Can­de­le­rías

AR­MAN­DO FUEN­TES AGUI­RRE, “CATÓN”

Vanguardia - - DOMINGO OPINIÓN -

Her­mo­so lu­gar de Coahui­la es Can­de­la, ri­co en his­to­ria y tra­di­cio­nes, ri­quí­si­mo en si­tios na­tu­ra­les de gran be­lle­za. Los he­chos y los di­chos de su gen­te son pa­ra fi­gu­rar en una an­to­lo­gía uni­ver­sal del in­ge­nio po­pu­lar. Re­cor­da­ré es­te día al­gu­nas anéc­do­tas que oí en las oca­sio­nes en que he te­ni­do la fortuna de ir a Can­de­la.

- 1 -

Un cier­to in­di­vi­duo, pa­rran­de­ro señor y ca­sa­do, lle­gó al do­mi­ci­lio con­yu­gal a eso de las 7 de la ma­ña­na des­pués de ha­ber­se co­rri­do con sus ami­go­tes una no­che de juer­ga. Su es­po­sa, por su­pues­to, es­ta­ba de muy ma­los fie­rros.

-Voy a dar­me un re­ga­de­ra­zo –le in­for­mó el sin­ver­güen­za a su mu­jer con pre­po­ten­te acen­to de ma­cho do­mi­nan­te–. Tú mien­tras haz­me el al­muer­zo. Los hue­vos los quie­ro ti­bios.

Le con­tes­tó la se­ño­ra he­cha un ba­si­lis­co:

-¡Pon­los en la lla­ve del agua ca­lien­te y du­ros se te han de ha­cer, ca­brón!

- 2 -

Don Leo­bar­do Co­ro­na­do, al­ba­ñil, era cé­le­bre por sus ocu­rren­cias. Par­si­mo­nio­so al ha­blar, usa­ba un flo­ri­do len­gua­je lleno de cir­cun­lo­quios y ele­gan­cias. Lar­ga con­ver­sa­ción sos­tu­ve un día con él y me de­jó ma­ra­vi­lla­do por su sa­bi­du­ría y su hu­mil­dad. Me di­jo en­tre otras mu­chas co­sas:

-No soy más que un bu­rro car­ga­do de olo­tes, li­cen­cia­do. Pe­ro no hay hom­bre que sea más que otro.

Si quie­re nos po­ne­mos a pla­ti­car. Us­ted me da de sus olo­tes y yo le doy de los míos.

El je­fe de la es­ta­ción del tren le en­car­gó a don Leo­bar­do que le hi­cie­ra un cuar­ti­to de block pa­ra guar­dar los fie­rros. Lle­gó el al­ba­ñil el pri­mer día, y en 8 ho­ras de no mu­cho tra­ba­jo lo úni­co que hi­zo fue cla­var una es­ta­ca en el sue­lo y tra­zar unas ra­yas con cal.

Cuan­do a pri­me­ra ho­ra de la ma­ña­na lle­gó el fun­cio­na­rio, vio aque­llo. Se ha­bía arre­gla­do con don Leo­bar­do pa­ra pa­gar­le por día, no por obra, y por eso se preo­cu­pó.

-Mais­tro –lo re­con­vino con se­ve­ri­dad–. Ayer no hi­zo us­ted na­da.

-Señor –le con­tes­tó muy se­rio don Leo­bar­do–. Us­ted sa­be muy bien que cuan­do los cir­cos lle­gan a un pue­blo el pri­mer día se les va siem­pre en re­men­dar la car­pa y sa­car al chan­go pa­ra que se re­vuel­que.

-3 -

Una cier­ta se­ño­ra de Can­de­la iba a me­ren­dar con su ma­ri­do cuan­do lle­gó de vi­si­ta una ve­ci­na. Al ser­vir­le el ca­fé a su es­po­so se le res­ba­ló la ta­za a la se­ño­ra, y el ar­dien­te lí­qui­do ca­yó so­bre el ro­tun­do vien­tre del hom­bre, quien era due­ño de una vo­lu­mi­no­sa pan­za.

La se­ño­ra, preo­cu­pa­da, se apre­su­ró a se­car con el de­lan­tal el ar­dien­te lí­qui­do que ha­bía caí­do so­bre su con­sor­te.

-No se apu­re tan­to, co­ma­dri­ta – la tran­qui­li­za la ve­ci­na–. Pa’ cuan­do el ca­fé le lle­gue a las ve­ri­jas ya se en­frió.

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