Co­no­cer a Ra­fael

Vanguardia - Circulo 360 - - CON TINTA DE ESPERANZA - P. Juan An­to­nio Ruiz

El cuar­to de Ra­fael es pe­que­ñi­to y po­co amue­bla­do. En­tre sus par­cos en­ce­res re­sal­ta la ima­gen de La Gua­da­lu­pa­na so­bre la ca­be­ce­ra de su ca­ma. A un la­do, la vie­ja me­ce­do­ra de ma­de­ra que re­ci­bió co­mo he­ren­cia de su pa­dre, y que, des­de que co­men­zó a usar su si­lla de rue­das, ya­ce ahí sin ba­lan­cear­se. Es ver­dad, la en­fer­me­dad no le per­mi­te dis­fru­tar de su sua­ve ir y ve­nir, pe­ro no ha lo­gra­do apa­gar el bri­llo cán­di­do de sus ojos ne­gros.

Lo úni­co que se ha agre­ga­do a ese cuar­ti­to des­de que la en­fer­me­dad le gol­peó es una pe­ce­ra. Un cu­bo pe­que­ñi­to co­mo su ha­bi­ta­ción. En ella, na­dan tres pe­ces mul­ti­co­lo­res que unos ami­gos le re­ga­la­ron. Ahí, el mis­mo Ra­fael, pa­re­ce su­mer­gir­se lar­gas ho­ras. Ob­ser­va co­mo los ani­ma­li­tos se ali­men­tan, ju­gue­tean y des­can­san. Le di­vier­te ver có­mo na­dan, có­mo suben y ba­jan sin pa­rar. En ellos des­cu­bre mil y un mi­la­gros día a día.

Mi­rán­do­la, me di­ce: «¡Cuán­tas ga­nas de vi­vir! A ve­ces los hom­bres pa­re­ce­mos pe­ces: es­ta­mos en el agua, y no nos per­ca­ta­mos de que es­ta­mos mo­ja­dos. Vi­vi­mos en un mun­do ma­ra­vi­llo­so y no nos da­mos cuen­ta de lo que es­to sig­ni­fi­ca. ¡La vi­da es her­mo­sa y mu­chas ve­ces no la va­lo­ra­mos! An­tes no me da­ba cuen­ta. Pe­ro aho­ra me pa­re­ce que ca­da mi­nu­to va­le oro».

Y si­gue: «El tiem­po pa­sa, no ca­be du­da, pe­ro a mis 84 años lo apre­cio mu­cho más. ¿Sa­bes al­go? Creo que aún ten­go co­sas que ha­cer por aquí. Por ello, no me de­ja­ré ven­cer por nada ni na­die. Se­gui­ré lu­chan­do». Vuel­ve a ver su pe­ce­ri­ta y lan­za una de esas son­ri­sas que des­ta­pan el al­ma. Así, vie­jo y sin po­der er­guir­se, Ra­fael tie­ne mu­cho que ha­cer.

Sí, mu­cho. Con su son­ri­sa y su mirada; con su voz sua­ve y ca­da vez más apa­ga­da; con su pe­ce­ci­tos y su Gua­da­lu­pa­na; va re­par­tien­do ale­gría y des­bor­dan­do ga­nas de vi­vir. Yo no he co­no­ci­do a na­die con más en­tu­sias­mo de vi­vir que Ra­fael, lo ase­gu­ro.

«Cuan­do sien­to ga­nas de que­jar­me -suele de­cir- me bas­ta mi­rar ha­cia mi Morenita. Ella es su­fi­cien­te pa­ra re­ani­mar­me y pa­ra se­guir son­rien­do».

¡Qué po­co le bas­ta a Ra­fael pa­ra vi­vir fe­liz! No­so­tros a ve­ces pen­sa­mos que la fe­li­ci­dad se en­cuen­tra en la sa­lud, en las mu­chas ri­que­zas. Y pa­sa­mos la vi­da pro­cu­rán­do­las. Pe­ro -¡pum!-, cuan­do me­nos lo es­pe­ra­mos, nos da­mos cuen­ta de que la vi­da mis­ma se nos ha pa­sa­do.

Só­lo en­ton­ces nos per­ca­ta­mos de que la fe­li­ci­dad no es­tá en po­seer, sino en ser; que fe­liz no es aquél que vi­ve apre­su­ra­do, sino el que sa­be que ca­da mi­nu­to es pre­cio­so y no vuel­ve.

Cuan­do co­no­cí a Ra­fael mi vi­da cam­bió. Fue co­mo en­trar en una es­cue­la de vi­da prác­ti­ca; más aún, de fe­li­ci­dad he­cha vi­da. De ahí, que hoy le de­di­que es­tas bre­ves lí­neas, aun­que, cier­ta­men­te, se que­dan muy por de­ba­jo de lo que sig­ni­fi­ca co­no­cer a Ra­fael.

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