Es tu tem­plo

Con el tiem­po apren­dí a amar­me y den­tro de ese pro­ce­so, apren­dí la im­por­tan­cia de amar, res­pe­tar y hon­rar mi cuer­po; cuan­do lo ha­ces, co­no­ces el ver­da­de­ro amor pro­pio.

El Imparcial - Vida Sana GH - - ESPECIAL: OBSTETRICI­A - May­ra Gon­zá­lez

El to­mar cui­da­do de tu cuer­po te re­cuer­da a ti y a los de­más que tus ne­ce­si­da­des son im­por­tan­tes; te va a ha­cer sen­tir bien acer­ca de ti mis­mo y de tu vi­da, y ade­más les en­se­ña­rá a los de­más que tú te va­lo­ras a ti mis­mo.

Las per­so­nas que ignoran sus ne­ce­si­da­des y se ol­vi­dan de cui­dar de su cuer­po su­fren in­fe­li­ci­dad, ba­ja au­to­es­ti­ma y re­sen­ti­mien­to; si tú sa­bes có­mo cui­dar­te a ti mis­mo po­drás cui­dar de los de­más.

Afir­ma­cio­nes Afir­ma­cio

       "Mi cuer­po e es­tá bien, fuer­te y ale­gre".

"Estoy lleno de ener­gía y de vitalidad".

"Soy sano, fe fe­liz y ra­dian­te". "Irra­dio buen bue­na sa­lud".

"Hoy, las cé­lu cé­lu­las de mi cuer­po res­pon­den p po­si­ti­va­men­te a mis imá­ge­nes m men­ta­les po­si­ti­vas". "Hoy, amo y valoro ca­da ór­gano, múscu­lo, art ar­ti­cu­la­ción y cé­lu­la de mi cuer­po".

"Hoy, to­do e es­tá bien en mi mun­do sano".

¿Ha­ces ejer­ci­cio? ¿Cui­das tu ali­men­ta­ción? ¿Duer­mes lo su­fi­cien­te? ¿Sa­bes que tu cuer­po es un tem­plo que guar­da la esen­cia de tu ser? Pien­sa en un be­llo tem­plo, ima­gi­na que así es tu cuer­po… ¿Có­mo o son sus pa­re­des, su cú­pu­la, su te­cho? ¿De qué co­lo­res? ¿Hay vi­tra­les, imá­ge­nes y flo­res?

Tu cuer­po es un tem­plo que guar­da la esen­cia ele­men­tal de lo que eres: tu au­ten­ti­ci­dad, tu ver­da­de­ro ser; per­mi­te que tu alma se ex­pre­se en el plano fí­si­co y pue­da vi­vir y ex­pe­ri­men­tar sus apren­di­za­jes. ¿Có­mo tra­tas a tu cuer­po en el día a día? ¿Le das tiem­po pa­ra ex­pre­sar­se? ¿Le per­mi­tes llo­rar de su­fri­mien­to, gri­tar de alegría o ge­mir de pla­cer? Lo du­do.

Es­cú­cha­lo

Nues­tra men­te ra­cio­nal tien­de a li­mi­tar­nos la li­ber­tad que sen­ti­mos pa­ra mos­trar­nos tal co­mo nos sen­ti­mos; cons­tan­te­men­te guar­da­mos y es­con­de­mos sen­ti­mien­tos pa­ra cuan­do no ha­ya na­die, y lue­go pa­re­ce co­mo si la am­ne­sia nos ga­na­se. Que­da­mos ca­lla­das, ha­cien­do una vi­da en modo au­to­má­ti­co; ahí que­dan tus emo­cio­nes: atra­gan­ta­das, guar­da­das y re­clui­das a la re­pre­sión.

A ve­ces da­mos im­por­tan­cia a to­das las co­sas del mun­do, me­nos a lo que te­ne­mos pa­ra siem­pre: nues­tro cuer­po; de­bié­ra­mos pres­tar­le más aten­ción, y cui­dar­lo. Yo he apren­di­do a

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