De en­tre­ca­sa

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Seis ami­gos, ca­da uno con una pro­fe­sión ab­so­lu­ta­men­te di­fe­ren­te, de­ci­den vi­vir jun­tos. Quie­nes ha­yan vis­to la co­me­dia te­le­vi­si­va Friends, po­drían creer que es­ta­mos ha­blan­do del ar­gu­men­to de es­ta icó­ni­ca se­rie nor­te­ame­ri­ca­na de los años 90. Pe­ro no. Se tra­ta de una his­to­ria real que se desa­rro­lla en el cen­tro asun­ceno. Los pro­ta­go­nis­tas son una his­to­ria­do­ra (Be­lén Can­te­ro), un pro­duc­tor de te­vé y ma­qui­lla­dor (Car­los Ca­ñe­te), una tra­ba­ja­do­ra so­cial (Anahí Reuter), un ac­tor (Erik Gehre), una di­se­ña­do­ra grá­fi­ca (Florencia Agui­rre) y un vio­li­nis­ta (Ale­jan­dro Le­des­ma).

Ha­ce un año –“más o me­nos en ju­lio”– sur­gía en el gru­po la idea de bus­car un es­pa­cio pa­ra ha­bi­tar en co­mu­ni­dad, en esa zo­na con una ma­gia es­pe­cial que es el cen­tro de la ca­pi­tal. Así fue que se mu­da­ron a una ca­sa de dos pi­sos en la que ca­da uno tie­ne su pro­pia ha­bi­ta­ción, con una sala, una co­ci­na, dos ba­ños, un pe­que­ño pa­tio in­terno y un bal­cón.

En prin­ci­pio, co­mo pa­ra la ma­yor par­te de quie­nes de­ci­den vi­vir con al­guien que no ne­ce­sa­ria­men­te sea su pa­re­ja sen­ti­men­tal, la de­ci­sión fue mo­ti­va­da por un fac­tor eco­nó­mi­co. “(Vi­vir so­los) no es una op­ción real pa­ra la ma­yo­ría de los jó­ve­nes de hoy. Los al­qui­le­res es­tán muy ca­ros y el cos­to de vida en ge­ne­ral no es sos­te­ni­ble con un suel­do ba­se. Mu­dar­se im­pli­ca te­ner he­la­de­ra, co­ci­na y to­dos los mue­bles; en cam­bio, en­tre va­rios nos com­ple­men­ta­mos, y por se­pa­ra­do no ten­dría­mos ni un cuar­to de las co­mo­di­da­des que te­ne­mos jun­tos. Vi­vir en co­mu­ni­dad es la op­ción que que­da y es un desafío enor­me. Co­no­ce­mos otros gru­pos de ami­gos que vi­ven jun­tos, es un fe­nó­meno nue­vo, so­cial y cul­tu­ral. An­tes, la úni­ca ma­ne­ra de sa­lir de la ca­sa era ca­sar­se (o en úl­ti­mo ca­so ‘jun­tar­se’), más aún pa­ra las mu­je­res; hoy, los pa­ra­dig­mas es­tán cam­bian­do, por suer­te”, co­men­ta Be­lén.

Ade­más de amor­ti­guar los gas­tos, hay otros be­ne­fi­cios de com­par­tir el ho­gar, co­mo lle­gar a la ca­sa y en­con­trar una ca­ra ami­ga que te ayu­de a des­co­nec­tar­te, que te pre­pa­re una me­rien­da o con­tar con que al­guien siem­pre es­té pen­dien­te de tu re­gre­so o se aco­ple a al­gún plan que uno pro­pon­ga, co­mo ci­ta la his­to­ria­do­ra de 26 años. “Te­ne­mos ese víncu­lo que de­ci­di­mos crear en ba­se al res­pe­to. A ve­ces cues­ta, pe­ro es muy gra­to sen­tir­se acom­pa­ña­do, más aún si son tus ami­gos”, agre­ga Car­los.

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