Vanguardia

El tío Camacho

‘CATÓN’ CRONISTA DE CIUDAD

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Esta historia la narró con maestría don José García Rodríguez. Es bueno recordarla.

El tío Camacho vivía en el barrio del Ojo de Agua, el más antiguo y tradiciona­l de Saltillo, mi ciudad. Todos le daban ese tratamient­o, tío, pues en aquellos años -los últimos del pasado siglo- los saltillens­es eran como una sola familia: si alguien era mayor que tú le debías respeto y lo llamabas “tío”; si alguien era de la misma edad que tú le debías amistad y lo llamabas “primo”; si alguien era menor que tú le debías protección y lo llamabas “hijo”. El tío Camacho era un pequeño comerciant­e muy pequeño. Despachaba en su tendajón de esquina las humildes mercadería­s que la gente del barrio necesitaba y podía comprar: el maíz, la leña, el piloncillo, la manteca de puerco, el frijol. Tenía atrás del mostrador el consabido letrero que rezaba: “Hoy no se fía; mañana sí”, y a más de eso un cromo en el que aparecían dos tenderos, uno arruinado, flaco y lleno de lacerias, vestido con harapos, los bolsillos del pantalón vueltos de fuera para enseñar que estaban horros; el otro gordo y lucio como capón cebado; sonriente y rubicundo; ataviado con elegante jacquet, corbata de seda de tres visos, leontina para el reloj en el chaleco y alto sombrero de los llamados “de cinco pores” porque estaban marcdados con cinco X como seña de su estupenda calidad. Al pie del comerciant­e en bancarrota se leía: “Este fió”; abajo del comerciant­e próspero decía: “Este no”. Pero no hacía caso de esos admonitori­os letreros el mismo que los había puesto: fiaba el tío Camacho a diestro y siniestro (no ha de decirse “a diestra y siniestra”, prescriben tanto la Academia como don

Félix Fano en su utilísimo “Indice Gramatical”, publicado por don Andrés Botas en el año 47 del siglo que ya fina). A todos daba crédito el buen tío, y eso lo acreditó bastante y le allegó la bienqueren­cia general. No era hombre muy sabidor el tío Camacho: apenas podía escribir su nombre, y eso con ímprobos trabajos, sudando y resudando igual que si estuviera haciendo tarea de forzado. Pero la falta de escuela la suplía con ración abundante de sentido común. Por eso, y por el ascendient­e que tenía entre los suyos, la autoridad municipal nombró al tío Camacho juez pedáneo. Eso de “pedáneo” se oye muy feo, hay que decirlo. Sin embargo así se llamaban entonces los jueces de barrio, cuya competenci­a en materia, grado, territorio y cuantía era muy pequeña, como si su jurisdicci­ón abarcara nada más un pie. De ahí lo de pedáneo. Conocía el tío Camacho de las pequeñas litis vecinales; las faltas de los borrachine­s; los dimes y diretes entre las comadres. Todo lo resolvía con prudencia y equidad, de modo que sus sentencias corrían con tanto prestigio como las de Salomón, aquel sapientísi­mo juez y monarca de Oriente que -dice el Sacro Libro- tenía quinientas esposas y quinientas concubinas (alguien ha preguntado qué les daría de comer; yo quisiera saber más bien qué comería él). Cierto día una muchacha se quejó con el tío Camacho de haber sufrido violación irreparabl­e en su cuerpo, con pérdida total. El tío hizo que su ayudante tomara la declaració­n de la denunciant­e -que no gozaba fama de ser casta y honestay luego le entregó la pluma, una de aquellas de ave que entonces se usaban, para que firmara su declaració­n. Pero cuando ella iba a mojar la pluma el tío Camacho le movió el tintero, y dos veces más después, con lo que la muchacha no pudo acertar en meter la pluma. Y sentenció con gran solemnidad el tío: “-Si hubieras hecho tú lo mismo nada te habría pasado. Vete y no peques más”.

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ARMANDO FUENTES AGUIRRE

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