A LOS SAL­TOS.

Ultima Hora - Vida - - De Compas -

la ac­ti­vi­dad fí­si­ca te­nía una pre­sen­cia cen­tral, e in­cluía ca­rre­ras y es­fuer­zos adi­cio­na­les.

Los lu­ga­res en don­de se desa­rro­lla­ban eran el pa­tio o la ca­lle. Cla­ro, en esa épo­ca ha­bía me­nos vehícu­los cir­cu­lan­do, y el em­pe­dra­do y el as­fal­ta­do so­lo cu­brían las ar­te­rias más im­por­tan­tes de la ca­pi­tal y de al­gu­nas ciu­da­des del in­te­rior. Las su­per­fi­cies de jue­go eran de tie­rra o de pas­to.

La lis­ta de los an­ti­guos pasatiempos es ex­ten­sa y al­gu­nos de ellos aún es­tán vi­gen­tes, co­mo la pan­dor­ga, que si bien to­da­vía se tra­ta de re­mon­tar un ar­te­fac­to más pe­sa­do que el ai­re gra­cias a la fuer­za del vien­to, los ma­te­ria­les uti­li­za­dos en su cons­truc­ción y la va­rie­dad de for­mas en ofer­ta ha­cen que es­te jue­go sea di­fe­ren­te al co­no­ci­do por quie­nes hoy es­tán cer­ca de los 50 años de edad.

En­tre los di­ver­ti­mien­tos que ca­si ya no se ven se en­cuen­tran la ba­li­ta, el des­can­so, la pe­lo­ta muer­ta, el trom­po, la go­ma, la ti­qui­chue­la, el tu­ka’ (en sus di­fe­ren­tes ver­sio­nes) y sal­tar la piola. Sin em­bar­go, de vez en cuan­do al­gu­nos de ellos apa­re­cen de nue­vo en ba­rrios o co­mu­ni­da­des y tie­nen vi­gen­cia du­ran­te cier­to tiem­po.

Lo ma­lo es que los jue­gos de an­tes son ex­cep­cio­na­les en la ac­tua­li­dad, y ge­ne­ral­men­te no pa­san de cons­ti­tuir una mo­da que en al­gún mo­men­to vol­ve­rá a des­apa­re­cer. ¿Cuá­les son las ra­zo­nes de que es­to ocu­rra y qué se pier­de con la des­apa­ri­ción de los vie­jos pasatiempos?

UN PA­SA­DO ME­JOR

“Que­dó atrás lo de ju­gar al ai­re li­bre, más que na­da; que los chi­cos es­tén en el pa­tio más tiem­po; otra co­sa que ya no se ve son los jue­gos en equi­po. An­tes se sa­lía a la ca­lle o a la can­chi­ta de la es­qui­na a ju­gar con los ami­gos. Y si bien eran pasatiempos de com­pe­ten­cia, no se lle­ga­ba a ex­tre­mos de vio­len­cia. Si uno se pi­cha­ba, se iba y lis­to”, afir­ma la psi­có­lo­ga in­fan­til Ro­sa Montes.

Los chi­cos en la ac­tua­li­dad es­tán más con­cen­tra­dos y los jue­gos son de uno so­lo. “No se com­par­te”, ad­vier­te la ex­per­ta, sin de­jar de men­cio­nar que las ac­ti­vi­da­des de es­par­ci­mien­to ac­tua­les son de ca­si nula mo­vi­li­dad, pues con­sis­ten en sen­tar­se fren­te a una compu­tado­ra o una ta­blet.

Los mo­ti­vos por los cua­les las ac­ti­vi­da­des lú­di­cas de an­tes que­da­ron a la za­ga de los jue­gos elec­tró­ni­cos pue­den te­ner su ori­gen en la atrac­ción que es­tos ejer­cen en los ni­ños. “A los chi­cos de hoy les re­sul­ta mu­cho más atrac­ti­va la compu­tado­ra. Pe­ro ade­más, den­tro de la ca­sa hay ai­re acon­di­cio­na­do; en­ton­ces, sa­lir a su­dar y co­rrer a ve­ces no les in­tere­sa”, agre­ga Montes.

Pe­ro no to­das son ma­las no­ti­cias en es­ta nue­va reali­dad, pues los jue­gos mo­der­nos ayu­dan a me­jo­rar la aten­ción y la con­cen­tra­ción, que por su­pues­to son im­por­tan­tes. “No es­tá mal que los ni­ños uti­li­cen la tec­no­lo­gía, pe­ro hay que ser co­me­di­do con ese ti­po de co­sas”, aña­de.

Si bien se re­fuer­za mu­cho más el de­sa­rro­llo in­te­lec­tual, la par­te fí­si­ca que­da ca­si com­ple­ta­men­te de la­do. Y el es­tar más quie­to es una de las cau­sas del au­men­to del ín­di­ce de obe­si­dad, in­clu­so a tem­pra­na edad, ad­vier­te la ex­per­ta.

El des­can­so, un cir­cui­to re­co­rri­do apo­ya­do en una so­la pier­na.

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