BUEN SA­BOR.

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gus­to, en­tre ellas, Illy, Se­ga­fre­do o Juan Val­dez.

Por otro la­do, la ex­pe­rien­cia en ca­fe­te­rías no ase­gu­ra evi­tar un gus­to amar­go. “Mu­chas ve­ces la ca­pa­ci­ta­ción del per­so­nal no es muy pro­fun­da. Le en­se­ñan a sa­car ca­fé de la má­qui­na y na­da más. Ese es uno de los mo­ti­vos por los que no to­mo ca­fé en otros lu­ga­res, por­que sien­to su­cie­dad, acei­te acu­mu­la­do y go­ma que­ma­da en la ta­za —es­to se de­be a la fal­ta de lim­pie­za de la má­qui­na— y un mon­tón de otros sabores, por­que no sa­ben ex­traer o no res­pe­tan el tiem­po de ex­trac­ción. Y no es por­que no quie­ren, sino por­que no sa­ben. En mi ca­so, lim­pio to­dos los días mi má­qui­na. To­do se re­fle­ja en la ta­za de ca­fé”, in­di­ca Jung.

Para un pa­la­dar en­tre­na­do, es fá­cil dis­tin­guir una can­ti­dad de sabores, pe­ro, ¿y los de­más? “Mu­chos se dan cuen­ta. Es cuan­do di­cen que el ca­fé es de­ma­sia­do amar­go”, ex­pli­ca la ba­ris­ta. Cuan­do el sen­ti­do del gus­to es­tá desa­rro­lla­do, es di­fí­cil dis­fru­tar de cual­quier ca­fé y eso lo ad­mi­te Ma­ría: “Ya no dis­fru­to del sa­bor co­mo an­tes, pe­ro sí del mo­men­to que es­toy con el ca­fé; al fin y al ca­bo, es una ex­pe­rien­cia”.

Na­ta­lia Fe­rrei­ra Bar­bo­sa Ja­vier Val­dez/Getty Ima­ges Tais Estrada.

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