MI­RA­DOR > AR­MAN­DO FUEN­TES AGUI­RRE

Vanguardia - - OPINIÓN -

¿Re­cuer­das, Terry, la vez que el pe­rra­zo de los Gáu­na se iba a lan­zar so­bre mí pa­ra mor­der­me?

Te pu­sis­te en­tre los dos en ac­ti­tud tan fie­ra que el pe­rro re­tro­ce­dió. Él era un enor­me mas­tín; tú un pe­que­ño coc­ker spa­niel. Sin em­bar­go lo hi­cis­te huir, y me sal­vas­te.

Fui im­pru­den­te, lo re­co­noz­co. Me acer­qué de­ma­sia­do a las ca­bras que cui­da­ba el pe­rro sin ne­ce­si­dad de otro pas­tor. Tú, Terry, me lo ad­ver­tis­te al de­te­ner tu pa­so. No te imi­té: se­guí ade­lan­te. Fue en­ton­ces cuan­do el pe­rro me ata­có, y fue en­ton­ces cuan­do sa­lis­te en mi de­fen­sa.

Des­de ese día, Terry, ca­da vez que pa­sá­ba­mos cer­ca de las ca­bras de los Gáu­na tú te po­nías en­tre ellas y yo pa­ra que no co­me­tie­ra otra vez la im­pru­den­cia de acer­car­me. El pe­rra­zo ob­ser­va­ba eso y ya no ve­nía ha­cia mí. Pen­sa­ba de se­gu­ro: “Su pe­rro es más in­te­li­gen­te que él. Ha­rá que el ti­po no me dé pro­ble­mas”.

Per­do­na, Terry. Si los hom­bres tu­vié­ra­mos la sa­bi­du­ría y el co­ra­zón de nues­tros pe­rros se­ría­mos me­jo­res. No te­ne­mos ni una co­sa ni la otra. De­be­mos con­for­mar­nos con ser so­la­men­te hom­bres.

¡Has­ta ma­ña­na!...

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