Un si­tio pa­ra la me­mo­ria

De­cir ESMA, como de­cir Ausch­witz, es de­cir ho­rror, tor­tu­ras, vue­los de la muer­te, be­bés ro­ba­dos, mi­les de des­apa­re­ci­dos. Hoy, en la que fue­ra la Es­cue­la de Me­cá­ni­ca de la Ar­ma­da, en Bue­nos Ai­res, un mu­seo re­cuer­da a las víc­ti­mas y a la vez con­de­na los crí

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En es­te lu­gar em­ble­má­ti­co fun­cio­nó uno de los prin­ci­pa­les cen­tros clan­des­ti­nos de de­ten­ción y tor­tu­ra de la úl­ti­ma dic­ta­du­ra ar­gen­ti­na. Di­cen que el 90% de las per­so­nas que pa­sa­ron por la ESMA mu­rió o es­tá des­apa­re­ci­do.

Hoy, el mu­seo de la Es­cue­la de Me­cá­ni­ca de la Ar­ma­da no per­mi­te ol­vi­dar­los y se con­vir­tió en el Si­tio de Me­mo­ria ESMA, ubi­ca­do en lo que fue­ra la Es­cue­la de Me­cá­ni­ca, en la ciu­dad de Bue­nos Ai­res.

Como los cam­pos de con­cen­tra­ción de la Ale­ma­nia na­zi, Da­chau, Ausch­witz y Bu­chen­wald, la ex-ESMA se con­vir­tió en un cen­tro de­di­ca­do al ejer­ci­cio de la me­mo­ria, a la vez que rin­de un ho­me­na­je a las víc­ti­mas.

An­tes de que se desata­ra el ho­rror, la Es­cue­la de Me­cá­ni­ca de la Ar­ma­da al­ber­ga­ba es­tu­dian­tes que in­gre­sa­ban a ca­rre­ras como Elec­tró­ni­ca, Ae­ro­náu­ti­ca, Me­cá­ni­ca Na­val, Ope­ra­ción Téc­ni­ca de Ra­dio, Me­teo­ro­lo­gía, Ocea­no­gra­fía, et­cé­te­ra. A par­tir del gol­pe de Es­ta­do de 1976, la se­de se con­vir­tió en un cen­tro clan­des­tino de de­ten­ción y tor­tu­ra que fun­cio­nó has­ta el año 1983.

EL MU­SEO

La primera vi­sión del visitante es un gran pa­nel de vi­drio, cu­bier­to con fo­tos de los des­apa­re­ci­dos, que ta­pa en par­te la fa­cha­da del edi­fi­cio. En una de las fo­tos de es­te gran pa­nel se re­co­no­ce a la com­pa­trio­ta Est­her Ba­lles­trino de Ca­rea­ga, una de las fun­da­do­ras de la or­ga­ni­za­ción Ma­dres de Pla­za de Ma­yo y una de las 5.000 per­so­nas de­te­ni­das que pa­sa­ron por es­te lu­gar.

El mu­seo es­tá mon­ta­do en lo que fue el ca­sino de ofi­cia­les, y el pri­mer es­pa­cio co­lec­ti­vo al in­gre­sar al edi­fi­cio es una am­plia sa­la con sis­te­ma de pro­yec­ción en 360°, don­de se pue­de asis­tir a una re­pre­sen­ta­ción que en po­cos mi­nu­tos ex­pli­ca lo que pa­só en­tre los años 1930 y 1976.

El Ca­sino de Ofi­cia­les es un edi­fi­cio que cons­ta de tres pi­sos. Aquí, los de­te­ni­dos eran alo­ja­dos en el ter­ce­ro, de­no­mi­na­do ca­pu­cha, don­de eran de­po­si­ta­dos los se­cues­tra­dos des­pués de la tor­tu­ra. Aquí que­da­ban, cada uno en un es­pa­cio pe­que­ño, se­pa­ra­do por ta­bi­ques de ma­de­ra en el que ca­bía ape­nas una col­cho­ne­ta. Aquí les de­ja­ban con los ojos, o to­da la ca­ra ta­pa­da, y con las ma­nos ata­das.

De aquí, su­bien­do una es­ca­le­ri­ta se ac­ce­día al lu­gar de­no­mi­na­do ca­pu­chi­ta, otro al­ti­llo, más pe­que­ño, don­de ca­brían unas 20 cu­che­tas y don­de per­ma­ne­cían los de­te­ni­dos en­gri­lla­dos.

Des­de ca­pu­chi­ta hoy se pue­de es­cu­char el in­ten­so rui­do del trá­fi­co que pro­ce­de de la ca­lle, como tam­bién se ha­brá es­cu­cha­do el ru­gir del es­ta­dio Mo­nu­men­tal, ubi­ca­do a unas 10 cua­dras de aquí, gri­tan­do los go­les que con­sa­gra­ban a Ar­gen­ti­na cam­peón mun­dial. Mien­tras, en la ESMA al­guien es­ta­ba sien­do tor­tu­ra­do.

La vi­si­ta tam­bién in­clu­ye el só­tano, des­de don­de tras­la­da­ban a los de­te­ni­dos. Y de­be no­tar­se que la pa­la­bra tras­la­dar es so­lo un eu­fe­mis­mo, pues de he­cho los pri­sio­ne­ros eran sa­ca­dos des­de es­te lu­gar, pre­via in­yec­ción de un som­ní­fe­ro, y lue­go eran subidos a avio­nes na­va­les y arro­ja­dos al Río de la Pla­ta. Eran los lla­ma­dos vue­los de la muer­te.

Otro es­pa­cio que im­pac­ta sin du­das es la sa­la de par­tos, que fun­cio­nó como ma­ter­ni­dad clan­des­ti­na en la ESMA. Aquí na­cie­ron nu­me­ro­sos hi­jos de de­te­ni­das­des­a­pa­re­ci­das, que lue­go fue­ran ro­ba­dos por los tor­tu­ra­do­res. Al­gu­nos de ellos ya pu­die­ron re­cu­pe­rar su iden­ti­dad, pe­ro mu­chos otros aún no co­no­cen su ori­gen y to­da­vía es­tán sien­do bus­ca­dos por las Abue­las de Pla­za de Ma­yo.

El úl­ti­mo es­pa­cio pa­re­ce que­rer ofre­cer al visitante un pe­que­ño ali­vio. Es una sa­la en la que se pro­yec­tan los in­for­mes de los jui­cios a los mi­li­ta­res y los tor­tu­ra­do­res. Un ali­vio, pe­que­ño, pe­ro que ha­bla de esa jus­ti­cia que a ve­ces tar­da tan­to en lle­gar y que so­lo se pue­de lo­grar man­te­nien­do in­tac­ta la me­mo­ria.

DE PAR­TO. En es­ta sa­la, las ma­dres, hoy des­apa­re­ci­das pu­die­ron pa­sar ape­nas al­gu­nas ho­ras con sus be­bés que les fue­ron ro­ba­dos por los tor­tu­ra­do­res.

LAS FO­TOS. Víc­tor Bas­te­rra es­tu­vo de­te­ni­do en la ESMA y res­ca­tó en for­ma clan­des­ti­na fo­to­gra­fías de los de­te­ni­dos – des­apa­re­ci­dos y sus re­pre­so­res.

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