AR­MAN­DO FUEN­TES AGUIRRE

Vanguardia - - OPINIÓN -

Jean Cus­set, ateo con ex­cep­ción de la vez que con­tem­pló Las Me­ni­nas de Ve­láz­quez, dio un nue­vo sor­bo a su martini –con dos acei­tu­nas, co­mo siem­pre– y di­jo:

-Soy ca­tó­li­co. Creyente, no prac­ti­can­te. Y soy ca­sa­do. Prac­ti­can­te, no creyente.

Pro­si­guió:

-En al­gu­na for­ma los sol­te­ros y los ateos se pa­re­cen: ni unos ni otros tie­nen en quien re­car­gar­se. La fe y la es­po­sa son un apo­yo pa­ra el hom­bre en ho­ras de di­fi­cul­tad.

Dio Cus­set un nue­vo sor­bo a su martini y pro­si­guió:

-Ad­mi­ro a los que pue­den ir por el mun­do sin una creen­cia y sin una mu­jer. Yo no po­dría vi­vir si no cre­ye­ra en al­guien su­pe­rior a mí –me re­fie­ro a la mu­jer–y si no cre­ye­ra en al­go muy su­pe­rior a mí –me re­fie­ro a la di­vi­ni­dad–. Voy por la vida so­se­ga­da­men­te por­que de una mano me lle­va Dios y de la otra una mu­jer. Con esa do­ble com­pa­ñía ten­go la cer­ti­dum­bre de que no me per­de­ré.

Eso di­jo Jean Cus­set. Y dio el úl­ti­mo sor­bo a su martini, con dos acei­tu­nas, co­mo siem­pre.

¡Has­ta ma­ña­na!...

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