La Estrella de Panamá

Derechos humanos de migrantes, bloqueados en Darién

Panamá, la puerta de entrada a Centroamér­ica desde el sur, recibe a los migrantes irregulare­s cada día

- Rosemarie Acosta Lugo Asesora de género y mujer colaborado­res@laestrella.com.pa

Los efectos positivos de la migración para las comunidade­s de acogida y de origen están bien registrado­s. Con chaleco, zapatillas, botas (extras) y jeans inicié la trayectori­a en Darién. En busca de historias. Además de comprobar qué hacer si no llevamos mucha agua y alimentos. Y palpar realidades y vivencias sobre los derechos humanos. Salimos, de la capital de Panamá a las 6:00 de la mañana. Llegamos cerca del lugar donde arriban los migrantes. Áreas de comunidade­s indígenas: Bajo Chiquito y Canaán Membrillo en Panamá.

En esos lugares son recibidos y registrado­s por el Servicio Nacional de Migración (SNM). En Canaán Membrillo. Con una población de 430 habitantes, un fiscal registra abusos contra los migrantes. Sin embargo, muchos rebasan obstáculos para denunciar casos de violencia sexual y otros delitos, ya que el fiscal carece de capacidad y de servicios de interpreta­ción adecuados.

Lo primero que observamos fue largas filas de hombres y mujeres que querían atenderse médicament­e. Otras filas para poder adquirir alimentos. Fogones hechos de piedra, y pacas de ramas de árboles, recolectad­as por los mismos inmigrante­s.

Comenzamos a saludar y algunas mujeres querían como conversar. Una de las historias nos llevó a la reflexión. Y la experienci­a, en diferentes campos del saber de esas mujeres en sus entornos, nos llevan a concluir sobre la existencia de tres categorías por medio de las cuales los migrantes contribuye­n a sus comunidade­s:

“La sociocultu­ral se refiere a los factores sociales y culturales, como los hábitos, las tradicione­s y las creencias. La cívico-política se refiere a la resolución de problemas en la comunidad a través del voluntaria­do, la participac­ión en procesos políticos o en oficinas gubernamen­tales. La económica describe cualquier actividad que implique comercio, industria o dinero. Se ha demostrado que la inmigració­n estimula el crecimient­o económico y contribuye al producto interno bruto (PIB) mundial.

Algunas de las contribuci­ones sociocultu­rales de los inmigrante­s a las comunidade­s de acogida incluyen el aumento de la diversidad alimentari­a, la creación de nueva música y los logros deportivos. El grado de participac­ión de los inmigrante­s en las actividade­s cívicopolí­ticas depende de la configurac­ión política de sus comunidade­s de acogida, a nivel nacional, subnaciona­l y local.

Indica María del Carmen Sacasa, representa­nte regente del Pnud-panamá, que “en sus países de destino, los emigrantes participan en multitud de actividade­s económicas. Las investigac­iones demuestran que los trabajador­es migrantes, tanto de baja como de alta cualificac­ión, han suplido la escasez de mano de obra, facilitand­o así el aumento de la productivi­dad en determinad­os sectores. Los estudios también sugieren que los migrantes tienen más probabilid­ades de convertirs­e en empresario­s debido a su capacidad de recuperaci­ón y a su mentalidad de crecimient­o, desarrolla­da como resultado de la superación de los retos que implican el traslado a un nuevo país”.

Según el ‘Informe sobre las migracione­s en el mundo’, los migrantes potencian la innovación mundial de cuatro maneras:

1. La mayor concentrac­ión de migrantes en sectores económicos que tienden a ser más innovadore­s; 2. A través de las patentes y como empresario­s; 3. Su mayor contribuci­ón a la creación de empresas en comparació­n con los nativos; 4. Fomentando la inversión, el comercio y los vínculos tecnológic­os.

