Hé­le­ne Bree­baart

APA­SIO­NA­DA, SEN­CI­LLA Y HU­MIL­DE. HELENE EJEM­PLI­FI­CA LO QUE SE PER­DIÓ Y HOY SE TRA­TA DE RE­CU­PE­RAR: TRA­BA­JAR CON DE­DI­CA­CIÓN Y AMOR, EXAL­TAN­DO NUES­TRA HU­MA­NI­DAD.

Mujer (Panama) - - Index - MA­CA­RE­NA BACHOR ma­ca­re­[email protected]­sa.com ma­qui­ba­chor

Co­no­cí a Hé­le­ne fren­te a fren­te en un ca­ta­ma­rán una no­che de un sá­ba­do ha­ce al­gu­nos fi­nes de se­ma­na atrás (aun­que ya ha­bía es­cu­cha­do de ella y pre­sen­cia­do sus des­fi­les en el Fas­hion Week Pa­na­má). Su fa­mi­lia y la mía ha­bían he­cho re­ser­va­cio­nes pa­ra ce­nar en un res­tau­ran­te en una is­la cer­ca­na a la ciu­dad, en el via­je de ida fue que nos co­no­ci­mos. La conversaci­ón ini­ció por­que le hi­ci­mos (mi tío y yo) el fa­vor de to­mar­le una fo­to con su hi­ja. Me pre­gun­tó ha­ce cuan­to tiem­po vi­viía en Pa­na­má, y aun­que yo sa­bía con quien es­ta­ba ha­blan­do, se pre­sen­tó co­mo Helene Bree­baart, di­se­ña­do­ra de mo­da. Le co­men­té que ha­bía vis­to al­gu­nas de sus co­lec­cio­nes en el Fas­hion Week, y lue­go la conversaci­ón de­ri­bó ha­cia la de­co­ra­ción y di­se­ño de mue­bles. En ese en­cuen­tro ca­sual, con true­nos y mu­cha bru­ma ma­ri­na, to­mé sus da­tos, un día des­pués la lla­mé pa­ra po­der ver la po­si­bi­li­dad de en­tre­vis­tar­la, y si hay al­go que me de­jó asom­bra­da fue su sen­ci­llez, aper­tu­ra y fa­ci­li­dad con la cual res­pon­dió. Dos días des­pués es­ta­ba en la puer­ta de su ca­sa, don­de me re­ci­bió con la mis­ma hu­mil­dad y sen­ci­llez con la que se pre­sen­tó aque­lla no­che. Hi­ci­mos un re­co­rri­do por sus ta­lle­res, y lue­go, con la ayu­da de al­gu­nos re­fres­can­tes tra­gos, pu­di­mos con­ver­sar vien­do an­ti­guas fo­tos...

¿Có­mo co­men­zó to­do es­te amor por el di­se­ño y el ar­te?

Na­cí con es­to. Mi abue­la co­sía, ha­cía ta­pi­ce­ría por­que eso es lo que se ha­cía en Fran­cia. Mi ma­má pin­ta­ba tam­bién. Te­nía­mos un apar­ta­men­to gran­de, éra­mos cua­tro hi­jos. En ese mo­men­to no ha­bía Prêt-à-por­ter, ha­bía di­se­ña­do­res de al­ta cos­tu­ra o un Prêt-à-por­ter muy bá­si­co y muy feo. En­ton­ces, te­nía­mos una cos­tu­re­ra en la ca­sa a tiem­po com­ple­to y yo le ayu­da­ba a co­ser. En aquel tiem­po en la es­cue­la nos en­se­ña­ban a co­ser, aho­ra no se en­se­ña na­da de eso. En esos días ayu­da­ba, iba a bus­car la te­la con mi ma­má, di­se­ña­ba mi ro­pa y le ayu­da­ba a la cos­tu­re­ra, Mar­ga­ri­te, a co­ser. Tam­bién pin­ta­ba, más que to­do me gus­ta la pin­tu­ra, ese fue el pri­mer acer­ca­mien­to con es­to... na­cí con ello prác­ti­ca­men­te.

Y lue­go, ¿có­mo fue su pro­ce­so de for­ma­ción en es­tos ru­bros?

