Mu­cho pa­ra re­fle­xio­nar

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Te­nía co­mo 15 años y ves­tía el uni­for­me del co­le­gio: jar­di­ne­ra de jeans con la re­me­ra del ins­ti­tu­to. Nor­mal, pa­ra na­da pro­vo­ca­ti­vo, ni un tro­zo de piel más que el ros­tro y par­te de los bra­zos al des­cu­bier­to. En eso es­cu­cho un sil­bi­do y una fra­se que me po­ne en aler­ta. No re­cuer­do qué di­jo exac­ta­men­te, pe­ro sí que me cau­só mo­les­tia, me in­co­mo­dó y des­de ese día em­pe­cé a sen­tir pu­dor de mi cuer­po y mie­do a cual­quie­ra que se acer­que a mí en la vía pú­bli­ca. Des­de ese mo­men­to, la sen­sa­ción de in­se­gu­ri­dad y te­mor me in­va­de, por­que en ca­da des­co­no­ci­do con quien me cru­zo veo a un po­ten­cial agre­sor. No quie­ro que un ex­tra­ño cer­ti­fi­que o aprue­be mi cuer­po, có­mo me vis­to o mi for­ma de ca­mi­nar. Me can­sé de ese te­mor in­fun­da­do, de te­ner que cru­zar la ca­lle ca­da vez que un hom­bre vie­ne ca­mi­nan­do por la mis­ma ve­re­da que yo. Ya no quie­ro.

Pe­ro no es el úni­co te­ma que me hi­zo re­fle­xio­nar es­ta se­ma­na. El ser­vi­cio mi­li­tar, de­ba­te de lar­ga da­ta. No cues­tiono su uti­li­dad o inuti­li­dad. Más bien me pre­gun­to so­bre su efec­ti­vi­dad. Ins­tau­rar el ser­vi­cio mi­li­tar obli­ga­to­rio, con el ob­je­ti­vo de ofre­cer un ofi­cio a los jó­ve­nes que no tie­nen opor­tu­ni­dad de es­tu­diar ni tra­ba­jar, ¿es la so­lu­ción a dos de los ma­yo­res ma­les so­cia­les que nos aque­jan? ¿En lu­gar de pro­mo­ver la crea­ción de fuen­tes de tra­ba­jo, un sis­te­ma edu­ca­ti­vo de ca­li­dad y una edu­ca­ción ac­ce­si­ble pa­ra to­dos? Me que­da la du­da.

Sí. To­da­vía te­ne­mos mu­cho en qué pen­sar.

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