son igua­les.

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