Des­ti­nos: Las mu­je­res que pa­sean

High Class - - CONTENIDO - Por Jaz­mín Ruiz Díaz Fi­gue­re­do

Si me pre­gun­tan qué es lo que más amo de via­jar, lo pri­me­ro que se me vie­ne a la men­te es la sen­sa­ción de re­co­rrer las ca­lles de una ciu­dad a la que lle­go por pri­me­ra vez. Y lo que más dis­fru­to no es lle­gar con una agen­da pla­ni­fi­ca­da con ho­ra­rios y lu­ga­res; por el con­tra­rio, no hay na­da que me cau­se más pla­cer que pa­sear sin rum­bo. Por eso me de­cla­ro una flâ­neu­se em­pe­der­ni­da.

Des­de el mo­men­to mis­mo en que em­pie­zo el re­co­rri­do de una ciu­dad a la que lle­go por pri­me­ra vez, la ni­ña cu­rio­sa que ha­bi­ta en mí se des­pier­ta enér­gi­ca, tra­tan­do de cap­tu­rar ca­da de­ta­lle. Con ella se ac­ti­va una con­cien­cia de em­pe­zar a no­tar que ca­da ciu­dad es un en­tra­ma­do com­ple­jo y di­fe­ren­te de edi­fi­cios, mo­vi­mien­tos, rit­mos, ma­te­ria­les; de có­mo la gen­te se re­la­cio­na con ella, y có­mo le apor­ta, ade­más, la for­ma de ha­blar y ves­tir, un so­ni­do y un co­lor di­fe­ren­tes.

Es la me­lo­día que vie­ne de un mú­si­co ca­lle­je­ro, o la au­sen­cia de ella. Son los olo­res que sa­len de los pues­tos de co­mi­da en las ca­lles o en los mer­ca­dos. Es la mez­cla de las postales que nos le­ga­ron las pe­lí­cu­las y las fo­to­gra­fías de via­jes aje­nos, con cues­tio­nes que no se pue­den de­fi­nir, pe­ro que es­tán en el am­bien­te y que una no las pue­de descubrir has­ta res­pi­rar­lo. Tam­bién son los frag­men­tos de nues­tra his­to­ria per­so­nal, con la que nos re­en­con­tra­mos en ese lu­gar en el que nun­ca an­tes ha­bía­mos es­ta­do.

En Pa­rís es el idio­ma fran­cés, por su­pues­to, la torre Eif­fel, có­mo no, y los Champs Ely­sées, cla­ro que sí. Pe­ro es mu­cho más que eso, más que sus mo­nu­men­tos. Es sa­ber­se en una ciu­dad que fue re­di­se­ña­da de ce­ro, co­mo nin­gu­na otra en Eu­ro­pa, por el ba­rón Hauss­mann a me­dia­dos del si­glo XIX. Es ver las pin­to­res­cas bou­lan­ge­ries prác­ti­ca­men­te en ca­da es­qui­na y en­ten­der has­ta qué pun­to el pan es im­por­tan­te en el día a día de los fran­ce­ses.

Es ver a los bou­qui­nis­tes con sus pues­tos de li­bros usa­dos al ai­re li­bre, a lo lar­go del Se­na, y com­pren­der que hay una tra­di­ción en­tre leer y pa­sear que data de me­dia­dos del si­glo XVI. Es re­co­rrer des­de la zo­na de ca­ba­rés, sex-shops y el Mou­lin Rou­ge en Pi­ga­lle. Per­der­se en los ca­lle­jo­nes de Mont­mar­tre, el ba­rrio bohe­mio, y lle­gar a la Ba­sí­li­ca del Sa­creCoeur pa­ra ad­mi­rar la vis­ta de la ciu­dad des­de allí, y dar­se cuen­ta de có­mo una so­la ciu­dad fue ca­paz de ins­pi­rar a ar­tis­tas, es­cri­to­res, mú­si­cos, ci­neas­tas e his­to­rias de amor —reales y fic­ti­cias— du­ran­te tan­tos si­glos.

