El ojo re­vo­lu­cio­na­rio de Er­win Blu­men­feld

En los años 50, sus imá­ge­nes in­no­va­do­ras inun­da­ron las más gran­des re­vis­tas de mo­da y pro­vo­ca­ron una ver­da­de­ra re­vo­lu­ción en el me­dio. Su obra si­gue sien­do de una mo­der­ni­dad arro­lla­do­ra. Una ex­po­si­ción en Pa­rís lo pre­sen­ta al pú­bli­co.

Vanidades (México) - - Arte -

L os es­pe­cia­lis­tas en la ma­te­ria coin­ci­den: Er­win Blu­men­feld fue uno de los fo­tó­gra­fos más in­flu­yen­tes del si­glo XX. Si bien se con­si­de­ra que sus des­nu­dos en blan­co y ne­gro a prin­ci­pios de su ca­rre­ra cons­ti­tu­yen su me­jor tra­ba­jo, fue su obra de mo­da en co­lor la que le dio vi­si­bi­li­dad in­ter­na­cio­nal y lo lle­vó a con­ver­tir­se en ri­co y fa­mo­so.

Na­ci­do en Ber­lín en 1897, en el seno de una fa­mi­lia ju­día, se ini­ció en la fo­to­gra­fía con una cá­ma­ra, re­ga­lo de un tío por sus 10 años. Des­de ese mo­men­to, és­ta mar­có su vi­da y co­men­zó a ex­pe­ri­men­tar con di­fe­ren­tes téc­ni­cas, por lo ge­ne­ral au­to­rre­tra­tos. Cuan­do ini­ció la Pri­me­ra Gue­rra Mun­dial, se desem­pe­ñó en el ser­vi­cio de am­bu­lan­cias y, al fi­na­li­zar, tra­ba­jó co­mo apren­diz de sas­tre. A los 25 años se ca­só con Le­na Ci­troën (con quien tu­vo tres hi­jos) y se ins­ta­ló en Áms­ter­dam, don­de abrió una tien­da de ar­tícu­los de cue­ro, es­pe­cia­li­za­da en car­te­ras.

Sin em­bar­go, era un pé­si­mo hom­bre de ne­go­cios que pa­sa­ba más tiem­po escribiendo cuen­tos que de­trás del mos­tra­dor, hasta el día en que des­cu­brió un la­bo­ra­to­rio fo­to­grá­fi­co aban­do­na­do por su an­ti­guo ocu­pan­te (en el mis­mo edi­fi­cio don­de se en­con­tra­ba su lo­cal), y en­ton­ces de­ci­dió de­di­car­se por en­te­ro a su pa­sión.

De Pa­rís a Nue­va York En 1937, el fo­tó­gra­fo Ce­cil Bea­ton des­cu­brió sus ori­gi­na­les imá­ge­nes y lo pre­sen­tó en el me­dio edi­to­rial fran­cés. Blu­men­feld pu­do tras­la­dar a su fa­mi­lia a Pa­rís, pe­ro pron­to es­ta­lló la gue­rra y de­bió en­viar­la a Bre­ta­ña. Apre­su­ra­do por unír­se­le, con­fió to­da su obra a una mo­de­lo con quien tra­ba­jó y en­con­tró por ca­sua­li­dad en la ca­lle. Ella la res­guar­dó y se la en­tre­gó in­tac­ta en 1947. Él, pre­vio a ello, fue apre­sa­do e in­ter­na­do su­ce­si­va­men­te en dos cam­pos de de­ten­ción, hasta que, lue­go de un año, ca­si es­que­lé­ti­co, fue li­be­ra­do. A par­tir de en­ton­ces con­cen­tró sus es­fuer­zos en ob­te­ner visas, pa­ra él y los su­yos: irían a Es­ta­dos Uni­dos. En ju­nio de 1941 lle­ga­ron a Nue­va York.

Tres años más tar­de, su repu­tación en el país nor­te­ame­ri­cano era enor­me; Blu­men­feld se con­so­li­dó co­mo fo­tó­gra­fo y lle­gó a ser el me­jor pa­ga­do de la in­dus­tria. Des­de el prin­ci­pio es­tu­vo con­ven­ci­do de que la fo­to­gra­fía era un ar­te y, de al­gu­na ma­ne­ra, se las arre­gla­ba pa­ra de­mos­trar­lo en sus pro­yec­tos co­mer­cia­les. El hom­bre que ama­ba a las mu­je­res her­mo­sas Sin du­da, sus imá­ge­nes ul­tra­es­ti­li­za­das en las prin­ci­pa­les re­vis­tas de mo­da, a las que apli­có su sen­ti­do del es­ti­lo y su in­te­rés por la grá­fi­ca, de­fi­nie­ron el look de la fo­to­gra­fía de mo­da en los años de la pos­gue­rra. Las gran­des es­tre­llas vi­si­ta­ban su es­tu­dio (des­de Grace Kelly hasta Marlene Die­trich y Au­drey Hep­burn) pa­ra po­sar pa­ra él, al igual que las la­dies de la al­ta so­cie­dad, co­mo Babe Pa­ley, y las mo­de­los top de la épo­ca. Era un hom­bre en ex­tre­mo ca­ris­má­ti­co y las mu­je­res lo ado­ra­ban. Una de ellas, Kath­leen Levy-Bar­nett, edi­to­ra que di­ri­gi­ría su es­tu­dio, fue su aman­te du­ran­te sie­te años, pe­ro más tar­de, con su ben­di­ción, se ca­só con el hi­jo de Blu­men­feld. En tan­to, la vi­da per­so­nal del fo­tó­gra­fo em­pe­zó a co­lap­sar tras el éxi­to; la pa­cien­cia de su es­po­sa Le­na lle­gó a su fin en 1961, cuan­do el lau­rea­do ar­tis­ta ini­ció una re­la­ción con Ma­ri­na Schinz, una jo­ven­ci­ta de 19 años. Él no pu­do asu­mir su pro­pia edad ni que una nue­va ge­ne­ra­ción de fo­tó­gra­fos le pi­sa­ra los ta­lo­nes. De­pri­mi­do, en los úl­ti­mos años de su vi­da, só­lo an­sia­ba la muer­te. És­ta ocu­rrió en Ro­ma, en 1969.

Al mo­rir, 30,000 trans­pa­ren­cias, ocho mil fotos, 150 co­lla­ges, pe­lí­cu­las ex­pe­ri­men­ta­les y es­cri­tos fue­ron re­par­ti­dos en­tre su úl­ti­ma es­po­sa y sus tres hi­jos. És­tos ven­die­ron ape­nas un pu­ña­do de fo­to­gra­fías, sin em­bar­go, la ma­yo­ría no fue vis­ta en pú­bli­co... hasta aho­ra, gra­cias a sus nie­tos y a la ex­po­si­ción Blu­men­feld Stu­dio: New York, 1941-1960.

So­la­ri­za­cio­nes, im­pre­sio­nes con­tras­ta­das y co­lla­ges ca­rac­te­ri­za­ron su téc­ni­ca.

Pre­ten­día ser res­pe­ta­do más co­mo ar­tis­ta avant-gar­de que co­mo fo­tó­gra­fo de mo­da.

Blu­men­feld Stu­dio: New York, 1941-1960, se pre­sen­ta en la Ci­té de la Mo­de et du De­sign, en Pa­rís, hasta el 4 de ju­nio.

Las mo­de­los mo­rían por ser cap­tu­ra­das por su len­te.

Te­nía una ima­gi­na­ción des­bor­dan­te y un to­tal re­cha­zo a los có­di­gos con­ven­cio­na­les.

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