Zócalo Piedras Negras

Patas a la obra

- LIZBETH OGAZÓN

Es más sencillo imaginar tragedia cuando se ha sufrido. Así las preguntas son más profundas, aunque siguen siendo las mismas ¿Cuánta muerte? ¿Cuánta orfandad?

Nos conmueven como una parte de la humanidad a la que rescatamos de la desmemoria y vamos como Nación solidaria en búsqueda y rescate, y no vamos solos; los esfuerzos de los noventa y tres rescatista­s mexicanos del Heroico Ejército Mexicano, treinta y siete de la Marina Armada y quince de la Cruz Roja son acompañado­s por dieciséis perritos que forman los binomios caninos.

Ellos son las respuestas que resguardan nuestra conciencia.

El 19 de septiembre de 1985 nos dejó a todos los mexicanos frente a otro país.

Eran las primeras horas de la mañana cuando la familia de la hermana de mi padre estaba terminando de organizar la mudanza al departamen­to que habían adquirido en el edificio Nuevo León de la unidad habitacion­al Tlatelolco. Mi Tío, su esposo, se encontraba ya trabajando por lo que pudo librarse del desplome que sepultó su casa. Blacky, la perrita maltés de la familia, escapó del derrumbe y entre los escombros acompañó por días a mi tío en la búsqueda de la familia.

La búsqueda por parte de autoridade­s en la zona afectada había concluido; esa zona había sido dada por explorada y al no encontrar rastros de vida la declararon cerrada para continuar la búsqueda en otro espacio donde hubiera más posibilida­des de encontrar personas aún con vida.

Mi tío y Blacky permanecie­ron en el lugar; no se movieron, no se dieron por vencidos, por su cuenta y sin más herramient­a que su voluntad siguieron buscando,. Y seguido el olfato de Blacky y su gran amor a su familia le permitió encontrar a mi primo. Ese gran hallazgo entusiasmó tanto a mi tío que se reanudó la búsqueda convocando a más personas encontrand­o metros más adelante a mi prima y al final mi tía.

Siempre fue miembro de la familia, pero ese día nos quedó claro a todos que no solamente era una mascota, ella buscó a su manada, o a su familia, como le decimos los humanos al primer núcleo con el que convivimos y el que queremos y protegemos.

Ella nos enseñó a los Ogazon a reconocer en los seres sintientes la conciencia de nuestra propia humanidad. A descubrir la verdadera dimensión de la solidarida­d y del valor que va mas allá de la fatiga y del hambre.

Entonces yo tenia 17 días de nacida. Entonces para mí es desde siempre. Entonces para mí es para siempre.

Por eso el alivio que llegó a Turquía como respuesta a la herida de la tierra, lleva la blanca, cálida y sincera luz de patas a la obra de los perritos rescatista­s, una luz cuyo consuelo cae también sobre mi casa.

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