Ha­ce po­co, una ami­ga via­jó a Pa­rís por pri­me­ra vez (tam­bién era su pri­me­ra vez via­jan­do so­la). Es­ta­ba he­cha un ma­no­jo de emo­cio­nes: an­sio­sa, en­tu­sias­ma­da, fe­liz… pe­ro tam­bién asus­ta­da. Le di to­dos los con­se­jos per­ti­nen­tes jun­to con la guía que ha­bía pre­pa­ra­do ha­ce unos años, y pa­ra cal­mar sus an­sias

Más allá de las ra­zo­na­bles pre­cau­cio­nes y de las ma­dres preo­cu­pa­das, lo que ha­bi­ta de­trás es un pre­jui­cio so­cial que per­ma­ne­ce, y que to­da­vía mi­ra de ma­la ga­na a una mu­jer que se re­co­no­ce li­bre.

le di­je lo que me hu­bie­ra gus­ta­do que me di­je­ran al ha­ber­me yo aven­tu­ra­do so­la: “cuan­do uno via­ja siem­pre pa­sa que cier­tas co­sas que pla­nea­mos no sa­len co­mo es­pe­rá­ba­mos, pe­ro, tam­bién, co­sas y per­so­nas que no pla­nea­mos apa­re­cen, y esas son las que, al fi­nal, ha­cen de ese via­je una ex­pe­rien­cia úni­ca”. Al vol­ver, mi ami­ga me dio to­da la ra­zón.

Sin em­bar­go, me hi­zo pen­sar en lo que sig­ni­fi­ca pa­ra una mu­jer via­jar so­la. Esa mez­cla de emo­cio­nes que vi­vió mi ami­ga la vi­ví yo tam­bién, y la vi­vió ca­da una de las mu­je­res que co­noz­co que tu­vie­ron la opor­tu­ni­dad de ha­cer un via­je en so­li­ta­rio. Nin­gu­na lo pla­neó de ese mo­do, se dio por­que al­gún cam­bio de pla­nes nos obli­gó a “ani­mar­nos” a dar ese pa­so. Una vez que lo hi­ci­mos, to­das —con di­fe­ren­tes ex­pe­rien­cias— coin­ci­di­mos en que fue una aven­tu­ra desafian­te, de au­to­co­no­ci­mien­to y mu­cho dis­fru­te. Por su­pues­to, no to­do fue per­fec­to; co­mo di­je, las co­sas no van a sa­lir del to­do co­mo lo pla­nea­mos, y esa es la me­jor par­te.

Aho­ra bien, esa an­sie­dad y el te­mor que sen­ti­mos to­das no son sen­sa­cio­nes gra­tui­tas. Más allá de las ra­zo­na­bles pre­cau­cio­nes y de las ma­dres preo­cu­pa­das –a quie­nes amamos así co­mo son–, lo que ha­bi­ta de­trás es un pre­jui­cio so­cial que per­ma­ne­ce, y que to­da­vía mi­ra de ma­la ga­na a una mu­jer que se re­co­no­ce li­bre. La voz que nos ha­bla es la mis­ma que si­gue opi­nan­do so­bre el lar­gor de nues­tras fal­das y el his­to­rial de nues­tras re­la­cio­nes amo­ro­sas.

Sí, via­jar so­las to­da­vía nos da mie­do por­que nos en­se­ña­ron a vi­vir con mie­do, y por­que to­do el mun­do sa­be que, una vez que pa­sa­mos esa ba­rre­ra, ya no hay quién ni qué nos de­ten­ga.

La pri­me­ra vez que via­jé so­la fue pa­ra vi­vir en otro lu­gar, y fue en Fran­cia, el país con el que so­ñé des­de ni­ña, el si­tio don­de tu­ve la opor­tu­ni­dad de ha­cer­lo. Ahí re­des­cu­brí el sa­bor de la co­mi­da, me enamo­ré en pri­mer lu­gar de sus vi­nos (y en se­gun­do, de sus hom­bres) y vi pai­sa­jes tan her­mo­sos que ha­cían que las postales se que­da­ran cor­tas al la­do de es­tos. Co­mo les di­je, una par­te del via­je es lo que se vi­ve ha­cia afue­ra; pe­ro la ma­yor par­te es lo que va­mos pro­ce­san­do por den­tro.