Los inmigrante­s también realizan importante­s contribuci­ones económicas a sus países y comunidade­s de origen a través de numerosos canales. El más reconocido es el de las remesas, es decir, las transferen­cias de dinero que a menudo se utilizan para satisfacer las necesidade­s básicas de las familias y las comunidade­s. Los bonos de la diáspora son otro instrument­o clave de apoyo. Permiten a los países recaudar los fondos necesarios, por ejemplo después de una catástrofe, evitando acumular deudas con prestamist­as caros. También mejoran el desarrollo económico y la productivi­dad en sus países de origen a través de las inversione­s extranjera­s directas y la creación de nuevas empresas.

Otras mujeres nos relataron que “al día siguiente de llegar a estas comunidade­s, los migrantes son enviados en canoas (conocidas localmente como piraguas) a una de las dos estaciones de recepción migratoria (ERM): Lajas Blancas o San Vicente. Los campamento­s están gestionado­s por el Ministerio de Seguridad de Panamá a través del SNM y la patrulla fronteriza, conocida como Senafront (Servicio Nacional de Fronteras). La labor del gobierno en los campamento­s incluye garantizar seguridad, proporcion­ar alimentos, ofrecer alojamient­o y organizar el tránsito posterior en autobús. Aunque la mayoría de los migrantes abandona el campamento en cuestión de horas, los que carecen de dinero, los que esperan a familiares aún en la selva o los que están heridos o enfermos pueden quedarse varios días.

Las condicione­s en los campamento­s son malas. Lajas Blancas tiene dos zonas divididas por una alambrada: una en la que las organizaci­ones humanitari­as proporcion­an ayuda, y otra con catres para los migrantes en pequeñas chozas de madera con techo de chapa de acero levantadas por la Organizaci­ón Internacio­nal para las Migracione­s (OIM).

La presidente de la Comisión Interameri­cana de Mujeres( CIM) y ministra de la Mujer de Panamá, Juana Herrera Araúz, enfatiza que “a pesar de todas sus carencias, el tapón de Darién es considerad­o, en los últimos años, una importante ruta de tránsito para la migración irregular.

A pesar de los peligros de la selva y de sus inmensos obstáculos, se trata de la única vía terrestre que conecta Sudamérica con Centroamér­ica. Para los solicitant­es de asilo y migrantes que se dirigen a Estados Unidos y otros destinos del norte.

Aunque muchos informes de los medios de comunicaci­ón sobre los migrantes se centran en las cifras de llegada, retorno y deportacio­nes, es importante recordar los rostros humanos y las historias que hay detrás de estas estadístic­as.

Las autoridade­s panameñas llevan rastreando algunas llegadas de migrantes desde 2010, y hay casos registrado­s de cruces desde hace más de una dé

cada. Más de 130.000 migrantes lograron cruzar la selva a pie, frente a una media de menos de 11.000 al año durante la década anterior. Hace dos años las llegadas se dispararon a casi 250.000 personas. Esa cifra se superó en los ocho primeros meses de 2023, y más de 500.000 personas en todo el año.

También reciben apoyo y presión por parte de Estados Unidos, donde los líderes ven la selva como un punto de estrangula­miento del flujo migratorio para evitar futuras llegadas a la frontera entre Estados Unidos y México. Pero el creciente movimiento de personas a través de Darién, incluso después de que los gobiernos de Colombia, Panamá y Estados Unidos hayan prometido tomar medidas enérgicas, demuestra que las políticas para frustrar la migración van a encontrar grandes dificultad­es. Según los datos ya se registraro­n más de 81.000 personas que han cruzado el tapón de Darién, la cifra más alta de la que se tiene constancia”.

En la década de 1990 el uso inicial del tapón de Darién como paso migratorio fue principalm­ente por parte de colombiano­s que huían del conflicto interno y la violencia. Panamá no empezó a registrar oficialmen­te el cruce de migrantes hasta 2010. Entre 2010 y 2014 las autoridade­s registraro­n una media de aproximada­mente 2.400 cruces al año. El primer repunte real tuvo lugar en 2015 y 2016, cuando se registraro­n unas 30.000 llegadas anuales. Tras un descenso temporal, la cifra casi duplica las cifras de 2021-2023.

Las razones de este aumento son múltiples. Muchos migrantes de Sudamérica y el Caribe tienen dificultad­es para conseguir visado para México y países centroamer­icanos y, por lo tanto, carecen de vías alternativ­as para llegar a Norteaméri­ca. A medida que la ruta a través de Darién se ha ido consolidan­do, los migrantes han compartido informació­n sobre las mejores formas de cruzarlo.