Es­tu­dia­ba en una es­cue­la ca­tó­li­ca, y una de las mon­jas me di­jo: “De­be­rías ser pe­rio­dis­ta”, por­que me en­can­ta­ba la fi­lo­so­fía, la li­te­ra­tu­ra, no me gus­ta­ban to­das las co­sas téc­ni­cas. Pe­ro lo que más dis­fru­ta­ba eran los jue­ves, las cla­ses de pin­tu­ra. En­ton­ces, des­pués del ba­chi­lle­ra­to me ins­cri­bí en el Ins­ti­tu­to Ca­tó­li­co pa­ra es­tu­diar His­to­ria y Geo­gra­fía, y tam­bién en el Eco­le du Lou­vre, que es la es­cue­la de His­to­ria del Ar­te, pe­ro me abu­rría mons­truo­sa­men­te te­ner que re­cor­dar tan­tas fe­chas. Dis­fru­ta­ba más de las cla­ses de pin­tu­ra. En ese mo­men­to, mis pa­dres te­nían unos ami­gos que eran de los Es­ta­dos Uni­dos, y me di­je­ron: “Tú tie­nes que apren­der in­glés”. Te­nía 20 años, y me in­vi­ta­ron a pa­sar un año en Palm Beach, Flo­ri­da. En Palm Beach to­mé cla­ses de Se­cre­ta­ría de Ge­ren­cia que me sir­vió mu­chí­si­mo por­que te en­se­ñan có­mo pre­sen­tar­te fren­te a la fo­to­gra­fía, te­le­vi­sión, có­mo ca­mi­nar, có­mo ves­tir­te, có­mo es­cri­bir a má­qui­na. Fi­nal­men­te, de se­cre­ta­ria no ser­vía, pe­ro me en­se­ñó mu­chas co­sas. Cuan­do re­gre­sé de Palm Beach, tra­ba­jé un tiem­po con mi pa­pá, pe­ro me abu­rría. Allí se me ofre­ció la opor­tu­ni­dad de ser se­cre­ta­ria de una ca­sa de com­pras lla­ma­da Con­ti­nen­tal Pur­cha­sing Com­pany, tra­ba­jé allí por dos años co­mo se­cre­ta­ria, y des­pués fui com­pra­do­ra. Me en­can­tó el tra­ba­jo.

¿Có­mo fue en­ton­ces su pri­mer en­cuen­tro con Pa­na­má?

Cuan­do tra­ba­ja­ba co­mo com­pra­do­ra, la di­rec­to­ra de la com­pa­ñía me dio la cuen­ta de un clien­te que no es­ta­ba con­ten­to con el desem­pe­ño y el ser­vi­cio que ha­bía re­ci­bi­do, él era Her­bert Le­vi­ne, un fa­bri­can­te de za­pa­tos muy re­co­no­ci­do. Beth Le­vi­ne es uno de los que es­tá en to­dos los li­bros de mo­da co­mo di­se­ña­dor de za­pa­tos ame­ri­cano. Fue mi pri­mer tra­ba­jo co­mo com­pra­do­ra, me en­can­tó y a él tam­bién le en­can­tó. Des­pués de un año me di­ce “por qué no vie­nes a vi­vir a Nue­va York, yo te em­pleo”. Pe­ro mis pri­mos te­nían una co­no­ci­da que era di­rec­to­ra de Ch­ris­tian Dior, en la par­te de ma­qui­lla­je y perfumería, y es­ta­ban bus­can­do gen­te, y en el 68 ha­bía un am­bien­te ho­rro­ro­so en Fran­cia y acep­té el tra­ba­jo. Co­men­cé con Es­pa­ña, des­pués con In­gla­te­rra y lue­go se die­ron cuen­ta de que ha­bla­ba bien in­glés. Y me die­ron las Is­las Vír­ge­nes, Ca­na­dá, Es­ta­dos Uni­dos, y to­do Amé­ri­ca Cen­tral. Allí co­no­cí Pa­na­má, lle­gué en abril del 69, ha­bía un so­lo edi­fi­cio en Pai­ti­lla. Cuan­do vi el Cas­co Vie­jo de­cía: “Es­ta­mos en Ve­ne­cia”. Ma­ra­vi­llo­so ese mo­men­to.

¿Qué co­sas ate­so­ra de Fran­cia to­da­vía?

Creo que te­ne­mos una tra­di­ción por las co­sas bien he­chas. Una tra­di­ción de la ele­gan­cia, que se es­tá per­dien­do un po­co. Por eso creo que el fu­tu­ro de la mo­da es­tá en Amé­ri­ca La­ti­na. En Pa­na­má te­ne­mos que apren­der mu­cho to­da­vía de la fa­bri­ca­ción y la cos­tu­ra, es un país jo­ven. Creo que los paí­ses ve­ci­nos co­mo Co­lom­bia, Ve­ne­zue­la, Pe­rú, Ar­gen­ti­na tie­nen más tra­di­ción. Pe­ro tam­bién creo que aquí se mez­clan las cul­tu­ras y te­ne­mos que dar de no­so­tros mis­mos pa­ra ge­ne­rar un in­ter­cam­bio.

¿Qué co­sas le lla­ma­ron la aten­ción de es­te país?

Me enamo­ré de una vez de Pa­na­má. Es un país her­mo­so, don­de la gen­te me adop­tó. En esa épo­ca, en un via­je a Baha­mas, un día vino Jan Bree­baart, un ho­lan­dés que era el di­rec­tor de Ven­tas de Cir­co (una com­pa­ñía de dis­tri­bu­ción) y me di­jo: “Quie­ro ca­sar­me con­ti­go”. Él vi­vía en Colón. Así que allí hi­ce mi ni­do. Y des­pués tu­vi­mos dos hi­jos. Creo que Pa­na­má es un país abier­to. De to­dos los paí­ses de Amé­ri­ca La­ti­na, es el más abier­to a to­das las cul­tu­ras, creen­cias. Lo úni­co es que tie­nes que dar de tú mis­mo pa­ra que te acep­ten. Ten­go que de­cir igual que tu­ve una bue­na puer­ta de en­tra­da con mi ma­ri­do, que era ado­ra­do por to­da la gen­te.