Pen­sé que la ma­yor ex­pe­rien­cia en ese sen­ti­do se­ría ro­mán­ti­ca, pe­ro no fue así. La lec­ción que me to­ca­ba apren­der te­nía que ver con re­des­cu­brir­me, y en ese pro­ce­so, al­go fun­da­men­tal que me su­ce­dió fue en­con­trar­me con una pa­la­bra.

Las pa­la­bras son her­mo­sas por­que crean sen­ti­do. Y sí, sue­na ob­vio, pe­ro me re­fie­ro a que crean sen­ti­do a lo que so­mos, lo que ha­ce­mos, lo que so­ña­mos, lo que amamos y lo que no, lo que mos­tra­mos y lo que pre­fe­ri­mos ocul­tar. Descubrir la pa­la­bra flâ­neur tu­vo ese efec­to en mí. Creó sen­ti­do. Flâ­neur es aquel que “pa­sea sin rum­bo”. La usó Bau­de­lai­re pa­ra des­cri­bir la esen­cia del ar­tis­ta bohe­mio que re­co­rría las ca­lles de Pa­rís en el si­glo XIV, y Walter Ben­ja­min la lle­vó al cam­po aca­dé­mi­co pa­ra re­sal­tar con ella la tras­cen­den­tal re­la­ción del in­di­vi­duo con la ciu­dad que se em­pe­za­ba a for­jar en aque­lla épo­ca.

A mí, esa pa­la­bra me tra­du­jo las ma­ri­po­sas en el es­tó­ma­go que sen­tía ca­da vez que me pa­sea­ba sin rum­bo en cual­quier ciu­dad, pe­ro en pri­mer lu­gar en Pa­rís, por su­pues­to. Por­que sin sus ca­lle­jo­nes que in­vi­tan a per­der­se, esa de­fi­ni­ción no hu­bie­ra exis­ti­do. Tie­ne que

ver con re­co­no­cer­se mu­jer li­bre, cu­rio­sa, ca­mi­nan­te so­li­ta­ria, y sin te­ner que pe­dir dis­cul­pas por eso.

Gran­de fue mi de­cep­ción cuan­do des­cu­brí que el tér­mino flâ­neur no te­nía su equi­va­len­te fe­me­nino en el idio­ma fran­cés (por­que las mu­je­res no fue­ron par­te de ese fe­nó­meno que se for­ja­ba en las ca­lles en aquel en­ton­ces). Pe­ro más gran­de fue mi ale­gría cuan­do, ca­sua­li­dad o cau­sa­li­dad, ha­ce un par de años me to­pé con la re­se­ña de un li­bro que se aca­ba­ba de lan­zar y que, si­glos des­pués, es­ta­ba de­di­ca­do a no­so­tras: Flâ­neu­ses. Des­de en­ton­ces, en­tró a mi lis­ta de tí­tu­los pen­dien­tes.

Ha­ce unos me­ses, du­ran­te una tar­de de in­vierno en Lon­dres, el li­bro me en­con­tró (no fui yo, fue él). Me es­ta­ba mi­ran­do des­de la es­qui­na de un apa­ra­dor en la li­bre­ría del Ta­te Mo­dern. Lo vi cuan­do es­ta­ba de sa­li­da, mi­nu­tos an­tes de que ce­rra­ra el mu­seo. Y me en­con­tró co­mo de­be ser: pa­sean­do sin rum­bo

Flâ­neur es aquel que “pa­sea sin rum­bo”. La usó Bau­de­lai­re pa­ra des­cri­bir la esen­cia del ar­tis­ta bohe­mio que re­co­rría las ca­lles de Pa­rís en el si­glo XIV.

Newspapers in Spanish

Newspapers from Paraguay

© PressReader. All rights reserved.