I drea­med a dream

Vanguardia - - CON TINTA DE ESPERANZA - P. Juan Antonio Ruiz

Los Mi­se­ra­bles ha si­do, des­de ha­ce mu­cho, uno de mis li­bros favoritos y cuan­do sa­lió la pe­lí­cu­la -es­pe­cial­men­te el mu­si­cal- ex­pe­ri­men­té una gran emo­ción de po­der ver­la. Y no me de­cep­cio­nó. Me cau­ti­vó es­pe­cial­men­te la ac­tua­ción de An­ne Hat­ha­way, que de he­cho re­ci­bió el Óscar ese año.

Y es que la can­ción I drea­med a dream que la ac­triz in­ter­pre­ta, da voz a lo que mu­chos ex­pe­ri­men­tan en nues­tra so­cie­dad de hoy: frus­tra­ción, de­sen­ga­ño, tris­te­za, de­sola­ción. Sen­ti­mien­tos que han mar­ca­do una par­te de la exis­ten­cia hu­ma­na du­ran­te si­glos.

Elie Wie­sel, el jo­ven que acu­ñó el tér­mino “Ho­lo­caus­to” en un cé­le­bre ar­tícu­lo en el pe­rió­di­co The New York Ti­mes, na­ció en Ru­ma­nia en 1928 en una fa­mi­lia ju­día. Por es­te mo­ti­vo, y cuan­do te­nía 12 años de edad, fue in­ter­na­do en Auzch­witz. Ahí fue tes­ti­go del ase­si­na­to de ca­si to­da su fa­mi­lia. Es­ta pe­no­sa ex­pe­rien­cia le ca­la en el al­ma, co­mo se per­ci­be en el ini­cio de su re­la­to ti­tu­la­do La no­che:

«No le­jos de no­so­tros, de un fo­so subían llamas gi­gan­tes­cas. Es­ta­ban que­man­do al­go. Un ca­mión se acer­có al fo­so y des­car­gó su car­ga: ¡eran ni­ños! Sí, lo vi con mis pro­pios ojos. No po­día creer­lo. Te­nía que ser una pe­sa­di­lla. […] La voz de mi pa­dre me arran­có de mis pen­sa­mien­tos: Lás­ti­ma… Lás­ti­ma que no ha­yas ido con tu ma­dre. He vis­to mu­chos ni­ños de tu edad que se iban con su ma­dre… Su voz era te­rri­ble­men­te tris­te. […] A nues­tro al­re­de­dor to­dos llo­ra­ban. Al­guien se pu­so a re­ci­tar el Ka­dish, la ora­ción de los muer­tos. […] “Que Su Nom­bre sea san­ti­fi­ca­do”, mur­mu­ró mi pa­dre. Por pri­me­ra vez sen­tí cre­cer la pro­tes­ta en mi in­te­rior. ¿Por qué iba a san­ti­fi­car Su Nom­bre? El Eterno, el Señor del uni­ver­so, el To­do­po­de­ro­so y Te­rri­ble ca­lla­ba. ¿Por qué ha­bría de ala­bar­le?

Ja­más ol­vi­da­ré esa pri­me­ra no­che en el cam­po, que hi­zo de mi vi­da una lar­ga no­che ba­jo sie­te vuel­tas de lla­ve. […] Ja­más ol­vi­da­ré esos ins­tan­tes que ase­si­na­ron a mi Dios y a mi al­ma, y que die­ron a mis sue­ños el ros­tro del de­sier­to. Ja­más ol­vi­da­ré ese si­len­cio noc­turno que me qui­tó pa­ra siem­pre las ga­nas de vi­vir».

El do­lor mar­có pro­fun­da­men­te el al­ma de Elie, y des­de entonces su vi­da fue un mar de de­silu­sio­nes y de llan­to… has­ta su muer­te, ocu­rri­da el 2 de ju­lio del 2016.

¿Qué res­pues­ta da­mos co­mo so­cie­dad a per­so­nas así? ¿Có­mo acom­pa­ña­mos a los tris­tes de nues­tro mun­do? No son pre­gun­tas su­per­fi­cia­les -bas­ta ver lo ocu­rri­do en To­rreón se­ma­nas atrás- y nos exi­gen nues­tra res­pues­ta. Tal vez no po­da­mos ha­cer mu­cho, pe­ro sí de­be­mos em­pe­zar con lo que te­ne­mos: con nues­tra fa­mi­lia, con los que es­tán al la­do nues­tro. A ellos sí po­de­mos son­reír, abra­zar, dar una pa­la­bra de alien­to, amar. Y aun­que son ac­cio­nes pe­que­ñas, lle­nan de sen­ti­do y ple­ni­tud la exis­ten­cia de to­dos ellos.

I drea­med a dream es un gri­to de ayu­da a ca­da uno de no­so­tros. Una exi­gen­cia pa­ra que les lle­ne­mos el co­ra­zón de amor, de ca­ri­ño, de Dios. Y es entonces cuan­do las no­ches de mu­chos se alum­bra­rán un po­co y tal vez po­dre­mos cam­biar la di­rec­ción de sus vi­das.

Newspapers in Spanish

Newspapers from Mexico

© PressReader. All rights reserved.