Esos se­res es­pe­cia­les

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En es­tos días, una per­so­na muy im­por­tan­te en mi vida cum­plió 52 años. Él es mi her­mano, Jo­sé Ma­ría. Des­pués de un tiem­po de na­cer, los médicos di­je­ron que se­ría un “ni­ño es­pe­cial”. Y sí, cuán es­pe­cial ha si­do en nues­tras vi­das. Es tan es­pe­cial que la luz de Dios siem­pre ha es­ta­do en sus ojos. Es tan es­pe­cial que nos hi­zo ser más ge­ne­ro­sos, más so­li­da­rios. Es tan es­pe­cial que nos obli­ga a to­dos sus her­ma­nos a se­guir sien­do co­mo ni­ños, a sor­pren­der­nos y ale­grar­nos con las co­sas sim­ples de la vida. Es tan es­pe­cial que re­za to­dos los días, jun­to a mi madre, un Ro­sa­rio por to­dos no­so­tros. Es tan es­pe­cial que un do­min­go en fa­mi­lia es su me­jor re­ga­lo de la se­ma­na. Cuán­tas co­sas me has en­se­ña­do Jo­sé Ma­ría du­ran­te to­da mi vida. Tan­to que tu pre­sen­cia me ha he­cho una per­so­na es­pe­cial. Pi­do a Dios que en­víe mu­chas per­so­nas es­pe­cia­les co­mo vos a es­te mun­do, pues nos ha­cen me­jo­res se­res hu­ma­nos. Dios te ben­di­ga her­mano, te amo y estoy or­gu­llo­sa de que ha­yas lle­ga­do a nues­tra fa­mi­lia. Es­ta­re­mos siem­pre a tu la­do, te cui­da­re­mos siem­pre co­mo a nues­tro be­bé, co­mo a nues­tra jo­ya más pre­cia­da.

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