Pa­dre, hé­roe y re­fe­ren­cia

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De­bi­do a su si­tua­ción eco­nó­mi­ca, Ch­ris Gard­ner man­tu­vo a su hi­jo ven­dien­do equi­pos mé­di­cos y dur­mien­do en al­ber­gues para so­bre­vi­vir. Pu­do ha­ber si­do un hom­bre co­mo cual­quier otro, pe­ro rom­pió mol­des. Ariel se aca­ba­ba de que­dar sin tra­ba­jo cuan­do su hi­jo, San­ti, es­ta­ba por na­cer, pe­ro mien­tras asis­tía a en­tre­vis­tas la­bo­ra­les y bus­ca­ba la for­ma de ge­ne­rar in­gre­sos, apro­ve­cha­ba el tiem­po para vi­vir más de cer­ca el em­ba­ra­zo de su se­ño­ra. Y don Ti­to –nom­bre fic­ti­cio– se con­si­guió dos tra­ba­jos para man­te­ner a una fa­mi­lia com­pues­ta por su es­po­sa y sus tres hi­jos.

Ade­más de sus his­to­rias, los tres tie­nen al­go más en co­mún: a pe­sar del tra­ba­jo y los ta­búes, en­con­tra­ron el tiem­po y el es­pa­cio para com­par­tir con sus hi­jos y dar­les mu­cho más que so­lo bie­nes ma­te­ria­les.

Nin­guno de ellos es un ofi­ci­nis­ta con su­per­po­de­res, al es­ti­lo Clark Kent (Su­per­man) o Bru­ce Way­ne (Bat­man). Yo les lla­mo hé­roes anó­ni­mos. De esos no re­co­no­ci­dos por los có­mics, pe­ro que día a día le po­nen al­ma y co­ra­zón a es­ta lu­cha cons­tan­te de ser padres.

El pri­me­ro es el pro­ta­go­nis­ta de una pe­lí­cu­la que re­tra­ta la his­to­ria real de un hom­bre que, a tra­vés de pe­que­ñas ba­ta­llas dia­rias, se con­vier­te en un con­fe­ren­cis­ta mi­llo­na­rio de los Es­ta­dos Uni­dos. Su his­to­ria fue lle­va­da al ci­ne 12 años atrás, con el fil­me En

bus­ca de la fe­li­ci­dad. El se­gun­do es un pa­dre co­mún que la re­ma para de­mos­trar a su fa­mi­lia la im­por­tan­cia de no ba­jar los bra­zos, y ade­más, uno de los pro­ta­go­nis­tas de es­ta edi­ción. El ter­ce­ro no es otro que mi pro­pio pa­dre. Una per­so­na que me si­gue en­se­ñan­do cosas tan va­lio­sas que van más allá de lo efí­me­ro. Al­guien que me ge­ne­ra una ad­mi­ra­ción tan gran­de co­mo po­cas sen­sa­cio­nes que pue­da te­ner en la vida.

Hay mu­chos ti­pos de ho­me­na­jes. Yo ele­gí es­cri­bir es­to y de­di­cár­se­lo a mi pa­pá y a to­das aque­llas per­so­nas dis­pues­tas a de­jar al­gu­na hue­lla en los de­más. Por­que po­de­mos re­ci­bir­nos de li­cen­cia­dos, in­ge­nie­ros y doc­to­res, pe­ro el ser pa­dre, ma­dre, o pa­dre y ma­dre a la vez, es una ca­rre­ra que no tie­ne pre­cio, du­ra­ción ni años de ejer­ci­cio.

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