Po­pe­ye el ma­rino

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Nues­tro gran ami­go Po­pe­ye na­ció ya en el año 1919. Su crea­dor fue un di­bu­jan­te de ti­ras có­mi­cas lla­ma­do E. C. Segar, quien lo cuidó y di­bu­jó has­ta vie­ji­to. Par­tió de es­te mun­do en 1938, cuan­do otros di­bu­jan­tes se hi­cie­ron car­go de po­ner a Po­pe­ye en con­tac­to con sus ami­gui­tos se­gui­do­res. El nom­bre de Po­pe­ye es la unión de pop y

eye, que en in­glés sig­ni­fi­ca ojo sal­tón, pe­ro en reali­dad ha­ce re­fe­ren­cia a su ojo tuer­to, tí­pi­co de los ma­ri­ne­ros. Su nom­bre tie­ne que ver con ese oji­to de nues­tro ma­ri­ne­ro que siem­pre tie­ne ce­rra­do. Así se lla­mó: Po­pe­ye the say­lor: Po­pe­ye el ma­rino. Co­mo sa­brán, Po­pe­ye te­nía una no­via lla­ma­da Oli­via, que es un po­co ton­ta y ena­mo­ra­di­za, pe­ro es sin­ce­ra. Y nun­ca pue­den fal­tar en sus aven­tu­ras su pi­pa ni Blu­to, su eterno enemi­go. En 1939 se in­cor­po­ró a su fa­mi­lia un be­bé, que Po­pe­ye re­ci­bió por co­rres­pon­den­cia. Lo lla­mó Co­co­li­so. Te­nía una mas­co­ta ama­ri­lla muy ra­ra que se lla­ma Eu­ge­nio, y so­lía apa­re­cer tam­bién en al­gu­nos ca­pí­tu­los de su vida Ali­cia, la ami­ga de Oli­via. Po­pe­ye so­lía re­ci­bir el lla­ma­do de per­so­nas pa­ra res­ca­tar al­gún te­so­ro, al­gu­na mas­co­ta o al­go muy va­lio­so. Blu­to, que siem­pre lo es­pia­ba, se en­te­ra­ba del plan, se ade­lan­ta­ba y bus­ca­ba lle­gar pri­me­ro pa­ra sa­car pro­ve­cho de la in­for­ma­ción. His­to­rias co­mo es­tas nos lle­ga­ron des­de el prin­ci­pio en ti­ras có­mi­cas y con el tiem­po en cor­to­me­tra­jes que se emi­tían una vez a la se­ma­na por la te­vé. Eso sí, fue una gran ayu­da la de Po­pe­ye, pues du­ran­te la Se­gun­da Gue­rra Mun­dial, es­tos cor­to­me­tra­jes se pro­du­je­ron al do­ble, pues di­ver­tían a los sol­da­dos, ade­más Po­pe­ye fue di­bu­ja­do co­mo ma­rino de los Es­ta­dos Uni­dos y los alen­ta­ba a ser va­lien­tes. Lo que no po­de­mos de­jar de men­cio­nar es su adic­ción a las nu­tri­ti­vas es­pi­na­cas. En 1954, en una de las ti­ras ani­ma­das ex­pli­có có­mo es que apren­dió a co­mer­las. Con­tó que eso de co­mer aque­llas ver­du­ras ve­nía de sus an­ces­tros grie­gos, re­cor­dó a Hér­cu­les que olía ajo pa­ra te­ner mu­cha fuer­za. El an­ces­tro de Plu­to, pa­ra con­tra­rres­tar el ajo con clo­ro­fi­la, lo arro­jó a una plan­ta­ción de es­pi­na­cas. Hér­cu­les pro­bó un po­co de es­pi­na­cas y se dio cuen­ta de que le da­ba más fuer­zas que el mis­mo ajo. ¡Así na­ció la tra­di­ción de Po­pe­ye y de to­dos los ni­ños del mun­do que apren­die­ron a co­mer ver­du­ras con él! ¡Gran­de, Po­pe­ye!

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