En sus con­fec­cio­nes la mo­la es un ele­men­to re­pe­ti­ti­vo, ¿por qué lo es­co­gió co­mo ‘leit­mo­tiv’?

Por­que uno de mis pri­me­ros via­jes en Pa­na­má fue a Gu­na Ya­la. Hi­ci­mos allí una reunión con mu­chas per­so­nas que ve­nían de to­das par­tes de La­ti­noa­mé­ri­ca. Y des­pués, yo siem­pre di­go que na­cí con cua­tro par de alas, mi pa­pá se lla­ma­ba Pi­geon (pa­lo­ma) y mi abue­lo fue el pri­mer pi­lo­to del mun­do en al­can­zar mil me­tros de al­tu­ra en 1912. Me en­can­ta­ba vo­lar, en­ton­ces des­pués de cua­tro años de vi­vir en Colón, de­ci­di­mos vi­vir en la ciu­dad. Pe­ro mi ma­ri­do via­ja­ba to­dos los días a Colón, no ha­bía au­to­pis­ta en ese mo­men­to. En­ton­ces, de­ci­di­mos com­prar un Cess­na, y to­mé cla­ses de avia­ción e íba­mos to­dos los fi­nes de se­ma­na a Gu­na Ya­la, o a Cos­ta Ri­ca, pe­ro más que na­da a Gu­na Ya­la. En uno de esos via­jes vi a es­tas

mu­cha­chas con es­tas te­las y de­ci­dí di­bu­jar la mía pro­pia, y fue una pi­ña. Eso fue an­tes del tiem­po de No­rie­ga, y esa pi­ña fue por­ta­da de Va­ni­da­des.

¿En qué se ins­pi­ra pa­ra lo­grar nue­vas crea­cio­nes y co­lec­cio­nes?

Mi tra­ba­jo siem­pre bus­ca re­sal­tar el la­do hu­mano y ar­te­sa­nal. Esa es la ra­zón por la cual en mis des­fi­les he te­ni­do per­so­nas de 75 años que se han ro­ba­do el “show”, he te­ni­do tam­bién per­so­nas más vo­lup­tuo­sas. A mí lo que me im­por­ta es el ser hu­mano y me ins­pi­ran los con­tex­tos. Si va­mos a te­ner un even­to en la pla­ya, quie­ro que la per­so­na con la que voy a tra­ba­jar se sien­ta bien. Lo que se de­be ha­cer es po­ner en va­lor el cuer­po, la son­ri­sa, el co­lor de piel y de­jar en la som­bra los de­fec­tos. Ne­ce­si­ta­mos des­ta­car no el bling bling del ves­ti­do, sino lo her­mo­so en la si­lue­ta de la mu­jer.

Por úl­ti­mo que­re­mos co­no­cer qué con­se­jos le da­ría a una fu­tu­ra no­via en la bús­que­da de su ves­ti­do.

Te­ne­mos que sa­ber pri­me­ro que la bo­da es pa­ra to­da la vi­da, es un com­pro­mi­so. La pa­re­ja va a te­ner fo­tos de su bo­da pa­ra siem­pre, y si la no­via se po­ne al­go muy ton­to o muy ri­dícu­lo, den­tro de 20 años di­rán: “Tú vis­te có­mo se veía”. Siem­pre hay que sa­ber que la mo­da se re­pi­te, pe­ro la ex­tra­va­gan­cia no se acon­se­ja. Hay que po­ner en va­lor las tra­di­cio­nes y los va­lo­res es­pi­ri­tua­les. Es­to es un com­pro­mi­so es­pi­ri­tual, tie­nes que ver­te acor­de con eso. Pue­des en­se­ñar tu si­lue­ta, pe­ro de una ma­ne­ra her­mo­sa y ar­mo­nio­sa. Lo que lle­ves ese día de­be re­fle­jar lo que tú eres. Ir a un di­se­ña­dor es un con­fe­sio­na­rio, él de­be sa­ber có­mo te sien­tes, quién eres, quién quie­res ser y qué ima­gen quie­res dar. Pa­ra mí, eso es un pri­vi­le­gio, hay muy po­ca gen­te en el mun­do que pue­de ha­cer es­to hoy día.■

“ME ENAMO­RÉ DE UNA VEZ DE PA­NA­MÁ. ES UN PAÍS HER­MO­SO, DON­DE LA GEN­TE ME ADOP­TÓ. DE TO­DOS LOS PAÍ­SES DE LA­TI­NOA­MÉ­RI­CA, ES EL MÁS ABIER­TO”

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