Al rescate del agua
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Somos más agua que tierra y más fuego que cielo. Así lo sintió y lo vivió el gran maestro Pellicer.
Y ese recurso que nos dio de comer tanto tiempo, que nos permitió comunicarnos e hizo de los tabasqueños una raza resistente a la adversidad, no puede ni debe hacernos sentir amenazados, como hoy sucede, ni mucho menos provocarnos vergüenza.
Los ríos, las lagunas, los arroyos, los inmensos pantanos con toda y su riqueza de recursos deben seguir siendo parte de nuestra identidad, nuestro orgullo y fuente de vida.
Ya quisiera cualquier ciudad tener lagunas y ríos como los nuestros. Deberíamos saber que en muchos lugares se construyen lagos y canales artificialmente para darle brillo a urbes erigidas solo con acero y concreto.
Pero aquí la naturaleza lo dio y edificó casi todo, todo lo bello, lo más sublime de la vida del trópico, con sus atardeceres y albas con música que trina sin pausa.
Todo eso que debería ser baluarte, sostén y motor de nuestra economía, de nuestra vida misma, lo hemos destruido, aniquilado, avasallado y nos queda muy poco que se pueda aprovechar, que se pueda presumir. Cómo serán nuestros días cuando ya no podamos contemplar un atardecer y sentir la caricia de una brisa en el fulgor de nuestro trópico de fuego. Por todo esto es plausible que después de dos sexenios en forma consecutiva, se vuelva a poner interés y recursos públicos en el rescate de la laguna de Las Ilusiones.
El programa anunciado ayer por el gobierno estatal debería ser del mayor interés de la sociedad y todos y cada uno de los que vivimos en esta ciudad deberíamos ser férreos vigilantes y exigir que lo anunciado se haga, se termine el programa y se le dé continuidad.
Las autoridades, por su lado, deberían alentar la participación social y comunitaria, escuchar y atender las propuestas de los vecinos, de los grupos ambientalistas y crear sinergias para que las obras que se realicen se cuiden y perduren.
No es la primera vez que se invierten fondos públicos para el rescate de la laguna, pero esperemos que sea la última ocasión en que lo que se haga solo aguante entrega, que venga otro gobierno, se olvide y que su aportación para la ciudad y sus recursos acuáticos sea solo edificar elefantes blancos para satisfacer su ego y llenarse los bolsillos.