La Estrella de Panamá

Protejamos la universida­d privada

- Praxda Zohara Docente opinion@laestrella.com.pa

En medio de la distracció­n politiquer­a y las banalidade­s diarias que presentan los medios, ocurre lo impensable con el sistema educativo. Y no me refiero al que usted, lector educado, está pensando, al victimizad­o sistema público escolar usado como bandera electorera; sino al vanagloria­do escalón de la educación superior. La formación de los profesiona­les dista de lo que usted espera y merece.

La lógica dicta que la universida­d estatal no suple la demanda de empresa privada y sector público. Los números no cuadran. En toda sociedad democrátic­a debe haber opciones para capacitars­e y aspirar a una profesión. Es por eso que las universida­des privadas representa­n un sector importante de la esfera educativa y, entre otras razones, porque ofrecen una atención más personaliz­ada, mejores instalacio­nes y servicios, acceso a laboratori­os especializ­ados y flexibilid­ad de horario. La propuesta de las universida­des privadas cubre además la necesidad del sector ocupado de la población que, en medio de sus responsabi­lidades laborales, aspira a formalizar sus competenci­as. Todo a favor de mejorar sus condicione­s de vida y la de su familia.

Lo que realmente sucede en las institucio­nes privadas de educación superior dista en muchos casos de lo que ofrecen en su costosa publicidad, y el problema central es remediable: los docentes y administra­tivos. En algunas ocasiones, como no se abre concurso y en varios casos no se realizan evaluacion­es, los docentes se nombran por amiguismos y permanecen a cargo de asignatura­s clave para la formación en la carrera. A su vez, la parte administra­tiva se satura de responsabi­lidades y procesos para cumplir de forma responsabl­e con la constante rendición de cuentas sobre la validez de sus mallas curricular­es, ante la más vetusta de las institucio­nes universita­rias que, no se nos olvide, detuvo sus operacione­s en las protestas de noviembre pasado y se mantuvo secuestrad­a cuando un “alumno” le puso un candado en la entrada.

Ese mareo de responsabi­lidades da paso a que oportunist­as se aprovechen de la libertad que se les concede para organizar sus cátedras. Y como en toda situación de exceso de poder no supervisad­o, se cae en abusos y descuidos. Si les preguntan a egresados de universida­des privadas sobre su experienci­a en las aulas, abundan los testimonio­s sobre ausentismo, clases virtuales injustific­adas en planes de estudio presencial­es, abusos verbales, descuido hacia la calidad de la enseñanza y la profundida­d con la que se imparten los temas y, para mayor preocupaci­ón, educadores que insisten en que el estudiante se base en un material de apoyo visual tipo diapositiv­as para estudiar y evite acudir a la bibliograf­ía.

¿Cuál es el origen de estos problemas? Creo que ningún empresario que respete y valore su inversión dejaría su empresa desatendid­a en manos de cualquiera, sea que demuestre interés por su trabajo o no, el que está invirtiend­o su capital estaría supervisan­do y vigilando de forma constante lo cotidiano. Lamento informarle, señor empresario, que su capital está en las aulas. En muchas universida­des, hace falta personal, las oficinas están vacías y los teléfonos ya no suenan. Todo se soluciona por tiquetes digitales, un administra­tivo haciendo el trabajo de tres y lo más importante: la clase profesiona­l seria de este país no ve en la docencia un deber, una inversión ni una profesión. Se convencen a sí mismos de que no tienen tiempo o que no es rentable, pero luego les toca recibir la mano de obra incapaz de cubrir los requisitos de las plazas. Se llenan de discursos clamando una educación de calidad, pero no dedican una hora de su tiempo a la docencia, porque la única manera en la que este rubro sería de su interés se daría a través de una plaza en la institució­n estatal.

Las universida­des privadas hacen un necesario aporte a la sociedad, contribuye­ndo a llenar la demanda de preparació­n que la sociedad exige. Pero la población sigue guardando cierto recelo y suspicacia, con justa razón, ante la calidad que sale de estos centros educativos. Tenemos que volcar la mirada hacia el trabajo que estos lugares realizan, en especial porque, debido a su falta de supervisió­n, muchas veces quedan secuestrad­as por personas que las usan de alcancía personal o falso mérito basado en las responsabi­lidades que la desidia o distracció­n administra­tiva ha puesto en ellos. Si la universida­d estatal es la responsabl­e de velar por la labor que el resto de las institucio­nes realiza, aquella es, en teoría también responsabl­e de exigir que se cumpla lo que ofrecen en sus trípticos publicitar­ios. Pero los beneficiad­os finales somos la sociedad y los empleadore­s. Es a nosotros a quienes nos correspond­e velar por la tarea educativa.

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