CUAN­DO FUI MA­MÁ

Mujer (Panama) - - Consultori­o -

Con­ver­tir­me en ma­dre ha si­do qui­zás uno de los cam­bios más com­ple­jos y pro­fun­dos que he po­di­do ex­pe­ri­men­tar, sin a ve­ces po­der po­ner­le pa­la­bra a to­do lo que sien­to y pienso (y eso que soy psi­có­lo­ga). Es co­mo una me­ta­mor­fo­sis continua. To­do cam­bia. En ti, hay una pro­fun­da re­es­truc­tu­ra­ción del yo; de tu iden­ti­dad. Hay un des­per­tar de emociones. To­do cam­bia a tu al­re­de­dor; ocu­rre un nue­vo sim­bo­lis­mo a las co­sas que qui­zás an­tes con­si­de­ra­bas ba­na­les, co­mo lo eran los cam­bia­do­res, te­ner fie­bre o lo que es dor­mir una no­che com­ple­ta. Hay una re­de­fi­ni­ción de lo que es un even­to y que co­bra una im­por­tan­cia in­creí­ble: ese pri­mer pa­so, esa gra­dua­ción, las fies­tas de cum­plea­ños, muy pronto la Na­vi­dad y, por qué no tam­bién, el Día de la Ma­dre.

Pe­ro, ¿qué sig­ni­fi­ca el Día de la Ma­dre? Pa­ra un hi­jo pue­de ser la po­si­bi­li­dad de ex­pre­sar gra­ti­tud por to­do lo que nos ha dado nues­tra ma­dre, de­mos­trar­le nues­tro amor y pre­miar a esa mu­jer con re­ga­los, tar­je­tas y qui­zás una se­re­na­ta. Pe­ro pa­ra una ma­dre, ¿qué sig­ni­fi­ca?

Pa­ra mí, es una mez­cla de cons­tan­te ex­tre­mos. Es pro­te­ger y sol­tar, dar es­pa­cio y po­ner lí­mi­tes, es amar, pe­ro en mo­men­tos tam­bién eno­jar­se, es es­tar can­sa­da y sa­car ener­gía, es que­rer de­cir “sí” a to­do, pe­ro entender que el “no” es igual de importante. Es du­dar de to­das tus de­ci­sio­nes y, fi­nal­men­te, aca­tar con una. Es per­do­nar­te cuan­do no que­rías equi­vo­car­te, pe­ro lo hi­cis­te. Es dar to­do de ti, pe­ro tam­bién dar­te a ti. Es acer­tar y fa­llar cons­tan­te­men­te. Es sen­tir­se atra­pa­da en los mo­vi­mien­tos de la me­ce­do­ra, que a ve­ces cal­man, pe­ro otras ve­ces ma­rean.

Es ser res­pon­sa­ble por com­ple­to de otra per­so­na y cuan­do ya lo­gras acos­tum­brar­te, to­ca entonces sol­tar. Es a ve­ces ha­cer­lo to­do al re­vés. Co­mo pro­fe­sio­nal, mu­chas ve­ces pa­sa­mos de la teo­ría a la prác­ti­ca. Co­mo ma­dre a ve­ces no en­con­tra­mos nin­gu­na teo­ría y sal­ta­mos a la prác­ti­ca, co­mo se pue­da, es­pe­ran­do acer­tar, con un ojo ce­rra­do y el otro en­tre­abier­to; tal cual una pe­lí­cu­la de mie­do.

No hay re­to más gran­de que criar a otro ser hu­mano, no hay sa­tis­fac­ción más gran­de que lo­grar­lo, pe­ro así mis­mo no hay la­bor más di­fí­cil que esta. Y ni ha­ble­mos de los mie­dos.

Los mie­dos reales, irrea­les, los pen­sa­mien­tos que ace­chan, los fan­tas­mas de tu pa­sa­do, las re­glas de las otras ge­ne­ra­cio­nes, y el sin­fín de pre­sio­nes so­cia­les. To­do aque­llo que te ha­cen a ti sen­tir­te a ve­ces chi­qui­ti­ta, que­rien­do re­fu­giar­te en los bra­zos de quie­nes te da­ban pro­tec­ción. In­clu­so a ve­ces re­fu­giar­te en los abra­zos de tus pro­pios hi­jos. Los mie­dos; esos tam­bién to­can en­fren­tar­los.

A ve­ces la ba­ta­lla es con­ti­go mis­ma (mu­chas ve­ces lo es). Tal cual co­mo cuan­do crees que do­mi­nas un as­pec­to de la ma­ter­ni­dad; la vi­da te po­ne un re­to nue­vo y ahí te en­cuen­tras, una vez más inex­per­ta, in­de­fen­sa y vul­ne­ra­ble mi­ran­do a to­dos la­dos en bus­ca de so­lu­cio­nes pa­ra so­lo en­con­trar­te con la ver­dad ab­so­lu­ta: No hay ma­nual pa­ra ser pa­dres. A ve­ces se uti­li­za el co­ra­zón, otras ve­ces la ca­be­za. Mu­chas ve­ces se pue­de pe­dir con­se­jos, y en otras to­ca edu­car­se. El apren­di­za­je es cons­tan­te y es mu­tuo. El de los hi­jos y el nues­tro.■

MARINE PEYRONNET l con­sul­to­[email protected]­sa.com l @Psi­co­lo­gaMa­ri­ne Psi­có­lo­ga y Te­ra­peu­ta Fa­mi­liar, de Pa­re­jas e In­di­vi­dual en Ho­lis­tic Mind Steps. De ori­gen fran­cés y panameña de co­ra­zón. Cu­rio­sa por na­tu­ra­le­za y en cons­tan­te for­ma­ción; cree fiel­men­te que a tra

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