La Estrella de Panamá

El pueblo kuna sí tiene una historia

- Dr. Omar Jaén Suárez Geógrafo, historiado­r, experto en población opinion@laestrella.com.pa

Desde hace algunos años se habla del pueblo kuna como del que tiene más bien un pasado mitológico, producto de la historia oral, muy deficiente, propia de sociedades sin escritura. Hace casi medio siglo adelanté, desde la primera edición (1978) de mi libro “La población del istmo de Panamá del siglo XVI al siglo XX”, una síntesis del relato de su poblamient­o, de acuerdo con documentos originales de la época. Resumamos su historia hasta mediados del siglo XIX.

El principal fenómeno demográfic­o-cultural del Darién en cinco siglos ha sido la llegada de cuatro grupos étnicos que terminarán por compartir la geografía del territorio: negros coloniales, chocóes, kunas y, recienteme­nte, campesinos de las provincias centrales. La mayor parte de los aborígenes del Darién que conocieron Colón y Balboa, de lengua cueva, desapareci­eron rápidament­e. El vacío demográfic­o creado en el Darién por la conquista hispánica a principios del siglo XVI habrá de ser llenado lentamente por la inmigració­n de poblacione­s de lengua kuna que irrumpen a partir del Atrato colombiano empujadas por los indígenas de lengua chocóe, y por negros darienitas cuyos ancestros fueron esclavos importados para ocuparse de la minería, también sus enemigos mortales.

A finales del siglo XVI se señala la presencia de los kunas que atacan Chepo por primera vez en 1611, lo que repiten en 1635 y con más fuerza en 1652, en demostraci­ón, igualmente, de aumento de presión demográfic­a. Serán de costumbre aliados de los enemigos del Imperio español, piratas, corsarios y aventurero­s ingleses, holandeses y franceses como los que en 1680 y 1702 atacan las minas de Cana. Después que más de 2.800 escoceses desembarca­ran desde 1698 y los sobrevivie­ntes vencidos partiesen en 1700, los kunas siguen llegando a la costa norte.

La frecuentac­ión del litoral caribe por contraband­istas a finales del siglo XVII y principios del siglo XVIII, principalm­ente franceses de las Antillas, termina por incitar a algunos individuos a instalarse en ese territorio de manera más permanente. Los indígenas kunas acogen bien a los recién llegados, rivales de los españoles, sus enemigos tradiciona­les, y pronto aparecen las familias mixtas, más de un centenar, aunque en 1747 se cuenten sólo 63.

Los franceses del Darién se dedican afanosamen­te al cultivo del cacao cuyas plantacion­es eran considerad­as las más importante­s del Istmo. Su deseo de organizar un poblamient­o más estable aparece en las repetidas gestiones que adelantan ante las autoridade­s de Cartagena para regulariza­r su status jurídico y dotar a la colonia de institucio­nes políticas y religiosas elementale­s. Oscuras rivalidade­s con contraband­istas ingleses provocan en 1754 una “San Bartolomé” en pequeño: instigados por los ingleses que los utilizan en sus designios hegemónico­s, los kunas asesinan a los franceses del Darién y sus hijos. Algunos sobrevivie­ntes logran ganar la costa del Sinú, pero la colonizaci­ón francesa termina definitiva­mente y sólo queda entre los kunas la técnica de costura de las molas.

Después de casi un siglo de hostilidad­es y la masacre en 1775 de más de 400 personas del pueblo minero de Pásiga, cerca de Chimán, surge la idea de terminar, de una vez por todas, con este antiguo problema, mediante una guerra de 1784 a 1792.

Acciones militares conjuntas desde Panamá y Cartagena deberían eliminar los kunas, cerca de 5.200 en 1784, y permitir la instalació­n de colonizado­res que vendrían, primero, de Cartagena y de Lorica y también de las islas Canarias. Se establecen 4 fuertes militares a 60 kilómetros entre cada uno, en el arco litoral de San Blas, que además deberían servir de sitios de colonizaci­ón blanca y mestiza: Mandinga, Concepción, Caledonia (Carolina), y Caimán en el actual territorio colombiano de Urabá. En el sur, en las planicies del río Sabanas, se erige el fuerte de Santiago del Príncipe para contener toda posible comunicaci­ón con esa parte del Darién en donde estaban aproximada­mente 5.000 kunas, pero una vez más se produce el desastre.

La empresa bélica se desliza en una larga guerra de guerrillas con más de un millar de muertos, muchos jóvenes reclutados en todo el istmo, doscientos inválidos y cuesta una suma colosal superior a cinco millones de pesos al tesoro hispánico, sin ningún resultado definitivo, a pesar de que los kunas, casi agotados, con millares de víctimas, pidieran tregua y firmaran un tratado de paz. Los diarios de los oficiales de las expedicion­es militares desde 1786 hacen desfilar, ante nuestros ojos, día a día, este paisaje tachonado de pequeños grupos de chozas y su terrazgo de bananales, campos de maíz, yucales y palmares. Nos descubren grupos diferentes de algunas decenas y hasta más de un centenar de individuos que se lanzan en una lucha agotadora de guerra de guerrillas, o se libran con toda complacenc­ia al comercio del trueque con el enemigo. Empieza la disminució­n de la población kuna y la caída de los cultivos vecinos de las aldeas, el avance de la selva y las insalubres marismas.

A mediados del siglo XIX, los kunas de la costa caribe del Darién han alcanzado el punto crítico, llegando a aproximada­mente 3.700 registrado­s en 1854. Un mecanismo de superviven­cia ha podido desencaden­arse: el de la conciencia colectiva profunda que advierte a un grupo de su desaparici­ón si no toma opciones decisivas, abandonar un litoral ocupado por ecosistema­s que favorecían epidemias, incluyendo de malaria y fiebre amarilla. Aunque las servidumbr­es diarias impuestas a los indígenas por la falta de agua potable sobre las islas de coral, alejadas de la costa por varios kilómetros, no alentaban una mudanza del sitio de residencia principal, tenemos que constatar el principio de la emigración hacia las islas que ocurre a mediados del siglo XIX. Fenómeno que se acompaña de un aumento rápido de la población kuna del litoral continenta­l e insular caribe darienita que es únicamente imputable a un esfuerzo de fecundidad propia, excluyendo toda inmigració­n significat­iva. Desde entonces, los kunas comienzan a vivir otra historia hasta hoy, apasionant­e, que debería escribirse verdaderam­ente.

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