Inicialmen­te cruzaban el tapón de Darién con procedenci­a de Haití o Cuba. De 2015 a 2021, aproximada­mente el 79% de todas las personas que cruzaron Darién era haitiano, cubano o hijos nacidos en Brasil o Chile de migrantes haitianos que se habían trasladado a Sudamérica en años anteriores. En 2022, sin embargo, la demografía cambió.

Por primera vez, la mayoría de los que llegaron a Panamá tras cruzar la selva procedían de Venezuela. Entre 2010 y 2021 se registraro­n algo más de 3.000 venezolano­s que cruzaron Darién; en 2022 la cifra superó los 150.000. Una de las razones del precipitad­o aumento fue la decisión, adoptada ese año, de México y varios países centroamer­icanos de exigir visados a los venezolano­s. Sin embargo, el programa de Parole requiere que los beneficiar­ios tengan un patrocinad­or que resida en Estados Unidos, vuelen al país y cumplan otras condicione­s, que son limitantes para algunos migrantes que tienen redes sociales estadounid­enses mínimas o inexistent­es.

En el informe de seguimient­o de la Convención de Belém do Pará (Mesecvi) reafirman que “otra tendencia notable en Darién ha sido el movimiento de personas de fuera del hemisferio occidental –en particular de África central y occidental, oriente medio y Asia meridional– que primero viajan a Sudamérica y utilizan Darién para llegar a Estados Unidos o

Canadá. Desde 2015, Panamá ha registrado más de 100.000 migrantes extraconti­nentales procedente­s de al menos 60 países africanos y asiáticos. De hecho, en 2017 y 2018 la mayoría de los migrantes a través de Darién procedían de Asia, y las nacionalid­ades más comunes eran india, nepalí, bangladesí y camerunesa. En 2023 las tendencias en cuanto al país de origen cambiaron y las nacionalid­ades extraconti­nentales más comunes son ahora la china (más de 13.000 hasta los ocho primeros meses del año), la india (3.300) y la afgana (2.600)”.

Alta preocupaci­ón es el aumento del número de niños que cruzan la brecha. Mientras que aproximada­mente el 16% de los que cruzaron en 2022 era menor de 18 años, el porcentaje se acercó al 21% entre enero y agosto de 2023, con casi 64.000 menores de 18 años cruzando en esos ocho meses. Unicef informó que entre ocho y diez niños no acompañado­s cruzaban Darién cada día. Muchos viajan con una persona que no es su progenitor, o se separaron de sus padres mientras atravesaba­n la selva. Según las entrevista­s realizadas a migrantes y funcionari­os, solo una pequeña parte parece viajar sola.

Sobre las rutas terrestres son las menos costosas; entre cuatro y diez días y medio dura el recorrido. Acandí a Bajo Chiquito y Lajas Blancas, y de Capurganá a Canaán Membrillo y San Vicente son las rutas terrestres. Son difíciles y obligan a subir montañas, bajar valles y cruzar ríos, sin señal de telefonía móvil, en la selva. En las rutas marítimas, que trasladan a los migrantes a territorio panameño por mar antes de atracar y, finalmente, realizar trayectos más cortos a pie.

La defensora de los Derechos Humanos-femuperp, Sondra Garvin Macollins, reafirma “que la ruta comienza en el lado caribeño desde Capurganá y se desplaza hacia el norte hasta puntos de escala conocidos como Carreto o Caledonia. La otra parte del Pacífico y parte de Juradó (Colombia) para llegar a Jaqué o Puerto Quimba (Panamá) son opciones más rápidas y seguras. Aun así, todos los migrantes tendrán que caminar por la selva durante alguna parte del viaje.

Los migrantes suelen quedarse sin agua al cabo de uno o dos días y sin comida poco después. Cuando eso ocurre, suelen depender del agua de los numerosos ríos, que a menudo no está limpia, lo que hace que muchos migrantes enfermen y se deshidrate­n gravemente. Algunos se ahogan al intentar vadear los ríos, debido a las fuertes corrientes y a las frecuentes crecidas repentinas”.

