Ros­tros… ros­tros…

Vanguardia - - OPINIÓN - MA­RÍA C. RE­CIO

Com­par­ten una mis­ma his­to­ria. To­das las ma­ña­nas em­pe­ñan su es­fuer­zo pa­ra pre­pa­rar jun­tos lo que ven­de­rán a la sa­li­da de las fábricas o es­cue­las. En ve­rano, re­fres­cos, yu­kis y he­la­dos. En in­vierno, elo­tes asa­dos o chu­rros.

Van jun­tos en una mis­ma mo­to­ci­cle­ta a la que han ado­sa­do un ca­rri­to don­de ofre­cer su mer­can­cía a los em­plea­dos o a los ni­ños. Al­gu­nos de ellos los mi­ran con cu­rio­si­dad, otros con ter­nu­ra. Otros más con in­di­fe­ren­cia, co­lo­can­do más bien la mi­ra­da en los pro­duc­tos, que a las dos de la tar­de se con­vier­ten en desea­bles an­to­jos pa­ra cal­mar el es­tó­ma­go.

Han con­clui­do su venta el día de hoy. Aban­do­nan el pun­to en cuan­to se aca­ba el po­ten­cial pú­bli­co de com­pra­do­res. Y en­ton­ces su his­to­ria en co­mún se ha­ce más evi­den­te an­te los ojos de los au­to­mo­vi­lis­tas.

Él, al fren­te, di­ri­gien­do la mo­to­ci­cle­ta; ella sos­te­nién­do­se de él. Se dis­po­nen a cru­zar la ave­ni­da. Una ave­ni­da su­ma­men­te tran­si­ta­da en am­bos sen­ti­dos. No ha­blan en ese mo­men­to, pe­ro mien­tras él es­tá aten­to a la cir­cu­la­ción de los au­tos que vie­nen en el sen­ti­do de la iz­quier­da, ella es­cru­ta en el de la de­re­cha. Fi­nal­men­te cru­zan la vía y se pierden a lo le­jos. Con­ti­nua­rá su his­to­ria y al día si­guien­te nos los to­pa­re­mos de nue­vo.

Jó­ve­nes aún, han de­ja­do atrás el pun­to de la venta, la es­cue­la. Mien­tras, ahí per­ma­ne­ce pa­ra un re­za­ga­do y pe­que­ño gru­po un hom­bre ya ma­yor (¿75?, ¿qui­zá mu­cho más?) que sonríe a la gen­te y ven­de, por su par­te, glo­rias y dul­ces de le­che en es­ta tem­po­ra­da de in­vierno.

Por mu­chos años, la venta de co­nos de nie­ve fue su ne­go­cio en la ciudad. Se ins­ta­la­ba en un pun­to del cen­tro, que quien lea es­tas lí­neas y sea de la épo­ca de quien es­to es­cri­be, ima­gi­na­rá. Bas­ta con de­cir aquí, no obs­tan­te, que era el pri­mer cua­dro, en el pom­po­sa­men­te lla­ma­do cen­tro his­tó­ri­co de Sal­ti­llo.

La venta de co­nos de nie­ve en in­vierno y de ca­je­ta en ve­rano, hi­zo a sus ma­nos ad­qui­rir un sín­dro­me. No pue­de ya sos­te­ner­los sin que le cau­se dolor. Pe­ro no se ami­la­na. Aban­do­nó la venta dia­ria de los co­nos y se de­di­ca ahora a la de los dul­ces en in­vierno y bo­lis en ve­rano. Y de­ci­mos dia­ria por­que de vez en cuan­do sí se per­mi­te, igual de ani­mo­so, ven­der los do­min­gos, fue­ra de al­gu­na igle­sia.

Be­llo y en­ter­ne­ce­dor es que le acom­pa­ña una nie­ta, quien per­ma­ne­ce aten­ta a él. Es el hom­bre quien rea­li­za la venta, pe­ro ella quien cui­da de él, son­rien­do a su vez cuan­do su abue­lo atien­de a uno de esos chi­qui­llos que sa­len exul­tan­tes de la es­cue­la.

Es po­si­ble que no ne­ce­si­te de la venta pa­ra sub­sis­tir. Pe­ro la ne­ce­si­dad de sa­lir a ha­cer lo que por dé­ca­das ha acostumbra­do le em­pu­ja a le­van­tar­se y le pre­pa­ra pa­ra el día.

Lo mis­mo le ocu­rrió al dueño de Be­to, el hom­bre que por años se apos­ta­ba en el bu­le­var Venustiano Ca­rran­za ha­cien­do son­reír a los ni­ños des­de los au­tos. Los sin co­ra­zón que le ro­ba­ron el mu­ñe­co ha­ce unos me­ses se to­pa­ron con una ciudad que se vol­có en su bus­ca y se lo rehi­cie­ron.

Te­ne­mos ros­tros re­co­no­ci­bles co­mo es­tos de los que aca­ba­mos de ha­cer re­fe­ren­cia. Ros­tros en nues­tra ciudad que for­man par­te de nues­tro pai­sa­je, de nues­tro tran­si­tar dia­rio.

A los ros­tros que nos acom­pa­ña­ron en la in­fan­cia, acom­pa­ñan a nues­tros hi­jos en la su­ya, se han agre­ga­do de­ce­nas de otros que permanecen só­lo un tiempo atra­ve­san­do la ciudad. Nos los to­pa­mos unos mi­nu­tos en los se­má­fo­ros o los ve­mos an­dar de un la­do a otro con las co­bi­jas en el hom­bro o ba­jo el bra­zo.

Es ca­si se­gu­ro que no los vol­ve­re­mos a ver. Van ha­cia otras tie­rras en bus­ca de sue­ños y per­se­gui­dos por el ham­bre y la vio­len­cia.

Es­cri­ben sus his­to­rias. Al­gu­nos con son­ri­sas; otros, con un inocul­ta­ble de­jo de tris­te­za o de amar­gu­ra; ma­nos ex­ten­di­das. Mo­ne­das pro­ve­nien­tes de apre­su­ra­dos ciu­da­da­nos.

Y en tan­to, en los es­cri­to­rios, fir­mán­do­se su des­tino.

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