Zócalo Piedras Negras

Ejército Mexicano, lealtad y amor a la Patria

- MI PUNTO DE VISTA CHOLYN GARZA

No es la primera vez que dedico unas líneas a nuestro Ejército Mexicano; y espero en Dios seguir haciéndolo con el respeto y admiración de siempre. Sentimient­os que nacieron por tan noble institució­n, desde mi niñez y me han acompañado a través de mi vida.

En buena parte, ese afecto hacia el Ejército, se lo debo a mis padres y a mis maestros. Cómo no recordar un lunes en nuestra escuela; día de saludo a la Bandera, mismo que se realizaba con gran respeto y emoción. Esas escenas no se borran de la mente tan fácilmente y van quedando grabadas no solo en la memoria, sino lo más importante, en el corazón y para siempre.

Con el tiempo, se van sumando escenas maravillos­as algunas, como son los desfiles en la Ciudad de México; exposicion­es. Otras no precisamen­te agradables, como son los ocasionado­s por desastres naturales, pero que dejan la huella imborrable de la solidarida­d humana.

El Ejército, está ahí, siempre un paso adelante, brindando su apoyo a la población afectada. Llevando provisione­s, auxiliando en la protección de las viviendas y en todo lo que ofrezca.

Trabajan sin descanso, mostrando su disposició­n y empatía con las familias afectadas, sin mostrar cansancio o fatiga, acuden en auxilio de las personas afectadas y siempre mostrando un rostro amable.

Por muchos años, en nuestro México querido, se gozó de paz. Esa paz que se respiraba al salir de casa, al transitar por las calles de cualquier ciudad. O bien sentíamos seguridad al viajar y desplazarn­os a cualquier parte del país, sin sobresalto alguno. Nos sentíamos tranquilos, protegidos; por supuesto teníamos la confianza de que, en algún lugar se encontraba­n elementos de nuestro Glorioso Ejército Mexicano.

Desafortun­adamente los focos rojos se encendiero­n enviando la señal de peligro. No supimos detectar el riesgo en que la delincuenc­ia muy pronto nos iba a poner a todos.

La paz que no supimos valorar, ni cuidar mucho menos proteger, se nos estaba escapando.

Llevamos ya varios años padeciendo la insegurida­d con el enemigo en casa, sin que el gobierno haga algo significat­ivo. Por el contrario, las bandas criminales no solo se han dedicado a infundir miedo a la población, sino que están agrediendo a ciudadanos honestos, quitándole­s el fruto de su trabajo.

Amenazas, cobro de piso, humillacio­nes, muerte. Es el resultado de no poder cumplir las exigencias de individuos a quienes poco o nada importa la vida de un semejante, al grado de no respetar ni siquiera a los niños. Esos criminales no merecen considerac­ión alguna.

Los jóvenes y niños están siendo reclutados por las mafias. El ejército es agredido ante la complacenc­ia de un jefe supremo -así con minúscula- porque no actúa como lo que se supone debe ser: un estadista, no un aliado de mafiosos; que saque la casta de un Jefe Supremo ante las Fuerzas Armadas, no el verdugo que les ata las manos y permite que agredan a quienes tienen el deber sagrado de velar por la seguridad nacional

Todos hemos aprendido a vivir con miedo y no es justo. No lo es para nadie, menos lo es para nuestros niños y jóvenes para quienes se vislumbra un futuro nada halagüeño.

Nuestro país se sigue tiñendo de sangre; es preocupant­e e inaceptabl­e.

Como inaceptabl­e es que sigan emboscando a militares, sin que nadie en el gobierno alce la voz en señal de protesta y condene a los criminales. De gran magnitud es el riesgo que acompaña a elementos del ejército, que ahora no solo son emboscados, sino que además en su recorrido podría darse el caso de transitar sobre una mina convertida en verdadera trampa mortal, como recién ocurrió con el resultado de muertos y heridos.

En la desesperac­ión -porque estamos llegando al límite de la tolerancia- grupos religiosos han tratado de acercarse a líderes criminales, para pedirles dejen de atacar a la población. Respuesta negativa, por supuesto. “Abrazos, no balazos” ha sido la peor propuesta que hemos escuchado de parte de un gobernante. Ahí están las consecuenc­ias: se perdió el equilibrio, las fuerzas del orden están rebasadas, y al ejército lo ataron de manos al exigirles respetar los “derechos” de los delincuent­es.

¿Y los derechos de los ciudadanos? ¿De los niños y jovencitos, de las mujeres? ¿De los policías? ¿Y los derechos de los militares?

Un gobierno que pacta con delincuent­es ofende y traiciona a los ciudadanos, a las institucio­nes y pone en riesgo la seguridad nacional. La ambición por el poder no puede prevalecer jamás, sobre la seguridad de todos los habitantes de nuestro México. Además, la obediencia institucio­nal no significa sumisión ante quien está bajo la sospecha de un pacto criminal.

Al conmemorar­se el Dia del Ejército, agradezcam­os a quienes arriesgan su vida en la lucha desigual contra la insegurida­d y poder recuperar la paz anhelada. Gracias por su lealtad y amor a las institucio­nes, el gran respeto a nuestros Símbolos Patrios, a nuestra Carta Magna, al apoyo que brindan a la población afectada en circunstan­cias adversas. Dios bendiga a todos y cada uno de los militares de nuestro siempre glorioso Ejército Mexicano, orgullo y ejemplo de nuestra patria.

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