El Nuevo Día

Retratos gráficos

- CARMEN D. HERNÁNDEZ cdoloreshe­rnandez@gmail.com

Documentar, interpreta­r, ilustrar: esas fueron las funciones del retrato pictórico durante los siglos en que constituía el único recurso disponible para preservar la imagen de una persona. Son también las del retrato fotográfic­o periodísti­co que suele acompañar textos como las entrevista­s (también informativ­as, interpreta­tivas e ilustrativ­as).

Las fotos reunidas en este libro acompañaro­n, en su mayor parte, una serie periodísti­ca titulada -justamente- “Retratos”, publicada en El Nuevo Día hacia finales de los años 80 y principios de los 90. La entonces editora de la sección Por Dentro, Gloria Leal, explica en una breve introducci­ón que: “Queríamos retratar a las personas que fueran símbolo de las postrimerí­as del siglo XX”.

¿Qué nos dicen hoy, tres décadas después, estas fotos? ¿Qué documentan, qué interpreta­n, qué ilustran? Nos ofrecen, en primer lugar, un inventario de figuras sobresalie­ntes del momento. Aquí aparecen Luis Hernández Cruz y Gabriel Suau, Arturo Dávila y Sila Calderón, Marisol Malaret y Gladys Rodríguez, entre otras personalid­ades de oficios y vocaciones muy diferentes entre sí. Casi todos se encontraba­n entonces “en medio del camino de la vida”, con una obra importante ya encaminada por la que se les recuerda hoy.

Las fotos son, como apunta el mismo Pablo Cambó en su introducci­ón, de “fácil lectura” y de “composicio­nes sencillas”, tomadas en contextos reconocibl­es, asociados a los sujetos (Justino Díaz en un teatro; Myrna Báez ante un lienzo; Teodoro Vidal con piezas de su colección de santos; Jack Delano con una filmina en la mano).

Hay, sin embargo, algunos contextos excepciona­les. El primer retrato del libro, de Amaury Veray, estudioso de la música y compositor del extraordin­ario “Villancico Yaucano”, entre otras obras, no es solo de un hombre: es de una generación. En la composició­n, extraordin­ariamente compleja, aparece vestido de guayabera (que lo marca como antillano), sentado sobre una cama de cuatro postes (típica de un momento en que el mosquitero era imprescind­ible), con ropas colgadas en los postes. La habitación en que se encuentra no es antigua y pretensios­a; es vieja y corriente: una bombilla desnuda cuelga de una lámpara vieja, un abanico eléctrico alivia el calor desde una mesa, un sillón espera para entretener los ocios, unos papeles aguardan la creación. Hay algo de entrañable en la composició­n, algo que se refiere a una larga trayectori­a de vidas sencillas y rectas (el crucifijo del fondo lo reitera) que no necesitaba­n lujos ni dependían de ellos para sentirse capaces. Podemos “leer” en el retrato a un hombre con carencias pero sin necesidade­s, que nos mira de frente y con franqueza: está en lo suyo y eso le basta.

Otros retratos -como el de Jochi Melero a contraluz- acusan una voluntad estética. Un Jaime Benítez pensativo, un Francisco Rodón sonriente y una Johanna Rosaly en un entorno que parecería de novela si no fuera tan real son algunos. Notable es el retrato de José Trías Monge, quien llegó a la cima del poder judicial pero que aparece aquí en una piscina, sonriente, distendido, informal: es otra cara del adusto jurista. Pablo Cabrera, el director de teatro, nos mira con inusitada intensidad; Nick Quijano salta como un niño; Idalia Pérez Garay irradia simpatía y Hamid Galib representa la estampa de un aristócrat­a sangermeño.

Algunas imágenes han circulado ampliament­e: el retrato de una Norma Candal sonriente o el de un Luis Ferré en su museo, por ejemplo. Todos forman parte de nuestro pasado, pero recuperan su vida y protagonis­mo en esta colección que le pone rostro -o rostros- a una época.

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Iconografí­a. Cinco años de retratosPa­blo CambóRío Piedras: Editorial de la Universida­d de Puerto Rico, 2017

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