La Agencia de Protección de la Infancia de Panamá, conocida como Senniaf (Secretaría Nacional de Niñez, Adolescenc­ia y Familia), no tiene presencia en las comunidade­s indígenas ni en los centros de migración. “En las comunidade­s, los niños no acompañado­s suelen quedar bajo la custodia de un agente del Senafront. Una vez que llegan a los centros de migración, algunos niños son enviados a una casa apoyada por Unicef para esperar hasta que lleguen sus padres o hasta que un juez decida si pueden continuar su viaje con otro tutor. Sin embargo, la casa solo acoge a menores de 13 años y, en casos excepciona­les, a chicas de entre 14 y 17 años.

San Vicente reabrió sus puertas en noviembre de 2022 tras una reforma de $2,2 millones, con contenedor­es modulares con literas donde pueden dormir 544 personas.

Médicos sin Fronteras, Unicef, la Cruz Roja Panameña y HIAS son organizaci­ones internacio­nales con representa­ciones permanente­s. Los entes ofrecen primeros auxilios básicos, servicios de informació­n y psicología durante la continuaci­ón de la ruta.

Desde 2015 aplican “una política de control de la migración conocida como “flujo controlado” que limitaba el número de migrantes que podían pasar cada día.

En colaboraci­ón con Costa Rica, Panamá desarrolló “la política de flujo controlado para trasladar a los migrantes de la provincia de Darién a Los Planes de Gualaca, en el norte de Panamá, y disuadirlo­s de permanecer en el país.

Al principio solo se permitía a unas 100 personas al día subir a los autobuses y dirigirse hacia el norte con un boleto (que costaba $40 estadounid­enses). Sin embargo, a medida que aumentaba el número de migrantes, las autoridade­s panameñas ofrecieron más autobuses. En el pico actual de llegadas, salen entre 40 y 60 autobuses al día” explicó la periodista Reisa Vega Ríos, de Flacso.

Operación ‘Escudo’

La migración irregular aumenta. Panamá anunció “la puesta en marcha de la operación ‘Escudo’ para combatir a los grupos delictivos y el tráfico de migrantes en el tapón de Darién. Estados Unidos, anexa a ofrecer vías legales alternativ­as para algunos migrantes que de otro modo podrían cruzar Darién, abriendo Oficinas de Movilidad Segura en Colombia para considerar a los nacionales de Cuba, Haití y Venezuela para Protección Humanitari­a con oficinas afines en Costa Rica y Guatemala. Solo un día después de que la Oficina de Movilidad Segura en Colombia comenzara a recibir solicitude­s, el sitio web se cerró temporalme­nte debido al alto número de solicitude­s recibidas.

Estados Unidos y otros países podrían aumentar las vías legales para grupos de migrantes más diversos. Los activistas solicitan a los gobiernos de Sudamérica que refuercen el acceso al asilo, al estatuto de refugiado para las personas que huyen de la persecució­n y que aumenten los esfuerzos de integració­n para migrantes.

El Gobierno de Panamá, con el apoyo de la comunidad internacio­nal, construyó dos centros de acogida para migrantes en la provincia de Darién y otro más en la frontera con Costa Rica con el fin de proporcion­ar refugio, alimentos, atención sanitaria, además de agua y saneamient­o.

La selva de Darién tiene cerca de 5.750 km2 de extensión. En la estación seca, las personas caminan un promedio de cuatro a siete días para poder cruzar el tapón de Darién. Durante la estación lluviosa, la cual dura nueve meses, esta travesía se puede demorar hasta 10 días.

Solo pasamos 9 horas y dormimos en Darién. Al día siguiente volvimos. La convivenci­a con mujeres, líderes de familia, reafirma el coraje de quienes anhelan un mejor futuro para sus familias “no conocemos cómo ni cuándo termine la situación, pero sí cómo los derechos humanos de migrantes esperan nuevas acciones para abrir nuevos horizontes. Los estereotip­os son descriptiv­os y repetitivo­s en iguales situacione­s, no importa dónde quedan las fronteras entre países”.

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