Amor que no de­ja de ser

Exis­ten mu­chos ti­pos de ma­dres, pe­ro en ca­da uno de esos ti­pos se guar­da la esen­cia de to­do lo que va­le la pe­na en un ser hu­mano; un día al año no es su­fi­cien­te tri­bu­to pa­ra quien en­tre­ga una vi­da por no­so­tros.

El Imparcial - Vida Sana GH - - ESPECIAL: OBSTETRICI­A - Arios­to La­gu­na

Mu­chas ve­ces he leí­do acer­ca de per­so­na­jes que pa­sa­ron a los anales de la his­to­ria y que­da­ron in­mor­ta­li­za­dos por al­gu­na ca­rac­te­rís­ti­ca peculiar: la ma­jes­tuo­si­dad de los re­yes; el va­lor de los gue­rre­ros; las pa­la­bras sa­bias de los fi­ló­so­fos; la ter­nu­ra de los poe­tas.

En me­dio de ellos so­bre­sa­le uno que agru­pa las me­jo­res ca­rac­te­rís­ti­cas de to­dos: la ma­dre; no qui­sie­ra en­trar en el ha­la­go sim­plis­ta de ca­da ma­yo, ni en la exal­ta­ción gra­tui­ta por el sim­ple he­cho de en­gen­drar un hi­jo: el res­pe­to

que ten­go por la pa­la­bra "Ma­dre" me lle­va más allá de eso. ¿Qué tan­to es ca­paz una ma­dre de ha­cer por su hi­jo? La pre­gun­ta aún no tie­ne una res­pues­ta pre­ci­sa, pa­re­cie­ra que ellas se em­pe­ñan en ele­var más y más el es­tán­dar pa­ra me­dir­las.

Mi ma­dre es un ejem­plo de ello: re­cuer­do cuan­do era ni­ño, siem­pre la veía ha­cien­do es­fuer­zos enor­mes pa­ra que el po­co di­ne­ro que ha­bía en ca­sa al­can­za­ra pa­ra to­do; só­lo ella sa­bía có­mo o lo lo­gra­ba, abs­te­nién­do­se ose de to­do pa­ra ra que a sus hi­jos ijos no les fal­ta­ra na­da; ella me pro­ve­yó de una in­fan­cia fe­liz. Tam­bién vie­ne a mi men­te una per­so­na que me inspira gran amor y res­pe­to, una mu­jer lu­cha­do­ra que de un mo­men­to a otro se en­con­tró en la ne­ce­si­dad de pro­veer to­do lo que sus hi­jos re­que­rían; la he vis­to lu­char to­dos los días por en­con­trar nue­vos y me­jo­res ca­mi­nos, pa­ra dar­les a sus hi­jos to­do lo que ne­ce­si­tan y creen me­re­cer.

El amor más pu­ro

Re­cuer­do a mi her­ma­na, quién des­pués de su­frir el aban­dono de su com­pa­ñe­ro se tu­vo que en­fren­tar a la no­ti­cia de que su hi­jo se en­con­tra­ba en­fer­mo de un mal con muy ba­jo ín­di­ce de su­per­vi­ven­cia; no hu­bo na­da que ella no es­tu­vie­ra dis­pues­ta a in­ten­tar por sal­var a su hi­jo, y no ima­gino su fe­li­ci­dad cuan­do lo­gró sa­lir del pe­li­gro y aho­ra ver­lo con­ver­ti­do en un hom­bre de bien. Mi otra her­ma­na, quien no tu­vo opor­tu­ni­dad de ex­pe­ri­men­tar el em­ba­ra­zo, a cam­bio de­ci­dió ser la ma­dre de tres hi­jos quie­nes no ha­bían si­do acep­ta­dos por su ma­dre bio­ló­gi­ca; ella su­po dar­les to­das las co­sas que ne­ce­si­ta­ban y en esa de­ci­sión, se con­vir­tió en una ma­dre por vo­lun­tad pro­pia, con to­dos los ho­no­res y me­re­ci­mien­tos que ese tí­tu­lo lle­va. ¿Qué es lo que una ma­dre es­ta­ría dis­pues­ta a ha­cer por sus hi­jos? Tal ves nun­ca lo se­pa­mos: ca­da día ellas po­nen el lis­tón más al­to y en­cuen­tran una nue­va for­ma de sor­pren­der­nos

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